Opinión

Adolfo Suárez y Cuba

Actualizado el 30 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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En 1990 le pedí ayuda a Adolfo Suárez. Entonces yo tenía una figuración política de la que eventualmente me aparté. Suponía que el expresidente podía serle útil a la democratización de Cuba y era una persona generosa. En España se había agotado su caudal político pero tenía un inmenso prestigio internacional por la proeza de haber encabezado exitosamente la trasformación pacífica de su país en apenas cuatro años.

El Muro de Berlín había sido derribado poco antes por una muchedumbre indignada que exigía libertades, las dictaduras comunistas europeas colapsaban una tras otra, mientras el marxismo quedaba relegado a la ridícula categoría de polvoriento disparate teórico, minuciosamente desmentido por los criminales resultados del socialismo real.

Suárez, por otra parte, presidía la Internacional Liberal, una de las grandes federaciones ideológicas mundiales, organización que agrupaba unos 80 partidos de esa familia política, incluida la Unión Liberal Cubana que habíamos fundado. Llegué a su despacho de la mano del profesor Raúl Morodo, su estratega y gran gestor político dentro de la Internacional Liberal. Morodo había sido extremadamente solidario con los demócratas cubanos.

En el verano del 90, los liberales, junto a otros exiliados vinculados a la democracia cristiana y a la socialdemocracia, forjamos en Madrid la Plataforma Democrática Cubana. Elegimos a España, con la ayuda de instituciones esencialmente europeas, como las Internacionales, precisamente para alejarnos del reñidero entre La Habana y Washington. Intentábamos iniciar en Cuba una transición política hacia la libertad y la democracia, sin venganzas ni revanchismos, como la que España había vivido bajo la extraordinaria gestión de Suárez.

Pensábamos, seguramente con un ingenuo exceso de racionalidad, que Fidel Castro admitiría la inutilidad de sostener una fracasada dictadura colectivista de partido único contra el sentido de la historia, y que buscaría una manera de enterrar pacíficamente su sangriento experimento, creando las condiciones para que sus partidarios evolucionaran hacia otras formas de militancia, como había ocurrido en el llamado Bloque del Este.

El sentido común nos indicaba que Castro y su entorno debían sentirse más seguros si el desmantelamiento de la tiranía se hacía en una mesa garantizada por un abanico de grandes formaciones políticas democráticas de todo el mundo. El procedimiento sería similar al de España: ir “de la ley a la ley”. Cambiar las normas del partido único, soltar a los presos políticos, respetar el derecho a la libre expresión del pensamiento y ampliar los márgenes de participación electoral para que los cubanos, como habían hecho los españoles con el franquismo, enterraran el comunismo en una urna democrática. ¿Qué mejor garantía de una operación de esa naturaleza –le dije a Suárez–, si el árbitro o el gran asesor es quien había construido la transición española?

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Si existía un mínimo interés por parte de Castro en buscarle una salida airosa a la dictadura, en 90 días podíamos aterrizar en La Habana, junto a un centenar de líderes políticos y económicos del mundo libre, con la promesa de una cuantiosa ayuda europea y norteamericana para que la transformación del país fuera rápida e indolora. No faltarían recursos, ilusiones y experiencia. Le llamábamos “el shock de la esperanza”.

Suárez nos escuchó con mucho interés y nos ofreció su respaldo, pero se mostró escéptico en cuanto al resultado final de las gestiones. A Castro, nos aclaró, le agradecía que hubiera admitido a algunos etarras que él quería alejar de España. Aunque simpatizaba con nuestras ideas, su intención no era servir a la oposición o al poder, sino darles una mano a todos los cubanos para que superaran este largo paréntesis fallido que había sido la dictadura comunista.

Suárez y Morodo, finalmente, fueron a La Habana y hablaron con Fidel, pero se encontraron con un sujeto indiferente a la realidad que ante todos los auditorios repetía como un mantra dos colosales barbaridades. La primera, que “Cuba se hundiría en el mar antes que abandonar el marxismo-leninismo”. La segunda, que la Isla se quedaría como una especie de vivero, de parque jurásico marxista-leninista. Cuando la humanidad recobrara la razón y volviera a las esencias comunistas, contaría con un modelo práctico para organizar sociedades de acuerdo con la experiencia cubana.

Casi un cuarto de siglo después de esos hechos, Fidel es un anciano alocado que le dejó un país destrozado a su hermano Raúl. El heredero, fiel al legado, intenta inútilmente crear un híbrido e imposible sistema totalitario que exhibe lo peor de ambos mundos: un socialismo sin subsidios y un capitalismo en el que se prohíbe y persigue el crecimiento y la acumulación de capital.

Si Fidel no hubiera sido un tipo dogmático, terco e inflexible, y si le hubiese hecho caso a Suárez, Cuba habría realizado su transición a tiempo y hoy estaría a la cabeza de América Latina. Había capital humano y económico para logarlo. Hemos perdido, criminalmente, otros 25 años.

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Carlos Alberto Montaner Escritor y periodista. Su último libro es la novela Otra vez adiós.

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