Opinión

Alterando el cambio climático

Actualizado el 11 de octubre de 2017 a las 10:30 pm

No necesitamos esperar nuevas invenciones para implementar los cambios que necesitamos

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DENVER – Después de una temporada de huracanes que baten récords en Estados Unidos e inundaciones en toda Asia, sería fácil desesperarse ante el ritmo acelerado del cambio climático. Sin embargo, a pesar de los presagios apocalípticos, una transformación energética lo suficientemente grande y lo suficientemente rápida como para frenar el incremento de la temperatura global sigue estando a nuestro alcance. Mejor aún, no necesitamos esperar nuevas invenciones para implementar los cambios que necesitamos; la transformación puede suceder ahora mismo, con soluciones rentables que ofrezcan las empresas e impulsen los mercados.

Limitar el incremento de la temperatura global a un máximo de 2° Celsius con respecto a los niveles preindustriales, el objetivo establecido por el acuerdo climático de París del 2015, exigirá reducir la dependencia de combustibles fósiles y cambiar la manera en que el mundo siembra cultivos, tala madera y utiliza la tierra. Una nueva investigación realizada por el Rocky Mountain Institute (RMI) demuestra que ambos desenlaces son posibles y que, en conjunto, el impacto puede alterar “positivamente” la trayectoria del cambio climático.

Según nuestro análisis, existen procedimientos para la futura oferta y demanda de energía, y para cómo los bosques y la tierra almacenan carbono que, si se llevan a cabo, reducirán drásticamente el ritmo del calentamiento. Al acelerar la transición hacia una energía limpia que ya está en marcha, es posible reducir las emisiones de gases de tipo invernadero por debajo de lo que podría esperarse con los patrones de consumo actuales.

Este escenario no es tan descabellado como algunos podrían creer. El mundo ya está cambiando a una energía más limpia, a movilidad eléctrica y a sistemas de energía y uso de la tierra más inteligentes mucho antes de lo que cualquiera, incluso los expertos, habían previsto.

Y no es la primera vez que el ritmo del cambio ha superado las expectativas. En 1980, por ejemplo, AT&T contrató a McKinsey & Company para pronosticar la cantidad de teléfonos móviles que estarían en uso en Estados Unidos en los siguientes veinte años. Los consultores predijeron que para el año 2000 el mercado de teléfonos celulares en Estados Unidos contaría con unos 900.000 dispositivos. En verdad, ese año se vendieron más de 100 millones de teléfonos. Hoy, el planeta tiene más teléfonos que personas.

La energía solar y eólica ha sufrido proyecciones igual de erradas. Durante décadas, expertos de la Agencia Internacional de Energía y de la Agencia de Información Energética de Estados Unidos subestimaron la velocidad con que crecerían los suministros de estas fuentes. Sus pronósticos regularmente fueron bajos y solo los aumentaron ligeramente cada año, sin llegar nunca a reflejar la realidad. Pero a medida que las empresas de energía limpia fueron innovando, el costo de producción de energía eólica y solar decayó. La energía se volvió más económica y, en consecuencia, el uso aumentó. Los modelos de gobierno normalmente no dan cuenta de esos retornos en expansión.

Otra razón para subestimar la velocidad de la transición energética de hoy es que la escala es diferente respecto de conversiones anteriores a nuevas tecnologías. Cuando la gente pasó de quemar madera a quemar carbón, y luego a quemar aceite, las “nuevas” fuentes de energía surgieron de proyectos de capital muy grandes, como minas de carbón, yacimientos offshore de petróleo y gas y refinerías. Los costos elevados de llevar a la práctica estos proyectos luego eran trasladados a los consumidores.

Por el contrario, en el mercado energético de hoy, los consumidores tienen más control. Consideremos lo fácil que es instalar paneles solares en los techos; es algo que se puede hacer en un solo día. Millones de pequeñas máquinas —células fotovoltaicas, turbinas eólicas, baterías y artefactos inteligentes— están impulsando la transformación energética de hoy. Cada dispositivo nuevo en este sistema distribuido es económico y se amortiza rápidamente, de manera que la experimentación es costeable y la tecnología puede mejorar rápidamente. El resultado es un gran campo de competidores globales, con una mayor innovación y nuevos modelos de negocios que están ayudando a alcanzar economías de escala.

El hardware de la revolución de energía limpia tiene más en común con los teléfonos móviles y con las laptops que con las minas y las refinerías. Como se puede vender en mercados muy grandes, con cadenas de producción escalables y tecnologías todavía en evolución, la transición a una energía más limpia está sucediendo más rápido de lo que habían previsto muchos expertos.

Aun así, ni siquiera un cambio rápido hacia una energía “más verde” será suficiente para mantener la temperatura promedio global en un rango de 2° con respecto a los niveles preindustriales. Para lograrlo, el mundo también necesitará retirar más gases de tipo invernadero de la atmósfera.

Afortunadamente, eso también es posible. Al incorporar estrategias de reducción de carbono en la agricultura y la conservación de la tierra, se pueden guardar más gases que atrapan el calor en los bosques y los suelos. Pero si bien las técnicas ya existen, para que funcionen hará falta aumentar el uso de agricultura sin labranza, adoptar principios de permacultivo, manejar mejor los humedales y utilizar técnicas de pastoreo rotativo, entre otras medidas.

El poder de los mercados de impulsar cambios radicales en la energía y el uso de la tierra es enorme, pero como debería recordarnos la temporada de tormentas del 2017, la emergencia climática que enfrentamos exige una acción firme y urgente. Transformar la manera en que la gente compra y consume energía, y utiliza la tierra, exigirá fuertes incentivos y marcos políticos para fijar el curso hacia el éxito.

Pero a no desesperar: todavía hay tiempo para salvar nuestro clima. La transformación ya ha comenzado y se desarrollará mucho más rápido de lo que la mayoría de la gente espera.

Jules Kortenhorst es CEO del Rocky Mountain Institute. © Project Syndicate 1995–2017

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