Opinión

Banqueros centrales son celebridades

Actualizado el 10 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

Opinión

Banqueros centrales son celebridades

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

CAMBRIDGE – ¿Por qué los comentarios de los banqueros centrales de las principales economías del mundo acaparan una atención sobredimensionada en estos días? No es que estén cambiando las tasas de interés todo el tiempo. Tampoco han desarrollado modelos nuevos y robustos para analizar la economía. Por el contrario, los pronósticos de crecimiento e inflación de los principales bancos centrales en los años transcurridos desde la crisis financiera sobreestimaron de manera consistente tanto el crecimiento como la inflación, y por márgenes amplios.

Existen muchos buenos motivos para la atención prodigada a los responsables de las políticas monetarias, como, por ejemplo, la mayor independencia de los bancos centrales, la aceptación pública de la necesidad de nombrar tecnócratas altamente competentes para supervisar la oferta monetaria y la profundización de los mercados financieros. Y muchos banqueros centrales han sido elogiados con razón por el papel que ejercieron a la hora de impedir un colapso global durante la crisis financiera.

Aun así, frente a las numerosas incertidumbres alrededor de los pronósticos macroeconómicos y los efectos de los instrumentos de la política monetaria (en particular, el alivio cuantitativo), a muchos académicos les resulta desconcertante que los discursos y declaraciones de los banqueros centrales generen tanta algarabía. Y, a pesar de todas sus acciones heroicas durante la crisis financiera, muchos banqueros centrales después han sido demasiado inflexibles. Estaban demasiado preocupados por no cumplir con los objetivos de inflación y no le prestaron suficiente atención a la dinámica deflacionaria. Es más, los banqueros centrales, por empezar, son en parte responsables de la crisis, principalmente como consecuencia de una política regulatoria laxa.

Muchos banqueros centrales retratan al expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos Alan Greenspan (quien se desempeñó en el cargo entre agosto de 1987 y enero del 2006) como el culpable, por considerar que proyectó una imagen de omnipotencia del banco central que no está garantizada ni en la teoría ni en la práctica. Pero esta crítica es exagerada: Greenspan se fue hace mucho tiempo, pero el foco sobre los pronunciamientos de los bancos centrales es más grande que nunca.

¿Qué está pasando, entonces? Yo diría que, además de todos los factores enumerados más arriba, deberían evaluarse otras tres consideraciones. Para empezar, la percepción pública de que los banqueros centrales son omniscientes los convierte en una víctima propiciatoria atractiva para los políticos. Es más, la revolución digital en los medios ha elevado el rol de las noticias financieras, una de las pocas fuentes de ingresos para el periodismo impreso y televisivo en muchos países. Los pronunciamientos de los banqueros centrales son de interés para los empresarios

–especialmente, en el sector financiero– y los empresarios son de interés para los anunciantes.

Finalmente, está el hecho, aunque tal vez no tan apreciado, de que los pronunciamientos en materia de políticas de los bancos centrales son casi únicos en cuanto a los efectos claros y predecibles que tienen en los mercados financieros, al menos a muy corto plazo (que puede ser un día o menos). Si los funcionarios de la FED sorprenden a los mercados haciendo declaraciones más “duras” de lo que esperaban los inversores, el dólar, por lo general, se revalorizará, las tasas de interés en dólares a largo plazo normalmente aumentarán y la bolsa en general caerá.

Es verdad, estos efectos pueden ser menores y transitorios. Pero, a diferencia de gran parte de la información macroeconómica con la que nos bombardean a diario, los discursos y opiniones de los banqueros centrales tienen efectos relativamente previsibles, en especial cuando se pronuncia el presidente o gobernador del banco, u otros funcionarios hablan en concierto. Y, con los billones de dólares que circulan por los mercados financieros globales, esta previsibilidad crea un objetivo jugoso: los inversores están dispuestos a hacer apuestas cuantiosas cuando están bastante seguros de que tienen razón, aun si la ganancia por dólar es pequeña.

Si usted piensa que estoy exagerando, considere la cobertura de otras noticias económicas, como el desempleo, el PIB o la balanza comercial. Prácticamente, todas las noticias rápidamente viran su foco a lo que los datos implican para la política monetaria.

Algunos indicadores económicos, como los datos de desempleo o de inflación, tienen, por cierto, una relevancia inmediata para los bancos centrales, porque pueden afectar directamente sus mandatos, y, por lo tanto, tienen efectos bastante predecibles. Pero gran parte de la información es puro ruido. Esto hace que las opiniones sobre políticas que provienen de primera fuente sean extremadamente valiosas.

En resumen, existen muchas buenas razones por las cuales los banqueros centrales reciben tanta atención de los medios, entre ellas su relativa independencia y su desempeño normalmente sólido. Pero también hay otras razones que tienen que ver con la necesidad de los políticos de encontrar chivos expiatorios, la lucha de los medios por reinventarse en la era de Internet y los efectos predecibles a corto plazo que tienen los pronunciamientos de los bancos centrales en los mercados financieros. Esos otros factores se han combinado para crear una burbuja alrededor de los pronunciamientos y decisiones de los bancos centrales que exagera groseramente su relevancia económica.

¿Es esta una burbuja de la que los banqueros centrales deberían estar preocupados? Claramente, la respuesta es sí. La burbuja noticiosa es de particular preocupación, pues refuerza la idea de que los banqueros centrales, de algún modo, se preocupan de manera desproporcionada por los mercados financieros, cosa que, por lo general, no sucede.

La mayoría de los banqueros centrales en verdad tienen como blanco el crecimiento, la inflación y la estabilidad financiera, aunque no necesariamente en ese orden. La burbuja política es un producto inevitable de la independencia del banco central, e impedir que la política monetaria se convierta en un blanco de las autoridades electas exige un esfuerzo constante.

La burbuja de previsibilidad tal vez sea la más tramposa de navegar, aunque mi instinto es que menos sería más. La importancia exagerada es un tipo de burbuja que los banqueros centrales siempre deberían estar dispuestos a hacer estallar.

Kenneth Rogoff, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard. © Project Syndicate.

  • Comparta este artículo
Opinión

Banqueros centrales son celebridades

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota