Opinión

Absolutoria por certeza

Actualizado el 28 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Absolutoria por certeza

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He sido absuelto de una infame acusación de “estafa” que interpuso en mi contra el Ministerio Público, en forma inicua y casi criminal, después de 11 años de duro peregrinar por diversos estrados judiciales.

Fueron 11 años duros para mí y para los míos: congojas y preocupaciones que no nos dejaban dormir, ni disfrutar de vida plena, no porque no estuviéramos convencidos de mi inocencia y de la maldad de algunos funcionarios de la entidad requirente, sino porque, a como andan las cosas en la administración de “justicia”, en un descuido, cualquier inocente termina descontando una condena entre rejas, de lo cual todos sabemos que existen muchos casos.

Fui absuelto por certeza, lo cual quiere decir que el Tribunal de Juicio encontró que yo era un ciudadano que tenía un caso que estaba por encima de toda sospecha posible. La absolutoria por certeza implica que no existe la más ligera duda sobre la inocencia de lo acusado falsamente, que fue lo que ocurrió. Triste y preocupantemente, al saber que hay un sector importante de fiscales que no pueden distinguir cuándo hay delito y cuándo no existe ilícito a perseguir; no saben diferenciar cuándo existe un indicio comprobado de haber cometido delito y cuándo no, es decir, no les es posible saber si se está, o no, en presencia de un juicio de probabilidad necesaria para justificar un juicio.

Esta inopia alcanza también a bastantes jueces de la etapa preparatoria, quienes, por no enfrentar a la fiscalía o por temor a la prensa, prefieren dar curso a procesos que debieron haber sido archivados por orden del propio Ministerio Público, para lo cual el Código Procesal Penal faculta plenamente a jueces y a fiscales.

Fui absuelto por certeza en el Tribunal Penal de Juicio del Primer Circuito Judicial de San José. Extrañamente, hasta ahora, con excepción de La Nación , (pág. 16A del 19-06-2014), ningún medio de comunicación escrita ha dicho nada. Imaginen, amigos lectores: si la sentencia hubiera sido condenatoria, cómo me habrían hecho trizas.

Gratitud. No me queda más que dar gracias a Dios, a los abogados defensores Katia Ballestero Pernudi, de la Defensa Pública, Gustavo Corella y Luis Lechtman Meltzer, quienes demostraron excelencia en su trabajo, a mis familiares y amigos que creyeron en mí, así como a los integrantes del Tribunal de Juicio, las juezas Ana Patricia Araya Umaña, Ana Emilia Fallas Santana y el juez Marco Mairena Navarro, por su dedicación, valentía y probidad, que la extendieron hasta llamar fuertemente la atención a los fiscales y al juez de la intermedia, que imprudentemente llevaron el caso a debate, permaneciendo 11 años en los estrados penales, sin considerar el daño superlativo ocasionado, gastos significativos financiados por todos los costarricenses, para cobrar una espuria venganza en contra de alguien que a lo único que ha dedicado su vida es a servir a este país, diligente y honradamente, a pesar de semejante agravio.

Dios los bendiga a todos.

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