Opinión

Entre la Bastilla y la pastilla

Actualizado el 30 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Entre la Bastilla y la pastilla

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Qué va: le siguen cortando la cabeza a Olympe de Gauges. La evocó la colega Velia Govaere, el mismo 14 de julio, en esta página: a la dramaturga y activista la pasaron por la guillotina porque en 1791, con base en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, lo tomó literalmente y, en otra declaración, planteó el paralelo femenino: valiente precursora entonces de lo que toma siglos obtener, la completa equidad entre varón y mujer, seres humanos los dos.

Todavía estamos en esas: lo prueba el reciente y escandaloso caso de la joven agredida por unos jóvenes. Habiendo puesto una denuncia ante el OIJ de San Carlos, la víctima decidió no participar en el reconocimiento posterior. He ahí el drama: “valientes” muchachos, en grupo y envalentonados con el alcohol, contra una “cobarde”, sola. Después, no es que se desdijo, sino que no quiso “revictimizarse”, como le llaman en términos policiales y psicológicos. Ahí está lo vergonzoso: en Costa Rica, en el 2014, como en Francia hace más de 200 años. No importa nacionalidad ni clase social: con variantes, la situación se repite aquí y ahora. Idéntica prepotencia ancestral masculina frente al mismo y secular “miedo”, mezclado con vergüenza, en la mujer.

Por eso, también tiene razón Govaere (detalle curioso: francesa con un nombre muy flamenco, caso opuesto al que escribe…): “La toma de la Bastilla es una expresión del capricho humano, inducido más por la publicidad que por un sentido profundo de los valores éticos”. Conviene escribir con mayúscula el nombre de esa prisión derribada en París, el 14 de 1789, ahora símbolo y fiesta nacional de Francia. Otra cosa es la “bastilla”, según el Diccionario de la lengua española: “Doblez que se hace y se asegura con puntadas, a manera de hilván menudo, a los extremos de la tela para que esta no se deshilache”.

Y ¿la pastilla? Por contexto, no va por ninguna de esas de jabón ni de menta… El citado mataburros (y mataburras…), si quiere ser no solo Real, sino real, bien hará en enmendar: refiere a cierto método anticonceptivo, aparte de la abstinencia. Inapropiada muestra de pudor es que la Academia no retoma otro significado del vocablo, allí donde, otra hipocresía social, a la hora de pagar, en los supermercados al lado de chocolatines y pilas venden condones...

Doblez moral. Siguen la publicidad engañosa y la doblez moral, legitimando el tomar a la mujer como objeto sexual: vaya donde vaya, hay una valla que de alguna forma atenta contra su dignidad. Su identidad no está en su apariencia externa, la facha para Facebook.

El problema de fondo está en otra parte, igual la solución: que ella, junto con el varón, defiendan mutuamente un concepto superior de liberación, de superación trascendental de la especie.

Ni la toma de la Bastilla (audacia básicamente masculina, pese a la damisela “Libertad”, de Delacroix, que guía al “pueblo”) ni la toma de la pastilla esa…

La joven de cuyo nombre no quieren acordarse los periódicos, nueva Olympe, debería seguir con su declaración. De lo contrario, por mucho que ya en 1948 fue adoptada la Declaración de los Derechos Humanos, lo mismo que tantos y tantísimas proclaman la defensa de la dignidad de la persona, varón o mujer, seguirán las meras declaraciones… y continuarán cortándole la cabeza a la pobre de turno. ¡Qué amputación! Es la mitad de la especie humana.

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