Opinión

Acabar con la cobardía y el trauma

Actualizado el 04 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

El miedo de los individuos sexualmente diversos tiene que terminar

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Experimentamos cambios fundamentales que nos acercan a una sociedad más justa e inclusiva. La decisión valiente del juez Carlos Manuel Sánchez, del juzgado de Goicoechea, de legalizar la unión de hecho entre dos personas del mismo sexo, fue un paso certero que nos pone en el buen camino para alcanzar a las sociedades más desarrolladas, vanguardistas y libres del orbe.

Después de años de lucha inclaudicable, el 26 de junio pasado, la Corte Suprema de Estados Unidos garantizó el derecho legal del matrimonio a este grupo minoritario a lo largo y ancho de su territorio; un país donde al igual que en Costa Rica rezuma la obstinación de grupos conservadores y fundamentalistas cristianos de influencia poco despreciable, que han combatido reiteradamente los derechos humanos básicos en una sociedad igualitaria y justa.

La lucha contra la discriminación y los ideales primordiales de igualdad abarcan también las estructuras mentales fomentadas por décadas de opresión, burla y escarnio público a las que costarricenses de la comunidad LGBTI fueron sometidos.

Miles de costarricenses sexualmente diversos se rehúsan hoy, por miedo, a apoyar públicamente esta lucha. Opiniones vertidas en los acalorados debates en las redes sociales dan cuenta del fenómeno, deplorable y triste, de la aceptación del statu quo por quienes prefieren permanecer en la marginalidad por cobardía y trauma.

Estas meditaciones alcanzaron su clímax después de una exacerbada conversación sostenida hace poco con una pareja homosexual a la que aprecio enormemente.

Sus argumentos para abstenerse de participar en los procesos de cambio que tanto homosexuales como heterosexuales demandan en Costa Rica, a favor de un Estado laico y a favor de los proyectos de uniones de convivencia, fueron ciertamente paupérrimos: “Incluso si mostramos un poco de afecto como tomarnos de la mano, tendríamos que soportar las miradas incómodas de quienes nos rodean (…) mucho menos queremos ser activistas por esta causa”, adujeron.

Luchas no se dan solas. Me cuestiono con pesar al oír estas palabras, ¿qué hubiese ocurrido si en 1955 en el pueblo de Montgomery, Alabama, una joven negra llamada Rosa Parks se hubiese contenido para levantar su voz contra la tiranía y la injusticia por temor a las miradas vertidas sobre ella al rehusarse a ceder su asiento de un autobús a un pasajero blanco como dictaba la “normalidad” de la segregación racial del sur de los Estados Unidos?

Parks, la llamada “primera dama de los derechos civiles” o “la madre del movimiento por la libertad”, nos legó un principio universal que no puede ser nunca olvidado: las luchas contra la aberración de la injusticia no se dan solas.

Hay que mantenerse firme contra viento y marea. Levantar una y otra vez la frente hacia el sol de la esperanza en un futuro mejor donde los encasillamientos y las doctrinas religiosas no sean impuestos a nadie que tenga diferentes convicciones.

El miedo de los individuos sexualmente diversos tiene que terminar. Suficiente corriente en contra de la igualdad existe en un Poder Ejecutivo con resultados nulos en esta área o en una Asamblea Legislativa acéfala, plagada de grupúsculos obstruccionistas cristianos y conservadores que secuestran la democracia mediante el uso indiscriminado de mociones y estrategias dilatorias asquerosas. Cunde la ineficiencia y la mediocridad.

Suficiente hay ya, también, con un Poder Judicial pésimo que deja la mayoría de los casos criminales que conoce en la impunidad y que se ha lavado las manos reiteradamente por años al no utilizar los tratados internacionales sobre derechos humanos –que están por encima de nuestra Constitución– y ya firmados por nuestro país desde hace bastante tiempo, para dar por acabado y de una vez por todas un debate sobre la equidad que hace mucho debió dirimirse.

El juez Sánchez comprendió esto y dio el salto de gallardía esperado por muchos costarricenses.

Miguel Mena Marín es internacionalista.

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