Opinión

Benjamin Disraeli el estadista

Actualizado el 15 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Benjamin Disraeli el estadista

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Encontré varios libros interesantes en los restos de una biblioteca abandonada. Libros de literatura, de ciencia y de historia y, entre ellos, una interesante biografía de Benjamín Disraeli, deteriorada por el tiempo, humedecida por el lugar donde había estado durante varios años.

Así he permanecido diez largos días repasando una de las vidas más interesantes de la política mundial y del más grande estadista de Europa del siglo XIX, según es considerado.

Fue un político de verdad, de indiscutible autenticidad; no un soñador o un revolucionario tratando de cambiar el mundo, pero sí una mente serena, apasionada por conquistar el poder, sabiendo que esta conquista se logra con férrea voluntad, constancia, capacidad y “paciencia para soportar, perdonar y olvidar”.

De pensamiento conservador radical pasó, de la nada en política (y después de haber sido derrotado en cuatro ocasiones en su aspiración de ocupar un puesto en la Cámara de los Comunes), a ser el líder supremo, tanto en esta Cámara como en la de los Lores, y logró la estimación intelectual y política de la reina Victoria y hasta una intimidad sin precedentes entre aquella gran monarca y su primer ministro.

Pero no quiero detenerme en reseñar detalles de la vida de Disraeli sino aprovechar este comentario para rescatar una pequeña parte de su pensamiento político, tan clásico como actual. Transcribo:

–¡Cuántos peligros de todas las clases no sería yo capaz de soportar, ante la idea de conquistar el poder!

–Nunca te quejes y nunca expliques.

–En materia de gloria como en materia de amor, mi lema es todo o nada.

–Me fascinan las crisis políticas.

–Una causa es una gran abstracción; es lo personal lo que a la humanidad interesa, lo que enciende su imaginación y conquista sus corazones.

–Se ha dicho y repetido que el poder corrompe, pero es más correcto consignar que el poder exhibe la corrupción cuyas semillas radican en el hombre antes de que el poder las haga germinar y dar frutos. El hombre incorruptible ni busca ni obtiene el poder.

–Una coalición parlamentaria puede tener éxito. Pero la coalición, aunque tenga éxito, nunca ha logrado más que éxitos transitorios. Además, Inglaterra nunca gusta de coaliciones.

–La independencia es el elemento necesario y esencial de mi posición política… No puedo sentarme en la Cámara de los Comunes si no soy dueño de mi destino.

–Nunca te excuses por revelar tus sentimientos. Ten presente que cuando tal haces te excusas por decir la verdad.

–Una institución política es una máquina; la fuerza motriz es el carácter nacional.

–El espectáculo de un hombre de Estado que triunfe y sea totalmente desinteresado, no se ha presentado aún.

–Soy conservador porque me propongo conservar lo bueno que hay en la Constitución, y radical, porque deseo erradicar lo malo que hay en ella.

–Lo que interesa saber de un político es si defiende lo necesario y oportuno de su momento y si está preparado para servir al país de acuerdo con las necesidades actuales de este.

–La Reforma en Inglaterra sustituyó a la aristocracia por la clase media en el Gobierno del país.

–Los liberales han convencido a sus compatriotas, carentes de privilegios, de que el gobierno es una ciencia y la administración un arte que exige fervor de una determinada clase del Estado para la realización de sus aspiraciones.

–No me hago ilusiones respecto a que la concesión de derechos políticos sea capaz de asegurar la felicidad social.

–Defiendo la política del libre cambio si se demuestra que es realmente libre.

–Los derechos del trabajador son tan sagrados como los derechos de propiedad. Por eso, el bienestar social de millones de seres debe ser la primera aspiración de todo hombre de Estado.

–Es necesario devolver a la Cámara la influencia legítima y el freno saludable de una oposición constitucional.

–Por encima de todo, mantengamos la línea divisoria entre los partidos, porque solamente manteniendo esa independencia se puede mantener la integridad de los hombres públicos y la fuerza y la influencia del Parlamento mismo.

–Los principios de la democracia tory son: que los gobiernos existen solamente para bien de los gobernados; que todas las instituciones justifican su existencia únicamente en la medida en que promueven la felicidad y el bienestar del pueblo y que los funcionarios públicos son comisarios, no de su propia clase, sino de la nación en conjunto.

–La arena política no es campo propicio para ejercer la virtud. Cualquiera que sea el punto de vista que adoptemos, nuestra profesión es detestable.

–¿Qué sería del partido tory si no representase el sentimiento nacional? Nada o poco más que nada si no simbolizase la defensa de las instituciones del país.

–Es inaceptable la acumulación de riqueza en un sector de la sociedad y la miseria y degradación que se observa entre los productores efectivos de la opulencia ajena.

–Los europeos hablan de progreso porque, por una ingeniosa aplicación de algunos conocimientos científicos, han establecido una sociedad que confunde la comodidad con la civilización.

–No creo en la regeneración nacional encarnada en la forma de préstamos extranjeros.

–Los derechos y libertades de una nación solo se pueden preservar mediante las instituciones.

–El primer objetivo de un hombre de Estado es un gobierno fuerte, sin el cual no puede existir seguridad.

–Yo sé que la opinión pública está sobrecargada de fantasías económicas, un deseo exacerbado de que el rico sea más rico sin la mediación de la industria y del trabajo. Se ha perdido totalmente la confianza en los hombres públicos. Pero, cuando llegue la hora difícil recordaremos a quienes no se sintieron avergonzados ni temerosos de luchar por la buena vieja causa a la cual van asociados los principios más populares, los sentimientos más genuinamente nacionales, la causa de los trabajadores, la causa del pueblo.

Su biógrafo comenta: “La mayor parte de la vida la pasó Disraeli combatiendo a sus enemigos declarados al mismo tiempo que apaciguando a sus amigos dudosos. Su falta de prejuicios fue una de las cosas que molestaban a muchas gentes.

Establecer el partido tory sobre la base nacional, fue el sueño de su vida; pero tuvo que hacer muchas concesiones con las que no estaba de acuerdo.

La independencia y el desparpajo del genio fue lo que hizo de Disraeli la figura más atractiva de la historia política inglesa.

Alexander Macdonal, uno de los dos primeros miembros del partido laborista que fueron elegidos al Parlamento, manifestó que el partido conservador había hecho más por la clase trabajadora en cinco años que los liberales en cincuenta.

Desde de que entró en política, repulsa tras repulsa, Disraeli demostró que era un poderoso luchador. Fue tal vez la única figura de la historia política de Inglaterra que inició la vida pública como blanco de toda clase de hostilidades y terminó reverenciado por todos.

El verdadero político. Esto es lo que nos queda claro después de leer esta biografía del más grande estadista de su tiempo: el verdadero político de la democracia es aquel que defiende con valor la idea política que sustenta teniendo en cuenta los principios históricos de su propio pueblo.

Por mi parte, solamente me resta manifestar: si ser conservador es mantener rectitud y consecuencia con los principios de su partido; si ser conservador es defender la causa del pueblo, yo, socialdemócrata, no condicionaría mi decisión para declararme conservador.

Enrique Obregón es abogado.

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