Opinión

Antropología de una convención

Actualizado el 16 de abril de 2017 a las 12:00 am

Para un partido como el PLN, organizar una convención en pocos meses es tarea titánica

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Me disculpan los antropólogos por el uso un tanto ad hoc de “antropología”, pero lo que ocurre es que esta vez fui observador participante de un acontecimiento político desde la perspectiva de alguien comprometido que a la vez quiso y quiere entender mejor cómo opera en el terreno, desde el primer peldaño, nuestra democracia, armado con herramientas de un científico social. ¿Cuánto lo habré logrado? Siempre queda la duda, pero aseguro que hoy entiendo más de esto que muchos que comentan y analizan sin haber puesto un pie en un partido político o tocado una puerta para pedir un voto.

No fui candidato a nada. Apoyé a un precandidato presidencial que no ganó y a varios amigos postulados a ser, desde sus distritos, miembros de asambleas cantonales que son el penúltimo peldaño para representar –como uno de diez– a su provincia, en la Asamblea que postulará los candidatos a diputados. Y también tendrán, junto con representantes sectoriales y de movimientos, la enorme responsabilidad de postular el candidato a alcalde de su cantón. De modo que no es cualquier cosa lo que estaba en juego.

Ya sabemos que hubo muchos problemas de organización. No pretendo justificarlos, pero sí explicarlos: para un partido como el PLN, en el que votaron unas 400.000 personas, organizar todo esto sin recursos del Estado (primer mito, estos procesos no los financia el Estado) con trabajo y contribuciones principalmente voluntarias, en un plazo de pocos meses, es una tarea titánica. No creo que haya empresas que hagan algo similar, y menos bajo el ojo público permanente.

Diversos actores. Los actores son múltiples, de índole diversa y con intereses distintos y opuestos a veces: las tendencias, el Tribunal Electoral Interno, los dirigentes locales y los nacionales, los medios de comunicación, los grupos de interés que actúan abierta o solapadamente, los encuestadores, analistas, “opinólogos”, los partidos contrarios, etc. Esa masa de “agentes” se va moviendo en un proceso creciente de aceleración, en direcciones y con objetivos distintos, durante tres meses intensos y oficiales, pero la actividad para muchos de ellos ha comenzado años antes.

El “día E”, o sea el de las votaciones, los hormigueros en barriadas, poblados, urbanizaciones, empiezan a desplazarse desde temprano. Las especulaciones, “bolas”, “proyecciones”, cábalas, circulan ahora más raudas.

Los reporteros buscan “figuras”, sus jefes los instruyen a buscar “la noticia”. En esta ocasión, hubo retrasos en abrir mesas o filas “largas”; se informa: “desorganización”. La tensión sube, los datos a veces coinciden con lo previsto y otras veces no.

Un hecho imprevisto o un error de planeamiento, que motiva una decisión discutible del “árbitro”, en medio de aquel océano de nerviosismo, se transforma en “fraude”. “Todo mundo” es sospechoso. La tradición democrática que se pregona cotidianamente, en ese proceso y en ese día, valieron muy poco.

Transcurren las horas. Los distantes comentan “el relajo” que fue aquello. Nunca han estado sentados en una mesa recibiendo y contando votos o llevándose “madrazos” al entregar un volante o un panfleto (hoy brochure ).

Los dirigentes y simpatizantes de otros partidos se relamen por la “desorganización, baja participación, desconocimiento de los votantes, el exabrupto emitido en medio de la tensión” y cualquier otra señal que “evidencie” que “esos son los malos y nosotros los buenos”.

Corolario: cuanto más abierto, participativo, abundante en votación sea un proceso de estos, más material de ataque para los contrincantes y más información “interesante” para comunicadores y los usual suspects que saben que ellos serían los diputados, ministros, alcaldes o presidentes perfectos, pero “¡qué pereza esa política tan sucia!”.

Procuro guiarme por la máxima de un “sabio” judío que sentenció: “no juzgues a tu prójimo hasta que llegues a su lugar”. Pero, por supuesto, imperfecto como soy, no logro cumplir eso plenamente, aunque me esfuerzo. Por eso he tocado puertas, caminado barriadas, asistido a reuniones aburridas, escuchado necedades sin decir una palabra, opinado tonterías, colaborado en elaborar programas de gobierno, debatido en público y en privado, perdido el tiempo tratando de convencer escépticos informados y otros prejuiciados, logrado animar a dirigentes comunales; para poder calibrar mejor, entender mejor cómo puedo contribuir a la democracia para poner tres granos de arena en construir sociedades mejores, darle contenido al desarrollo sostenible e inclusivo.

Rica herencia. Por todo eso, agradezco a mis abuelos, padres, maestros y amigos: a unos por cruzar el Atlántico y, sin palabras ni monedas, llegar a esta bendita tierra; a otros por darme ejemplos cotidianos de solidaridad y de sembrar en mí la pasión por el conocimiento y el valor de no aceptar afirmaciones e informaciones a su “valor facial”.

Me siento feliz de haber participado en política desde los 15 años de edad, aunque aún los amigos dibujan una sonrisa de superioridad moral porque son empresarios y no políticos. Tampoco lo soy en un sentido profesional; pero sí cívico. Ellos no entienden que así como hay empresarios y “hombres de negocios”, hay políticos y políticos. No conciben que alguien pueda dedicarse a esta dura tarea por el noble fin de ayudar a los demás, aunque no todas sus ideas sean correctas.

He leído comentarios en Facebook y al pie de las notas de periódicos, de gente a la que no conozco, que suman cuánto ganaría un presidente y cuánto debe invertir para llegar a ello, y concluyen que “en algún lado hay gato encerrado”. Solo entienden el lenguaje de dollars and cents; son tan desdichados que desconocen la diferencia entre valor y precio.

Es natural que haya una división social y funcional del trabajo; por eso no todos podemos ser empresarios, académicos, científicos, jardineros, cocineros o “altos responsables políticos y de gobierno”. La sociedad marcharía mejor si todos entendiéramos esto. Si criticáramos luego de vernos fríamente al espejo. Si damos el crédito merecido a quienes valiente y desprendidamente levantan estandartes. Pero “morbo mata evidencia”.

Reflexionando en todo ello, reparo que fue en 1982, en una pequeña oficina del Balcón Verde, posiblemente arrinconado ahí por sus adversarios internos, cuando tuve una conversación con el entonces secretario general del PLN, Óscar Arias. En una de las paredes de su pequeño recinto, al que llegué un poco nervioso a raíz de una llamada que me hizo María Ángel, su secretaria, colgaba un cuadrito artesanal donde leí una frase que me impactó: “Dios mío, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar las que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia”. Esto también es parte de mi conciencia política y ética.

El autor es economista.

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