Opinión

EDITORIAL

Una votación histórica

Actualizado el 21 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Escocia tiene ante sí las promesas del primer ministro británico, que producirían en los años venideros una autonomía creciente

Desacuerdos fundamentales sobre la ejecución de esos planes generarían un entorno muy diferente al surgido de la reciente jornada

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La unión de Escocia con Inglaterra, vínculo consolidado a lo largo de más de 300 años, encaró el desafío de un referéndum en el que la ciudadanía escocesa debía pronunciarse sobre la posibilidad de independizarse del Reino Unido. La respuesta surgida de las votaciones celebradas el jueves fue un categórico “no” a la secesión.

El balance de la consulta fue de alrededor del 45 % a favor de la independencia y un 55% en contra. El desenlace sorprendió a muchos ciudadanos e incluso a observadores que acudieron a Escocia para esta trascendental votación. Posiblemente influidos por la intensa campaña del “sí” en los medios y en las redes sociales, muchos creyeron inevitable el adiós a Inglaterra.

No obstante, la unión ha sido una realidad insoslayable que no se borra de un plumazo. La faceta económica, preeminente en la vida diaria de los ciudadanos, sería la primera víctima del divorcio. Una lista de los cuestionamientos pone a la vista las barreras y desventajas del viraje propuesto.

¿Qué moneda se usaría en las transacciones comerciales? ¿Cuáles bancos confiables permanecerían en Escocia? ¿Qué ocurriría con las pensiones de millones de escoceses y de foráneos residentes? ¿Qué sucedería con los salarios en el sector público y en las empresas privadas? ¿Cuáles programas de asistencia social, incluyendo los servicios de salud, sobrevivirían el trauma del megadivorcio? Asimismo, ¿qué ocurriría con los impuestos vigentes?

Como puede apreciarse, las dudas y las omisiones en las proclamas del “sí” saltan a raudales y aconsejan prudencia, mucha prudencia.

Los enigmas en torno a la economía del Estado separatista llueven por miles. En el mismo sentido, y sobre la marcha del divorcio, ¿habría que devolver a Inglaterra los navíos de guerra y comercio, los arsenales de toda suerte de municiones, incluso nucleares, las reservas de oro? Hay una multitud de incógnitas que agobian las mentes y los bolsillos de los escoceses.

Un análisis más sobrio y realista posplebiscito no puede obviar las complejas tareas planteadas. Con todo, Escocia tiene ante sí las promesas y compromisos adquiridos por David Cameron, el primer ministro británico, que producirían en los meses y años venideros una autonomía creciente.

La mayoría del movimiento independentista, que obtuvo alrededor del 45% de los votos, la conforman jóvenes. Sin embargo, el 55% de los sufragios correspondió a los votantes mayores, en particular los que tienen a su cargo la manutención de sus familias y temen novedades que disminuyan su capacidad económica, pero los elementos más jóvenes continuarán desempeñando un papel importante en los procesos de cambio que se avecinan.

Es indiscutible que, de haber ganado el “sí”, el Gobierno británico estaría enfrentando mayores y más complejos problemas, entre ellos, quizás, la renuncia de Cameron. No debemos ignorar el preponderante papel de Escocia en el entorno estratégico inglés, incluyendo las bases navales en puntos claves del transporte marítimo europeo. Y ¿qué decir de las inmensas reservas de petróleo de Escocia en el mar del Norte, las cuales suplen más de la mitad de las necesidades inglesas?

Tampoco olvidemos que el “sí” habría agudizado los arrestos de movimientos secesionistas en toda Europa, particularmente en España, Bélgica, Turquía y hasta en Ucrania y Rusia. Situaciones similares en África y Asia habrían escalado a niveles probablemente inmanejables para los países y sus Gobiernos.

Dichosamente, el desenlace en Escocia ha abierto un espacio más holgado para la resolución de las diferencias existentes. Esta es la tarea que el Gobierno inglés se impuso de cara al movimiento independentista. Desacuerdos fundamentales sobre la ejecución de esos planes generarían un entorno muy diferente al surgido de la reciente jornada en Escocia. Europa y el mundo lo lamentarían.

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