Opinión

La tentación de la belleza

Actualizado el 22 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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La tentación de la belleza

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¿Conoce la historia de Narciso, el hermoso joven deseado por innumerables pretendientes y, de manera especial, por la ninfa Eco?

Conforme al relato del poeta Ovidio, el dios-río Cefiso raptó y violó a Liriope. Resultado de esa violencia es un bello niño llamado Narciso, quien de adolescente y joven atrajo las apetencias de los hombres y las mujeres.

Su belleza era incomparable y subyugante. De él dijo Tiresias, el sabio ciego que predecía el futuro, que el niño tendría una larga vida solo si no se conocía a sí mismo, es decir, si era capaz de no enamorarse de su belleza, pero esto, precisamente, fue lo que ocurrió.

Narciso se miró en las aguas de un río, y tal fue su impresión al ver reflejados sus encantos, que quedó prendido de ellos, se enamoró de sí mismo y perdió la capacidad de amar o de entregarse a nadie más.

Él se deseaba; era el objeto de su instinto y de su placer, pero no se atrevía a tocar la imagen en las aguas porque temía desdibujarla o destruirla.

Un día, desesperado, se lanzó al río y murió. El joven, muerto para esta vida, en los infiernos está condenado a contemplarse y desearse sin realizar nunca el amor que lo consume.

La ninfa Eco, que desde la primera vez que vio a Narciso y contempló sus perfecciones se enamoró de él, nunca fue correspondida. Nadie, ni hombre ni mujer, ni dios ni diosa, ocupó el interés ni obtuvo las gracias de Narciso, porqué él estaba dominado por su propia imagen.

¿Cuántos Narcisos? Usted preguntará a que viene este recuerdo de un mito lejano, escrito en el año 43 a. C. La razón no es otra que la existencia de muchos comportamientos que parecen responder o responden a la trágica historia de Narciso, de ahí que en nuestro tiempo se haya popularizado el uso de nociones como narcisismo y personas narcisistas. El Narciso del siglo XXI es como el Narciso de Ovidio, un ser enamorado de su real o artificial belleza, prisionero de su imagen, razón por la cual es incapaz de establecer interacciones equilibradas con otras personas.

El político que se autocontempla como el centro de la sociedad, su hacedor y benefactor; el analista para quien sus análisis son un regalo de sabiduría, belleza y perfección; el escritor que se extasía en su obra como si hubiese salido de las manos de algún dios; el ideólogo, ese manipulador incorregible, para quien su ideología es la salvación de todo ser humano; el personaje que no hace otra cosa más que hablar de sí mismo, de sus bellezas, de sus aventuras y proezas, de sus grandiosas experiencias; el artista que dice ser lo mejor que ha parido el universo; el militante de algún partido político para quien no existe nada más bello que su partido, siendo él expresión de esa belleza. Estos y otros ejemplos pueden citarse a propósito del Narciso mitológico y su existencia en esta época.

Narciso colectivo. El poder de multiplicarse que aquí atribuyo al Narciso del mito, no acontece solo en el plano individual. El Narciso que la ninfa Eco quiso poseer y no pudo, también se multiplica en instituciones, grupos e ideologías. Existen partidos políticos, Iglesias, gobiernos, Estados, sindicatos, universidades, institutos, ministerios, que luego de varias décadas de existir, e incluso desde sus inicios, proclaman ser lo más bello nunca concebido. Qué difícil es para tales instituciones no caer atrapadas en la soberbia y la vanagloria. Qué difícil, en tales casos, reconocerse como una experiencia más en un engranaje de experiencias, y proclamar sus méritos al mismo tiempo que son ejemplo de sencillez y sabiduría.

Si de las anteriores consideraciones se pasa al ámbito ideológico-político-religioso el resultado es digno de una película de terror. Nada existe más narcisista que la política, la ideología y la religión. En esos lugares, el mítico Narciso se expresa y expande con desparpajo y violencia. Es ahí donde, de continuo, alguien se proclama salvador, encarnación de alguna misión trascendente y cuasi eterna que lo hace acreedor de la mayor belleza posible, de lo más hermoso, lúcido, amoroso, inteligente, pacífico y perfecto; aquello que los demás mortales deben amar y desear sin tibiezas. La historia prueba, sin embargo, que es en los ámbitos citados donde abundan asesinatos, genocidios, maledicencias, mediocridades y maldades sin cuento. Es ahí donde del modo más evidente el odio se disfraza con piel de oveja.

Narciso cósmico. El asunto alcanza niveles de bufonada y ridiculez cósmicas cuando no solo se proclama la propia belleza como la mejor y más perfecta de este mundo, sino de todos los mundos posibles. Recuerdo algunos ejemplos. Platón afirma que los filósofos deben ser reyes y gobernantes en el Estado y el Gobierno porque solo ellos poseen el conocimiento de los arquetipos ideales. Tan inefable conocimiento, bello y perfecto como es, merece amor, honor y gloria.

Los estoicos de los siglos II y I a.C., defienden la tesis de que la ley civil o social se basa en las de la naturaleza, de modo que aquellas personas conocedoras del orden natural han de ser también quienes detenten todo tipo de poder jurídico y civil. A ellos se les debe rendir obediencia. Se les debe amar.

Dante Alighieri sostiene que la monarquía universal, cuasi cósmica, es el tipo de orden querido por Dios y, por lo tanto, el único digno de amor humano. Nada más bello y perfecto, nada más digno de imitación y pasión que el régimen monárquico, aquí y en los confines del universo. Tomás Campanella, por motivos análogos a los esgrimidos por Dante, proclama a la monarquía pontificia instancia suprema de poder temporal por encima de principados y señoríos.

En los siglos XIX, XX y lo que se lleva del XXI existen tres visiones que reproducen, con otros términos, el mismo esquema narcisista de los ejemplos citados. Se trata del extremismo liberal, el fanatismo religioso y el estatismo y neoestatismo socialista.

En el primero se proclama al mercado económico como la instancia que, al autoregularse, permite el mayor bien posible, y se afirma que quienes conocen los dinamismos de los mercados son los más aptos para decirle al resto de los mortales lo que deben hacer; en los fanatismos religiosos, de todo tipo y confesión, existe un Dios que se revela de manera completa solo a una parte de la humanidad, de modo que esa parte es digna de obediencia y de amor por los siglos de los siglos; y en el socialismo estatista y neoestatista, unos pocos políticos e ideológicos, autodefinidos como revolucionarios y humanistas, deben gobernar y tiranizar porque solo ellos conocen el destino de la historia, por esto – dicen – merecen obediencia y amor. Tan grande es su belleza.

Como ven, el Narciso de Ovidio, desde su descenso a las oscuridades de la muerte individual, no ha cesado en sus innumerables apariciones, y sigue apareciéndose cada vez que alguien se cree el centro del universo, lo más bello, lo único digno de aplauso y alabanza. Si algún día se topa con Narciso o lo siente ascender desde sus entrañas, no le tema, no se compadezca de él, no se deje seducir por su belleza y lo que ella le promete. Trátelo con sencillez. Recuérdele, por sí él aún no lo sabe, que al enamorarse de sí mismo se convirtió en la mayor de las fealdades.

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