Opinión

Alberto Cañas (In memóriam)

Actualizado el 20 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Por teléfono, Daniel Gallegos me enteró de la muerte de Beto Cañas. Anonadado, me costó por resistencia y por defensa personal entenderle y, luego de una pausa, tragarme y asimilar la noticia. El día anterior había hablado telefónicamente con su hijo Víctor para indagar sobre el estado de Beto, hospitalizado hacía apenas un par de días.

Una vez más, me enfrento a ese nuevo estado de cosas que significa la pérdida total de un amigo de muchos años, una auténtica amistad con todo lo que ello significó, incluidos desacuerdos y diferencias de carácter y puntos de vista. Mi relación con Beto Cañas fue siempre intensa, llena de consonancias como también de disonancias. Asimismo, de jocosas y prolongadas tertulias con café y galletitas finas, gusto sempiterno de Beto Cañas, como también lo ha sido el mío.

Fuimos grandes amigos desde que yo me hice ciudadano mayor de edad con cédula y todo lo demás. De ahí, su oferta para que yo lo acompañara como viceministro suyo, cuando, en 1970, don Pepe Figueres, en su último gobierno, creó el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes. La fluidez imaginativa de Beto, de su inventiva, el pulso y la puntería que le salían a borbotones y lo certero de sus criterios hicieron posible la consolidación de un Ministerio de Cultura coherente con las necesidades del país. Fernando Volio colaboró intensamente con Beto y, cuando yo eché anclas en el Ministerio, encontré la mesa puesta y la cena servida. Gran aventura echar a andar una institución compleja y llena de vericuetos, con gente a su vez “vericuetuda”. Fue una gran aventura en la vida de Beto, como lo fue en la mía.

Desde hace años, se llegó a establecer rigurosamente el calificativo de las “los tres clásicos” de la dramaturgia costarricense por orden de edad: Alberto Cañas, Daniel Gallegos y Samuel Rovinski. Samuel se nos murió hace menos de un año y ahora se nos va, inopinadamente, Alberto Cañas. Amigos entrañables los tres, que, como Daniel, son de esas escasas relaciones en nuestra brevísima existencia que se nos van convirtiendo en ejemplos permanentes de lo que es fielmente la amistad, el talento y el ingenio efervescentes, el buen humor y la adhesión personal, acorde con el cofrade. Esos amigos de los que uno sabe que estarán siempre ahí, a la par y con la lanza en ristre. Pase lo que pase. Como decía Lilia Ramos: “Amigos para toda la vida y para toda la muerte”.

En 1956, Lenín Garrido, Jean Moulaert, José Trejos y yo habíamos decidido hacernos cargo de la pequeña empresa dependiente de la Universidad de Costa Rica, el Teatro Arlequín. En ese entonces, Alberto Cañas se convirtió en el crítico teatral de La Nación , mientras Guido Fernández se ubicaba como el crítico oficial del otro periódico: el Diario de Costa Rica . Dos estimulantes y formidables palancas. Mucho se les debe a ellos en cuanto a darle no solo respaldo al teatro como verdad artística, sino también en lo formativo de opinión y criterio para un público que, como el nuestro, era ajeno espiritualmente a ese ente transformador que es el teatro. El buen teatro, desde luego.

Para Alberto Cañas el teatro era uno de los principales intereses de su vida, uno de sus grandes amores. Son plurales las obras de Cañas para el escenario –entre ellas, La Segua , La bruja en el río , Uvieta , Tarantela –, y exitosas las representaciones de sus obras aquí y fuera de nuestras fronteras. Incontables fueron sus columnas periodísticas como sus celebrados “chisporroteos”. Sus novelas enriquecieron la producción literaria, así como su último y sensacional libro autobiográfico 80 años no es nada .

Alberto Cañas se mantendrá firme en el alma y el corazón de los costarricenses de hoy y de siempre por su portentosa intervención en las artes y en las letras, pero, sobre todo, por lo que supo compartir (¡y cómo lo hizo!) con nosotros, los emocionados lectores de 80 años no es nada , acerca de él mismo. ¡Qué vida y qué personaje!

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