Opinión

Albert Einstein y el volcán Turrialba

Actualizado el 21 de mayo de 2016 a las 12:00 am

Los turrialbeños tenemos que aprender a vivir con el volcán. Ahí está y no va a moverse

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Los turrialbeños tenemos que aprender a vivir con el volcán Turrialba. Nadie puede llevarlo para ningún lado. Ni siquiera los sancarleños que son especialistas en sacar provecho de los volcanes. Sencillamente, ahí está. Es nuestro y nadie lo mueve de ahí.

Antes teníamos un cerro que parecía inerte. Pero ahora tenemos volcán, como La Fortuna tuvo el Arenal, que parecía descansaba en paz, pero retumbó en los mismos huesos de la gente, sin muchas alertas amarillas, ni verdes, ni rojas, o como San Pedro de Poás tiene el volcán Poás y Tierra Blanca y Rancho Redondo, el Irazú.

Turrialba hubo de esperar más de ciento veinte años para tener otra vez su volcán. Ahora, en lugar de alarmarnos, debemos asumirlo completo, sin miedos exagerados, a menudo infundados y sin pesimismos y sin agonías.

Cuando el volcán comenzó a dar muestras de estar realmente vivo, dije en mi pueblo que no era necesariamente una calamidad, sino que era hora de levantar orgullosos la inteligencia para convertirlo en una oportunidad, sin descuidar, claro está, la ayuda que merecen los agricultores de las áreas afectadas muy cercanas a sus faldas.

Dije también, que a la larga era una bendición que Dios nos estaba regalando a un cantón hermosísimo, con un potencial maravilloso, que le falta desarrollar una economía pujante para dar empleo y mejores condiciones de vida a sus habitantes. Que, además, los eventos del volcán podrían desatar el nudo de la actitud pasiva y conformista, llena de temores y falta de esperanza, que noto en muchos de nuestros queridos residentes en el cantón.

Soluciones. Algunos pueblos con volcanes tan vivos, y más como el Turrialba, han superado los miedos, la desidia, el meterse en las cobijas, el lloriqueo y demás temores, y han convertido su volcán en un atractivo importantísimo para apuntalar su economía, de la cual dependen los ganaderos que venden la leche y el queso, los agricultores que venden a los restaurantes y hoteles sus legumbres, sus artesanos que venden sus trabajos a los turistas, los jóvenes que se egresan de las universidades, las amas de casa que trabajan en la cocina.

Yo siempre apunto más a las soluciones que a los fracasos. Procuro ir a la creatividad en lugar de permanecer en la angustia; apuesto por el optimismo inteligente, no por la pasividad que carcome. Hay que confiar más en la inventiva y convertir las dificultades y las tragedias en progresos.

Lo que no es sensato es la imagen del turrialbeño atemorizado, con el vehículo encendido en la noche para salir huyendo, el del empresario esperando a ver qué pasa, al joven temblando de temores o constatar que un cantón que después de la expulsión de ceniza, que ni siquiera cae en el 99% de su territorio, se quede sin estrategia de aprovechamiento del coloso, y que no luche de una vez por todas por tener una carretera de acceso a su atractivo, como la tienen el Irazú, el Arenal y el Poás.

Pregunto: ¿Quién está trabajando en esa estrategia? ¿Nos vamos a quedar oyendo lo que dice la Comisión Nacional de Emergencias y los vulcanólogos o los medios de comunicación que trasmiten a menudo la sensación de que Turrialba entera está en serio peligro, lo cual, ni ahora ni antes, ha sido cierto?

Actitud diferente. Por eso transcribo a Albert Einstein. Quizás su mensaje tenga que ver con el volcán Turrialba y con la actitud frente al evento.

“La crisis es la mejor bendición que puede sucederles a las personas y a los países, porque la crisis trae progreso. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es de la crisis de donde nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.

”Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, viola su propio talento y respeta más los problemas que las soluciones.

”La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y de los países es la pereza de encontrar las salidas y las soluciones. Acabemos de una vez por todas con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

El autor es empresario.

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