Opinión

Apostando por Ucrania

Actualizado el 17 de enero de 2015 a las 12:00 am

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KIEV – Hace un año, jóvenes ucranianos arriesgaban su vida en la plaza de la Independencia de Kiev defendiendo un acuerdo que iba a acercar a su país a la Unión Europea. Ese levantamiento puso fin a un régimen corrupto y –después de elecciones libres y justas– llevó al poder al gobierno más reformista que haya tenido Ucrania en su historia.

Cabría suponer que el heroico compromiso de los ucranianos con los ideales democráticos de Europa iba a desatar una ola de apoyo por parte de Occidente a un país que lucha contra la agresión rusa y la inestabilidad económica. Pero no ha sido así. De hecho, a pesar de que, durante la cumbre del 2014, los líderes europeos tomaron la valiente decisión de “mantener el rumbo” con las sanciones a Rusia, no se pronunciaron mayormente sobre la ayuda a Ucrania.

Donald Tusk, el ex primer ministro de Polonia que lideró su primera cumbre como presidente del Consejo Europeo, está a favor de un mayor financiamiento para Ucrania. Pero, según lo informa el Financial Times , la voluntad de varios países europeos de reunir los fondos permanece “tibia en el mejor de los casos”.

Al enfrentar las crisis de la deuda en la zona euro, los líderes europeos, una y otra vez, han esquivado el problema, lo cual ha provocado una recesión innecesariamente profunda y prolongada. Ahora están a punto de cometer el mismo error con Ucrania, con consecuencias que potencialmente serían aún más devastadoras.

Ucrania está enfrentando un retiro sostenido de depósitos bancarios, un importante déficit fiscal y de cuenta corriente, y pagos cuantiosos de la deuda externa en los próximos años. Dada la reducción de sus reservas internacionales, el país es incapaz de cubrir estas brechas con sus propios recursos en dólares. El Fondo Monetario Internacional estima que, para este 2015, Ucrania necesita $15.000 millones en ayuda externa, por sobre el rescate de $17.000 millones que recibió el año pasado. Esta brecha de financiamiento se extiende al 2016 y años posteriores.

Es evidente que la estabilización de la economía ucraniana requiere profundas reformas internas. El Gobierno deberá recortar los subsidios a la energía para reducir el enorme déficit de Naftogaz, la compañía de gas y petróleo perteneciente al Estado. Al mismo tiempo, el Banco Central debe continuar saneando y cerrando los bancos insolventes y asegurando la recapitalización de las instituciones financieras viables. Y, puesto que el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional coloca a Ucrania en el puesto 142 de 175, es imperativo que el país adopte medidas drásticas para mejorar y profesionalizar su gobernanza.

Pero estas reformas solo pueden tener éxito dentro de un ambiente de estabilidad financiera. Como el déficit fiscal está siendo financiado a través de la emisión monetaria, la inflación es alta y la grivna, la moneda ucraniana, se ha devaluado (aunque no tanto como el rublo ruso). Un paquete de ayuda externa lo suficientemente sustancial como para restaurar la confianza y apaciguar las dudas financieras es un prerrequisito para que las reformas estructurales tengan éxito.

El otro prerrequisito es la legitimidad política. Al fin y al cabo, las reformas exigen tremendos sacrificios de parte de los ciudadanos. En otros países de Europa Central y Oriental, la ciudadanía ha estado ampliamente dispuesta a aceptar dichos sacrificios porque la generosa ayuda financiera proveniente de Occidente y la perspectiva de pasar a formar parte de la Unión Europea le dieron credibilidad a la promesa de democracia y prosperidad en el futuro.

Los ucranianos deben percibir que los costos del ajuste están siendo compartidos de manera equitativa, lo cual significa que los oligarcas del país, al fin, tendrán que sujetarse al Estado de derecho. Sin embargo, dado que una Ucrania libre, estable y próspera es clave para los intereses estratégicos de Europa, los Gobiernos miembros de la Unión Europea también deberían contribuir a aliviar la carga del financiamiento de las reformas. Los fondos que requiere Ucrania durante los próximos cuatro años para estabilizar su economía parecen insignificantes cuando se los compara con los más de $300.000 millones, provenientes de distintas fuentes, que se han invertido en el rescate de Grecia, un país que presenta mucho menos riesgo desde un punto de vista estratégico.

Durante crisis financieras anteriores, desde la de 1994 en México hasta la reciente en el sur de Europa, la comunidad internacional ha demostrado que puede ser muy creativa a la hora de encontrar mecanismos para canalizar fondos de emergencia. Esto sugiere que el problema, hoy día, no reside en restricciones institucionales ni en escasez de recursos, sino en falta de voluntad política.

Los escépticos de la Unión Europea y del Gobierno alemán reconocen la urgencia de la precaria situación de Ucrania, pero temen que la ayuda financiera no cumpla su propósito, a menos de que se lleven a cabo reformas de peso. Los más cínicos añaden privadamente que es posible que, después de todo, la hiperinflación no sea tan nociva porque obligaría a los políticos locales a emprender reformas. Pero esto es ignorar la historia: Ucrania sufrió una hiperinflación en los años 90, pero solo para terminar eligiendo primero al presidente Leonid Kuchma, cuyo mal gobierno incitó la Revolución naranja en el 2004, y luego al presidente Viktor Yanukovych, quien fue derrocado en febrero del 2014.

Es evidente que estos despreocupados puntos de vista son a la vez insensatos y terriblemente peligrosos. El éxito de una reforma jamás se puede predecir, pero hay un factor que garantiza el fracaso y puede conducir al descalabro político y económico: la inestabilidad financiera.

El Gobierno actual de Ucrania ha recibido un mandato electoral sin precedentes para proceder con el cambio. También ha recurrido al servicio de algunos de los mayores talentos del país (entre ellas, figuras de la diáspora ucraniana) para poder sostener una guerra y prevenir el colapso económico de manera simultánea.

Quizás sea mejor abstenerse de considerar lo que podría suceder en caso de un fracaso. El plan B de Ucrania ciertamente no consiste en más reformas, sino en menos, y es probable que hasta en un tipo de populismo temerario, similar a lo que se ha visto en América Latina en los últimos años, desde la Venezuela de Hugo Chávez a la Argentina neoperonista de Néstor y Cristina Kirchner.

Esta última posibilidad debería ser, por sí misma, suficiente para incitar a la acción al Fondo Monetario Internacional, a Estados Unidos y, por sobre todo, a la Unión Europea. Durante los grises y deprimentes días de la era soviética, parecía imposible imaginar una Ucrania independiente y democrática. Sin embargo, ha sucedido. Hoy día, las reformas económicas y políticas parecen igualmente abrumadoras, pero también siguen siendo igualmente alcanzables. No hay duda de que acudir en ayuda de Ucrania es una apuesta para los Gobiernos occidentales, pero, ciertamente, es algo por lo que vale la pena apostar.

AndrésVelasco, exministro de Hacienda de Chile,esprofessor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos. © Project Syndicate.

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