Opinión

Abolir el exorbitante privilegio estadounidense

Actualizado el 30 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Abolir el exorbitante privilegio estadounidense

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NUEVA YORK – El actual punto muerto del sistema político estadounidense conlleva dos importantes implicaciones para el sistema monetario internacional. La consecuencia más conocida ha sido la profundización de la incertidumbre sobre el dólar estadounidense, la principal moneda mundial de reserva, y los activos del tesoro de EE.UU., supuestamente el activo financiero más “seguro” del mundo. No es sorprendente, entonces, que los principales inversionistas en bonos del tesoro de EE.UU., China y Japón, hayan expresado su alarma. Sencillamente, hay en el centro de la economía mundial un régimen político disfuncional que genera amenazas reiteradas de cesación de pagos sobre el principal activo de reserva del mundo.

La segunda repercusión es un mayor aplazamiento de las reformas del 2010 de las cuotas y el gobierno del FMI, que duplicarían las contribuciones de los países miembros y aumentarían, modestamente, el poder de voto de las principales economías emergentes. Antes de ser aprobada por la junta del FMI, en diciembre del 2010, la reforma consensuada en la cumbre de Seúl del G-20 había sido aclamada como un importantísimo avance “histórico”. Pero la historia se estancó sin la aprobación de EE.UU., que cuenta con un verdadero poder de veto sobre las principales decisiones del FMI.

La amenaza de una cesación estadounidense de pagos bien puede concluir con un acuerdo político para aumentar el tope al endeudamiento del Gobierno de EE.UU., como ocurrió en el 2011. Pero, sea cual sea el resultado, el último episodio pone muy en claro que nuestro mundo globalizado merece un sistema monetario internacional mejor que el “no sistema” actual, desarrollado en forma ad hoc, después del colapso de los acuerdos iniciales de Bretton Woods, a principios de la década de los setentas.

La necesidad de revisar el sistema monetario financiero internacional fue una de las lecciones básicas de la crisis financiera mundial. Si bien se implementaron reformas importantes, aunque incompletas, en las finanzas internacionales, los esfuerzos en el 2009 y el 2010 para reformar el sistema monetario internacional –incluidos los cambios propuestos por el FMI– no condujeron a acciones significativas.

Las propuestas de reforma tuvieron distintos orígenes: el gobernador del Banco Popular Chino; una comisión convocada por la Asamblea General de las Naciones Unidas para la reforma del sistema monetario financiero internacional, dirigida por el premio Nobel Joseph E. Stiglitz; y la Iniciativa del Palais Royal francés, liderada por el exdirector gerente del FMI, Michel Camdessus. Hubo, además, una innumerable cantidad de contribuciones académicas al debate.

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El primer elemento de la reforma debe ser el aumento del rol que desempeña la única moneda internacional con la que el mundo cuenta actualmente: los derechos especiales de giro del FMI, creados en 1969 como resultado de otra crisis del dólar. El establecimiento de los DEG fue acompañado por un compromiso, incluido en los artículos de acuerdo con el FMI, para “convertir los derechos especiales de giro en el principal activo de reserva del sistema monetario internacional” (Artículo VIII, Sección 7 y Artículo XXII). Pero este compromiso se mantuvo como letra muerta, excepto por emisiones periódicas de DEG, durante las crisis, incluido el equivalente a $250 mil millones en el 2009.

Los artículos de acuerdo del FMI deben enmendarse para permitir un uso más flexible de los DEG que se asemeje a la manera en la que funcionan los bancos centrales: se podrían crear DEG durante las recesiones mundiales y retirarlos durante los períodos de bonanza. Deberían constituir, además, la principal fuente de financiamiento del FMI, en reemplazo de las cuotas de suscripción o los préstamos al Fondo por los países miembros (esto podría convertir al FMI en una institución basada enteramente en DEG, como lo propuso, hace décadas, el ya fallecido economista de esa institución, Jacques Polak). La forma más simple sería que los países “depositen” los DEG que reciben en el FMI, que podría prestarlos, luego, a otros países e invertir el sobrante en bonos soberanos.

Esto debería combinarse con un rol más activo del FMI –en vez del G-20– como el verdadero instrumento de coordinación de política macroeconómica mundial. Una meta esencial (y generalmente consensuada) de esa coordinación debería ser la reducción de los desequilibrios mundiales, como los generados en los últimos años por el aumento del superávit externo de la Unión Europea, que ha obligado a muchas economías emergentes a sostener un déficit creciente.

Debido a que otras monedas mundiales –el dólar, el euro y, cada vez más, el yuan– continuarían coexistiendo con los DEG como activos mundiales de reserva, otro elemento esencial de la cooperación macroeconómica global debería ser la definición de las obligaciones específicas de los países (o regiones) que emiten monedas de reserva.

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Otro elemento más de la reforma monetaria internacional es una mejor gestión del sistema mundial de tipos de cambio (o, nuevamente, el “no sistema”), que debería procurar evitar la manipulación de las monedas, pero solo después de definir exactamente qué significa eso. También, deberá reducir los elevados niveles de volatilidad de los tipos de cambio –“un impuesto sobre la especialización internacional”, según lo definiera alguna vez el economista Charles Kindleberger– que hemos visto en los últimos años, incluso entre las monedas principales.

Las discusiones sobre las finanzas mundiales en el largo plazo también han dejado claro que, en ciertas condiciones, la regulación de los flujos de capital (las “medidas para la gestión de flujos de capital”, según la terminología actual del FMI) está justificada por motivos “macroprudenciales , un acuerdo convenido por el G-20 en su encuentro de Cannes en el 2011 y por el FMI el año pasado.

En último lugar, pero no menos importante, el sistema monetario internacional requiere una reforma de su gobierno, que incluye ampliar la voz de los países emergentes y en desarrollo. Además, la adopción final de las reformas del 2010 y los próximos debates del 2014 sobre las cuotas, cambios que deben incluir las recomendaciones de la Comisión Stiglitz, de la Iniciativa del Palais Royal y del Comité para la Reforma del Gobierno del FMI del 2009, dirigido por Trevor Manuel, entre otras.

Un elemento central de estas propuestas es eliminar, de una vez por todas, el poder individual de veto de cualquier país. Mientras el mundo espera ansiosamente que algunos líderes políticos estadounidenses se comporten como adultos, el costo de mantener el “no sistema” actual resulta extremadamente obvio.

José Antonio Ocampo es profesor en la Universidad de Columbia. Se desempeñó como secretario general adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Económicos y Sociales, y como ministro de Hacienda de Colombia. © Project Syndicate.

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