Opinión

¡Adopte un hueco!

Actualizado el 29 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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¡Adopte un hueco!

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A guisa de gesto caritativo, durante estos gélidos, ventosos días, adopte un huequito. ¡Hay tantos! Ahí están todos, huerfanitos, desamparados y sedientos de afecto, texturizando las aceras y calles de nuestra capital! ¡Pobres criaturitas! ¿Va usted a dejarlas pasar este ingrato mes a la intemperie, flageladas por el frío y el hambre, abandonadas a la fuliginosa oscuridad de una ciudad carente de iluminación nocturna, especie de necrópolis yacente en las tinieblas? ¡Cuánta crueldad!

Sí, amigo, adopte un huequito, y dele cobijo y confortación. Nuestra ciudad, sembrada de cráteres, le ofrecerá un variopinto menú de agujeros de toda profundidad y configuración. La sigla MOPT (“mediocres operarios pegando tablas”) debería ser declarada interjección: como “¡huy!”, “¡argh!” o “¡ufa!”. “MOPT”: sonido percutido, sordo, cavernoso, un pálpito cardíaco irregular, el espasmo de una víscera que se contrae de terror. ¡“MOPT”!, podríamos también transformarla en onomatopeya, tal el caso de “splash”, “bang” o “cataplum”.

“Turismo de aventura”. San José no debería ya procurar remendar sus huecos. Son un rasgo identitario de nuestro país: lo sabe todo el mundo. Antes bien, convendría declararlos bienes patrimoniales, integrarlos al pabellón nacional, y, entre las montañitas y las carabelas, practicar algunas perforaciones que simbolicen el estado de nuestras vías públicas. Cauces de río seco, ásperos y arriscados trillos que confieren a la ciudad un aire vagamente arcaico, como las “piedras pulidas, blancas y enormes cual huevos prehistóricos” de Macondo. Nuestros mejores ingenieros civiles han sido captados por el resto de Centroamérica, que progresa ahí donde nosotros seguimos bailando por mil sueños.

Deberíamos vender el periplo por nuestras carreteras bajo el rubro de “turismo extremo”, o “turismo de aventura”: “¡Embriágate de adrenalina y experimenta –si te atreves– la emoción de un safari a través de la más escarpada topografía vial del mundo! ¡Ajusta tu cinturón de seguridad y vibra, vibra, vibra entre los riscos, grietas y pedruscos de nuestras lunares calles! ¿Te atreves? Do you dare? Yippee!”. Buena estrategia para atraer divisas, a fe mía. El himno nacional debería rezar: “Bajo el límpido azul de tus huecos, blanca y pura descansa la paz”. Donde haya un costarricense, esté donde esté, habrá un hueco.

Justamente lo que somos. Hace poco, estuve a punto de caer en uno de estos agujeros negros que conducen a la víctima a otra dimensión del espacio-tiempo (¿se tratará de un cuerpo celeste dotado de tal masa y poder gravitatorio que no deja escapar hacia el espacio el menor fotón? Mmm… eso explicaría la tiniebla de su entorno). Queda en la esquina sudoeste del hospital Blanco Cervantes. Al lado de una soda inmemorial donde sirven una ensalada de frutas riquísima. Pueden ir a verlo, fotografiarlo, ponerle una placa, protegerlo con una cerquita, si quieren. O bien, bautizarlo con el nombre de algún “prócer” de la patria. Un país será estrictamente del tamaño de sus héroes. ¿Quiere usted conocer la dimensión espiritual de una nación? Identifique a sus “figuras de autoridad”: ellas constituyen la radiografía de su alma colectiva. Si tales son nuestros héroes, pues eso es justamente lo que somos y valemos como país.

En ese hueco han de haberse hecho trizas los tobillos docenas de borrachos, viejecitos y transeúntes desprevenidos. Resulta sin duda providencial que el hospital quede justo frente al abismo en cuestión. Es hondo, maligno, oscuro y solapado. Algún buen ciudadano ha intentado rellenarlo con basura, pero acaso sea como el tonel de las Danaides: un pozo sin fondo que jamás conseguiremos colmar. Los clientes de la soda me dijeron que el hueco está ahí desde hace quince años. Es parte de la fisonomía del barrio. De hecho, constituye un punto de referencia: “Del hueco esquinero cien varas al este y setenta y cinco al norte”, y a ello añaden la infaltable, vernácula expresión, “¡no hay cómo perderse!”

Incentivo para la solidaridad. ¿Solicitudes para remendarlo? Han sido propuestas por docenas: “pedimos”, “rogamos”, “imploramos” “suplicamos”. ¡Todas han sido desoídas!

La gente ha decidido coexistir pacíficamente con el cráter. Los lugareños saben evitarlo, pero los forasteros sucumben frecuentemente a su sobrenatural poder de succión. Cada víctima termina costándole a la CCSS una fortuna. Fracturas, esguinces, contusiones, rehabilitación… Costa Rica es una sangría incoercible de recursos, drenaje sin fin y sin remedio de dinero: el país fabrica sus propios enfermos, y asume luego el deber de sanarlos. ¡Nobilísimo modelo de solidaridad colectiva y conciencia social!

Si un buen día el hueco comenzase a rezumar magma y azufre, podríamos convertirlo en microparque nacional, una especie de géiser o de volcancito urbano. Más una espinilla que un portentoso tumor sobre la epidermis del planeta, pero eso no importa: igual devendrá en nuevo atractivo turístico. Expropiaríamos algunos inmuebles a su alrededor, y lo declararíamos reserva de biosfera, maravilla natural y balneario termal. Pero el huequito no colabora con nosotros. Permanece mudo, seco, avaro de fuegos de artificio. ¡Hueco ingrato, canalla indigno de la tierra que te vio nacer: coopera con el pueblo que tan celosamente te ha preservado y glorificado!

Pianista y bacheador. Yo me comprometo a rellenar el hueco de marras. Si la municipalidad autoriza mi gesto, lo haré sin vacilar. Ante un MOPT fantasmagórico, cada ciudadano deberá transformarse en albañil y repellador ad hoc. Asumir la cruzada de zurcido general de la ciudad con sus propias manos. Con mis overoles, mi espátula y argamasa, remendaré el agujero, sí. Aún más: convocaré a los medios para que me vean contribuir a la “cosmetización” de la ciudad. Las calles y aceras de San José son como un cutis irremisiblemente marcado por la viruela, la lepra y el acné: requieren, siquiera, un poquito de maquillaje. ¿Estaría con ello cometiendo un delito? Pues procederé clandestinamente, en mitad de la noche. Un delincuente ejemplar: eso es lo que seré. Les doy mi palabra de honor.

El autor es pianista y escritor.

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