Opinión

Apoteosis de la libertad

Actualizado el 13 de octubre de 2015 a las 12:00 am

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Apoteosis de la libertad

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Por varias horas en la noche del 9 de noviembre de 1989, Harald Jaeger, teniente coronel de guardia en la frontera de la Alemania Oriental comunista, tuvo dudas. Habiendo protegido la muralla de Berlín por largos años, se había encariñado con ella.

Por lo tanto se sorprendió esa noche cuando un miembro del Politburó de Alemania Oriental declaró en la televisión que sus compatriotas podían, “inmediatamente”, viajar “sin tener que cumplir ninguna condición especial”.

“Esa muralla era mi vida”, le explicó Jaeger a Roger Cohen, periodista del New York Times cuando este habló con Cohen en 1999 en el 10. º aniversario del fin de la división de Europa.

“La había defendido por 28 años”, le dijo. “Lo que ocurrió esa noche no fue cualquier cosa. No fue como si yo hubiera pateado un balde, por ejemplo”.

Pero lo que sucedió, porque el destino así lo quería, fue que un poco después de las 11 p. m., en ausencia de instrucciones claras de sus superiores y enfrentado a una creciente multitud, Jaeger dio la orden de abrir el portón de Bornholmer Strasse.

“Fue la multitud frente a mí y la desesperada confusión de mis líderes lo que abrió esos portones”, explicó Jaeger. Era un hombre sencillo. No se dio cuenta de que lo que abrió los portones esa noche fue la apoteosis de la libertad.

El imperio comunista se tambaleaba. Mijail Gorbachov, líder del Kremlin y del imperio soviético, a mediados de agosto había instigado la caída de Erich Honecker, presidente del Consejo de Estado de Alemania Oriental, por oponerse a su política de reforma (perestroika) del sistema comunista.

Su sucesor, Egon Krenz, ante tremendas y crecientes presiones y terribles presagios, decidió correr un riesgo.

Creyó que si los alemanes orientales dejaban de sentirse encerrados, quizá no buscarían escapar y se quedarían. Presupuso que si abría el muro un poquito, no se produciría una estampida. Y así, el jueves 9 de noviembre 1989, las autoridades comunistas anunciaron que después de medianoche los alemanes orientales podrían cruzar libremente el muro de Berlín.

Acto sagrado. Lo que sucedió esa noche fue que a las doce en punto miles de berlineses que se habían congregado en ambos lados de la muralla soltaron un crujido de redención y se lanzaron a cometer un acto sagrado: la destrucción espontánea de un muro que Honecker había prometido en febrero de 1989 que duraría 100 años.

Con martillos y cinceles, vapulearon el símbolo odiado en una orgía de pitos y champán que duró dos días y dos noches.

Construido en agosto de 1961, por 28 años representó la división de Europa y del mundo. Representó la represión de un régimen que se vio obligado a encerrar a su pueblo. Fue el emblema del fracaso del intento de reprimir el anhelo de libertad. El símbolo más poderoso del inicio del derrumbamiento del imperio soviético y del fin del mundo bipolar. Una era en que las placas tectónicas de la historia se movieron y nada fue igual después.

Jaime Gutiérrez Góngora es médico.

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