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Antipolítica cuartelera

Actualizado el 07 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Juan Chicharro justifica la intervención militar contra la independencia de Cataluña

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Lo dijo con voz fuerte: “La patria es anterior y más importante que la democracia. El patriotismo es un sentimiento y la Constitución no es más que una ley”. Juan Antonio Chicharro, comandante general del Ejército español hasta hace dos años, hoy en reserva aunque no retirado, justificó una eventual intervención militar para evitar la independencia de Cataluña (en cuya consecución están empeñadas las fuerzas políticas del nacionalismo catalán).

Ocurrió hace unas semanas, en el número 2 de la Gran Vía madrileña, elegante edificio propiedad de la Sociedad Gran Peña, antro elitista con siglo y medio de abolengo. Allí, banqueros, aristócratas y militares, celebran tertulias, juegan a las cartas y cenan en su restaurante privado. No admiten mujeres como socias. Ese día disertaban sobre Fuerzas armadas y ordenamiento constitucional.

La idea, que levantó los aplausos de los presentes, es clara. Sí, son las instituciones, las autoridades democráticas, la clase política y el Tribunal Constitucional, los que deben proteger la unidad de la nación española, pero (y es un pero que hace temblar), si fallan en su cometido, las Fuerzas Armadas no van a quedarse de brazos cruzados. Los políticos pueden jugar a la política y los independentistas catalanes pueden expresar sus aspiraciones, pero si se pasan de la raya (pactando el partido gobernante con los separatistas para mantenerse en el Gobierno, por ejemplo), se acaba la política y entra el Ejército a poner orden.

La antipolítica militar no es la única expresión de la antipolítica, pero sí la más peligrosa.

América Latina conoce el guiOn a la perfección. El Ejército como árbitro social cuando la política fracasa. Ponen fin al desorden, ya sea del gobierno de Allende en Chile o de Zelaya en Honduras. Son los héroes que conjuran la inseguridad, la amenaza de Sendero Luminoso en Perú o de los tupamaros en Uruguay. Son hombres de acción, no de palabras. Detestan la política. Menosprecian a los políticos, las medias tintas, los pactos. Apasionados de los uniformes y de la uniformidad. Devotos del orden y de la disciplina (valores a su juicio más importantes que la justicia y la libertad), como Marduk contra Tiamat, confían en sus sables, fusiles y botas, para acabar con el caos. Son machos alfa.

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En palabras de Serrat, resulta bochornoso “verles fanfarronear, a ver quién es el que la tiene más grande”, al tiempo que “en nombre de quien no tienen el gusto de conocer, nos ponen la pistola en la cabeza”; eso sí, siempre con el propósito de “edificar un hermoso futuro de amor y paz”.

Como Adolfo Suárez a Tejero, a Chicharro el presidente Rajoy le parece muy blandito. A estos señores les exaspera la cháchara política, la negociación, los debates interminables. Nada más corrosivo de la moral viril que un político. Por eso Primo de Rivera dijo que su golpe de Estado era para liberar a España de los profesionales de la política. Porque cuando ellos, los militares, mandan, eso es lo que hacen: mandar, no hacen política. Por eso Franco llegó a recomendarle a un periodista: “haga como yo, no se meta en política”.

Es una larga tradición. Ya en la obra fundante de la poesía épica castellana, El cantar del mio Cid, se repite algo así como: “¡Oh Dios, qué buen vasallo!, ¡si tuviese un buen señor!”. Esa idea del ciudadano (o peor, el militar) valiente y sacrificado, frente al gobernante (rey, político) cobarde y abusivo, pareciera enquistada en nuestra cultura hispánica.

Una cultura política que oscila entre el fascismo caudillista y el anarquismo (ambos profundamente antipolítica), es comprensible que tenga serias dificultades para consolidar instituciones republicanas y ciudadanía responsable. Porque los matones cuarteleros se verán muy distintos a los atarantados que protestan en la calle con la máscara de V de Vendetta (que evoca a Guido Fawkes, restauracionista católico inglés que planeó derribar el británico), pero unos y otros comparten su desprecio por la política y las instituciones que la hacen posible. Los costarricenses, aunque cargamos este ADN ideológico y añoramos un “hombre fuerte” que, aunque sea a patadas, saque al país adelante, al abolir el ejército, nos condenamos a la política. Con esa bendita decisión histórica, nos forzamos a entendernos sí o sí, y a tener que resolver nuestros conflictos sociales políticamente. No hay de otra, por dicha.

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