Opinión

Albert Camus, un hombre sin esperanza

Actualizado el 09 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Albert Camus, un hombre sin esperanza

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Yo conocía ya las obras “existencialistas” de Albert Camus, El extranjero , El mito de Sísifo , Calígula …, centradas en el absurdo de la condición humana; sin embargo, al leer sus obras de juventud, Noces (Bodas) y L’envers et l’endroit (El revés y el derecho) descubrí la faceta poética de este autor, enamorado de la belleza y del gozo de la naturaleza, aunque siempre atormentado por el doloroso contraste con el sufrimiento humano. Decidí, entonces, escribir mi tesis de doctorado en Filosofía, El problema del mal en Camus , para tratar de comprender su pensamiento.

La razón y la intuición se enfrentaron siempre en este escritor, pensador y poeta; le generaron dudas y angustias a lo largo de su vida: por un lado, la convicción del sinsentido de la existencia y, por otro lado, el amor y lealtad a la vida, la patria y los suyos, representados por su madre.

Camus intuyó que los seres humanos estamos destinados a la felicidad plena, pero nunca la encontró y sufrió por sentirse siempre “extranjero”, desterrado de su verdadera patria –el Paraíso que siempre añoró–.

La razón le impidió aceptar la paradoja de un Dios amoroso y omnipotente, pero indiferente ante el sufrimiento de los inocentes. Camus admiró y quiso creer en Jesús, pero, basado en un grave error de san Agustín, se consideró de los “no elegidos”.

Albert Camus afirmó que la extraordinaria empresa de perdón de Jesús y el cristianismo mismo duraron solamente treinta y tres años (¡merecido reproche a los que nos atrevemos a llamarnos cristianos!).

El no haber podido llegar a saciar su necesidad de creer en un ser absoluto de bondad, que llenara sus ansias de felicidad, lo llevó a idolatrar el absurdo como única verdad.

Su conflicto entre la razón y el apego a la vida lo expresa de manera contundente en esta frase: “El único problema filosófico es: ¿por qué no nos suicidamos?”.

Aunque no tiene sentido hacer conjeturas sobre lo que pudo haber sido y no fue, no puedo evitar hacer una que me resulta consoladora: el accidente en el que perdió la vida quizás lo salvó de una muerte peor.

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Estuve por muchos años dedicada a leerlo, releerlo, comentarlo y escribir sobre su pensamiento, intentando penetrar cada vez más en su interioridad, con mi admiración y afecto crecientes.

Escribo esto con la intención de que sea un tributo a un ser humano especial que pensó y sintió lo que muchos no nos atrevemos.

Personalmente me duele profundamente que haya sufrido tanto por no haber podido encontrar la paz en Dios.

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