Opinión

Adiós, Samuel

Actualizado el 06 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

Opinión

Adiós, Samuel

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

La noticia me golpea, pero no me sorprende: ya sabía que estaba muy enfermo. Pero la esperanza nunca desaparece hasta que la realidad nos encuentra: Samuel Rovinski, el dramaturgo, el escritor, pero, sobre todo, el amigo, ha muerto.

Conocí a Samuel hace tantos años que mi encuentro permanece en el limbo en el que se hallan los recuerdos más antiguos, los sueños lejanos y las voces perdidas. Tenía una oficina de ingeniería cerca de un negocio de mi padre en el centro de San José, vecino a la antigua Embajada de los Estados Unidos, y era muy amigo del ingeniero de ese almacén, Walter Sagot, quien me lo presentó. Me contó que, robándole tiempo a su trabajo de ingeniero, escribía cuentos, y me prestó varios que leí con gran placer.

Luego, poco a poco, fue dejando su profesión para dedicarse exclusivamente a la literatura y, más adelante, a la dramaturgia. De ahí en adelante nos encontrábamos en numerosas ocasiones, ya fuera en los estrenos de la Compañía Nacional de Teatro, a las que siempre asistía con su esposa, Sarita, y ahí conversábamos sobre la obra presentada y lo que estaba escribiendo. También fuimos compañeros en varias actividades culturales, sobre todo durante las obras que se presentaban en el Teatro Eugene O’Neill del Centro Cultural Norteamericano Costarricense durante el tiempo en que fui asesor de dramaturgia de ese centro de cultura. También fuimos compañeros en una mesa redonda sobre el Teatro de Arthur Miller. Y, además, nos vimos a menudo en un restaurante francés, al que llegaba con su eterno amigo y compañero Guido Sáenz y sus respectivas esposas.

Durante el tiempo en que fue director del Teatro Nacional nos encontramos en todos los conciertos a los que asistí, así como en las obras teatrales que se presentaban, y siempre hubo espacio y tiempo para conversar de los temas que a los dos nos interesaban.

Con ocasión de una de las tantas veces que se montó Las fisgonas de Paso Ancho , esta vez durante un renacer del teatro al aire libre en la Fanal y que dirigió Eugenia Chaverri, nos encontramos varias veces durante los ensayos, y recuerdo muy bien lo que disfrutaba viendo su obra tomar vida bajo las sabias instrucciones de Eugenia. Esta experiencia la conté luego para un artículo que publiqué en esta misma página.

PUBLICIDAD

El trabajo literario de Samuel Rovinski es muy valioso y, conforme pasen los años, su valor aumentará y será un faro que iluminará el camino de futuras generaciones, pero hay algo todavía más importante: Samuel fue no solo un gran escritor, un gran dramaturgo, sino que fue también lo que considero más importante: una buena persona, un gran amigo, un ser que trató siempre de ayudar a quien pudiera.

Se fue, pero su obra y su ejemplo permanecen y no desaparecerán nunca.

  • Comparta este artículo
Opinión

Adiós, Samuel

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota