Opinión

Abstencionismo político

Actualizado el 19 de julio de 2013 a las 12:01 am

De seguir así,ya no importarási el ciudadanoquiere votar

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Abstencionismo político

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En una entrevista reciente, se me preguntó sobre si había una marcada diferencia entre el abstencionismo político de la actualidad y el que se daba antes. La idea general que parece primar ahora, por las desviaciones de todo tipo y el notorio debilitamiento de los partidos, es que el ciudadano está menos motivado para asistir a depositar su voto.

En eso podría haber un error de apreciación. Es necesario comprender que en nuestro país hemos tenido dos épocas distintas en el desarrollo político: antes y después de la reforma social de Calderón Guardia. La primera la podríamos situar desde el primer gobierno de Tomás Guardia (1872) hasta el de Calderón Guardia; y la segunda, desde 1942 hasta el momento actual. Son dos periodos históricos de setenta años cada uno, aproximadamente.

Si tomamos en cuenta esta circunstancia, podemos decir que cada etapa tiene sus propias características. En términos generales, la primera fue de grandes líderes protagónicos en toda actividad pública, económica y social, sin relevancia alguna de los partidos políticos. Fueron individualidades alrededor de las cuales giraba toda simpatía o rechazo electoral. Al mismo tiempo, y con un papel de suma importancia, estaban los grupos de poder económico –oligarquías- que ejercían su influencia determinante a la hora de escoger candidatos. El partido, como organización de masas y una propuesta de cambio, no existió.

La segunda época la marcan reformas institucionales profundas y la presencia de partidos ideológicos permanentes. Fueron idea original de Figueres, como base y sustento de una nueva democracia, las organizaciones políticas capaces de elevar la conciencia ciudadana en el proceso de formación de las decisiones políticas; partido ideológico planteado como una organización de pueblo por encima de élites y caudillos.

Algo parecido sucedió con la Unidad Social Cristiana, partido con pensamiento liberal formado por Rafael Angel Calderón Fournier, que sirvió de alternativa al socialismo democrático. En verdad, en la historia de las ideas políticas solo han existido dos ideologías, liberalismo y socialismo. Todo otro planteamiento es derivación de uno u otro.

La Unidad Social Cristiana, en el lenguaje electoral, continuó siendo el “partido calderonista”, y esa distinción la mantiene hasta el momento actual. Desde la década de los cuarenta del siglo pasado, en Costa Rica solamente hemos tenido dos tendencias políticas que nadie ha podido destruir: calderonismo y figuerismo. Y esto es tan cierto que, en Liberación Nacional, en toda reunión política, si no se comienza, se termina cantando el corrido a Pepe Figueres. Y los que saben de política en el socialcristianismo –que son muy pocos-, en todas sus intervenciones públicas se refieren a “la obra social de Calderón Guardia”.

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Panoramas. Pero veamos los panoramas. La primera época la ocuparon Tomás Guardia, Próspero Fernández, Bernardo Soto, José Joaquín Rodríguez, Rafael Iglesias, Cleto González, Ricardo Jiménez, Alfredo González, Julio Acosta, León Cortés y Otilio Ulate. Fueron grandes políticos que marcaron rumbos, construyeron ferrocarriles, caminos, teatros, escuelas, colegios, dos universidades (la de Santo Tomás y la de Costa Rica), codificaron las leyes y aprobaron la Constitución de 1871, obra monumental que dio marco político y jurídico al estado liberal. Con todos sus errores, golpes de estado, acuerdos políticos inmorales y demás pecados capitales, lograron construir las bases para una república democrática de verdad.

En la segunda etapa nos encontramos con Rafael Angel Calderón Guardia, José Figueres, Mario Echandi, Francisco Orlich, José Joaquín Trejos, Daniel Oduber, Rodrigo Carazo, Luis Alberto Monge, Oscar Arias, Rafael Angel Calderón Fournier, José María Figueres, Miguel Angel Rodríguez, Abel Pacheco y, finalmente, Laura Chinchilla.

Políticos de verdad. Como es fácil apreciar, el primer grupo está integrado –en su totalidad– por políticos de verdad, dedicados a construir una república y a defender un planteamiento ideológico expuesto con claridad y sin temores. Construyeron la democracia liberal. Si se hubieran organizado como equipo de futbol, habrían sido campeones del mundo. En el segundo grupo hay confusión e ideas contradictorias. El Estado liberal inició su resquebrajamiento con la institucionalidad social de Calderón Guardia y Figueres, con sus reformas revolucionarias, casi lo sepulta. Entre Calderón y Figueres construyen el Estado social y democrático de derecho. En 1949, a Figueres se le escapó la oportunidad de imponer una nueva Constitución. Para eso se necesitaba una dictadura y don Pepe solo aceptó el juego democrático. Dichosamente, ya Calderón se había adelantado y los conservadores de la Constituyente no se atrevieron a suprimir sus reformas. Esto salvó a la revolución y los nuevos planteamientos sociales, económicos y políticos que dieron base para una república diferente. Contradicciones y sorpresas increíbles de la historia.

Después de Monge, el político de casta comenzó a desaparecer, hasta el momento actual en que su extinción total casi se podría asegurar. Esa es una razón para el posible aumento del abstencionismo electoral. Una democracia sin políticos amenazada está de volatilizarse. La otra es el momento histórico, de grandes transformaciones revolucionarias que permitieron crear una ilusión democrática en el pueblo, consecuencia del triunfo armado de 1948 (disminuyendo el abstencionismo) y el momento que vivimos en la actualidad, en el cual ningún sector político se manifiesta capaz de hacer propuestas a la altura de las necesidades de los pueblos. El futuro rechazo político que el ciudadano pueda hacer en la urna electoral, será para toda la organización política nacional y no solamente para un grupo. Si no hay un partido capaz de presentar al electorado un proyecto verdaderamente revolucionario y de cambio, se podría dar un abstencionismo alarmante. De presentarse esa propuesta, la situación puede cambiar.

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Tensión. Pero hay otro fenómeno de suma importancia que poco se toma en cuenta a la hora de señalar responsabilidades. En este segundo período se logra consolidar la institucionalidad y legislación para un Estado y un gobierno socialistas, pero, desde hace más de treinta años, se impuso a contracorriente, consecuencia de la globalización, un liberalismo financiero radical, que pretendió suprimir toda legislación con tendencia social, lográndolo solo en parte. La estructura socialista –salud, educación, sufragio universal, garantías y derechos populares– continúa en pie.

Gobernar de manera conservadora y para beneficios de las empresas y entidades financieras en un estado de régimen social es algo que complica, entorpece y descalifica a gobiernos y partidos.

Los nuevos liberales exigen una corriente gubernamental hacia ellos; las leyes e instituciones obligan a gobernar para los trabajadores, es decir, para el pueblo. Esa tensión amenaza gravemente y nos precipita hacia una sociedad cada vez más violenta.

De continuar la tendencia actual, dentro de poco ya nada importará si el ciudadano quiere, o no, votar. En el horizonte inmediato comenzará a emerger la sombra de una nueva y trágica guerra civil.

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