Opinión

Mi adiós a don Beto Cañas, compañero de batallas cívicas

Actualizado el 20 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Mi adiós a don Beto Cañas, compañero de batallas cívicas

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Se nos acaba de adelantar en el irremediable tránsito a la eternidad el ciudadano virtuoso que fue el Dr. Alberto F. Cañas, querido y respetado en los afectos del pueblo como don Beto, al igual que llamaban a don Juanito y a don Pepe por su inclaudicable devoción costarricense.

Uno mi sentimiento de duelo a la congoja que embarga a millones de compatriotas entristecidos por su desaparición física, ineludible pero dolorosa. Don Beto sigue espiritualmente junto con nosotros, en este valle de angustias y de anhelos.

Fui discípulo suyo desde la alborada del Movimiento de Liberación Nacional, cuando nos daba lecciones sobre la historia y la literatura de la patria esperanzada, en el instituto político abierto por nuestro Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales que regía el maestro de socialismo democrático criollo, benemérito Rodrigo Facio. Recuerdo haber llegado a escucharlo al caer la tarde, empapado por los aguaceros invernales luego de mis prácticas como estudiante en la Escuela de Servicio Social de la Universidad de Costa Rica.

Él fue secretario de la Junta Fundadora de la Segunda República mientras yo representaba a los trabajadores como diputado del Partido Social Demócrata en la Asamblea Nacional Constituyente de 1949.

Seguí siempre su carrera periodística, como soldado de la buena causa que fue bajo el liderato de don Pepe. Era don Beto uno de los directivos fundadores del diario La Nación hasta su retiro, cuando don Pepe decidió confiarle a él la dirección del diario La República , abierto como órgano de información y opinión del Movimiento de Liberación Nacional.

Recién organizado el Partido Liberación Nacional, como cauce político de la energía social desatada por guerra de Liberación Nacional de 1948, se le encargó a don Beto escribir una crónica histórico-periodística, que sigue vigente, titulada “Los ocho años”. En adelante, nos acompañó en todas las campañas electorales como personalidad insustituible en el Departamento de Propaganda.

En la primera Administración liberacionista, don Pepe lo nombró viceministro de Relaciones Exteriores y, después, embajador de Costa Rica en la Organización de las Naciones Unidas.

Dos veces fue elegido diputado a la Asamblea Legislativa en las papeletas de aquel Partido Liberación Nacional histórico, en el cual practicábamos la ética socialdemócrata del servicio público en bien de las mayorías: se beneficia más quien mejor sirve. Así llegó a ser electo presidente del Poder Legislativo.

Colaboró en la revista Combate que me correspondió dirigir. Fue profesor brillante en el Instituto de Educación Política de la Izquierda Democrática Latinoamericana, en San Isidro de Coronado, y aceptaba gustoso mis invitaciones a dar conferencias en el Centro de Estudios Democráticos de América Latina, en La Catalina.

Durante mi Administración, me honré al imponer en el pecho de don Beto la primera Medalla de Oro a la Libertad de Expresión “José María Castro Madriz”. Ahora puedo decir que aprobé la iniciativa de ir a buscarlo en su residencia particular para que representara al sector profesional en el Directorio Político liberacionista, cuando el Partido estaba a punto de caer bajo el control de nuestros adversarios de toda una vida.

Don Beto, al igual que el Dr. Alfonso Carro Zúñiga y, según mis cálculos, hasta unos 200.000 ciudadanos liberacionistas, dejamos de ser representados por aquel Partido secuestrado por un grupo económicamente poderoso que traicionó los principios de la socialdemocracia y lo entregó a “los valores” del neoliberalismo.

La bandera verde, blanca y verde pasó a ser el instrumento para borrar, como con gran propiedad lo afirmaba don Beto, la obra solidaria de Rodrigo Facio, José Figueres, Francisco J. Orlich, Daniel Oduber y sus compañeros. Ese fue el programa político en ese periodo de sombras: la destrucción sistemática del figuerismo.

Separados de nuestro partido histórico, don Beto y yo coincidimos muchas veces en tesis de bien nacional. La senectud nos unió cada vez más en aras del porvenir de la patria.

Él, sus hijos y sus amigos me honraron últimamente cuando aceptaron la invitación a cenar en mi casa con motivo de uno de los muchos premios nacionales que le fueron otorgados en reconocimiento a su prolongada y enriquecedora producción intelectual como hombre de letras.

Si mis achaques de la ancianidad me lo hubieran permitido, habría estado en sus funerales. Hoy lo recuerdo con admiración cívica y cariño fraternal.

Don Beto ya es patrimonio de los costarricenses, bajo la bandera blanca, azul y rojo que nos une a todos.

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