En el primer intento, la India logró conquistar todas sus metas en la órbita marciana

 5 octubre, 2014

Fue una hazaña espacial que levantó los corazones del pueblo indio. Nunca antes se habían logrado concretar tantos éxitos en un primer viaje a Marte, comparables a los de otras naciones con programas espaciales mejor financiados, entre ellos Estados Unidos, Europa y Rusia.

La India resultó ser la estrella de la competencia, y no solo por haber logrado, en el primer intento, sus metas en la órbita marciana. El bajo costo del proyecto ($72 millones) fue también una flor en el ojal, comparado con los montos invertidos por el Maven de la NASA estadounidense ($670 millones) o el de la cinta hollywoodense Gravity , que excedió por centenares de millones de dólares el costo del programa espacial del vencedor.

Sin duda, los laureles acreditan a los científicos, técnicos y trabajadores de India como especialistas de muy alto calibre, idóneos para incrementar la inversión extranjera necesaria en una economía en desarrollo. Los cuadros científicos de la India poseen una fama indiscutible y han sido el foco de atracción de innumerables proyectos de empresas e inversionistas del exterior interesados en promover la exploración del espacio para fines científicos y mercantiles.

La India es la mayor democracia del mundo y la segunda entre las naciones más pobladas, pero también es una potencia pobre. Con inmensos sacrificios, ha logrado financiar su programa espacial, que ahora rinde frutos, ampliando el menú de posibilidades para nuevas generaciones de profesionales.

Marte captura la imaginación del mundo y coloca a la India en el muy exclusivo círculo de naciones que han arribado a su órbita. Solo Estados Unidos, la antigua URSS y la Agencia Espacial Europea pudieron llegar hasta donde la India se encuentra ahora. El sólido y extenso sistema educativo en ciencias y tecnología ha producido miles de programadores, ingenieros y médicos que robustecen el crecimiento de la clase media.

El viaje a Marte de la India debería atenuar la memoria de un ataque terrorista que, de manera sangrienta y barbárica, se produjo en la ciudad de Mumbay en noviembre del 2008. Para ese entonces, la ciudad ya se había transformado en un gran centro de atracción de inversiones, tanto de las mayores empresas de la India como de grandes firmas extranjeras que hicieron de Mumbay un sueño de aspiraciones para millones de jóvenes provenientes de familias sumidas en la pobreza.

También eran jóvenes los diez terroristas pakistaníes que sembraron la muerte y la destrucción en aquella trágica fecha. Miembros de una temible agrupación islamista de Pakistán fueron escogidos para la “sagrada” misión de destruir Mumbay y bañarla en sangre. Lo ocurrido derivó de las creencias ultrarradicales del círculo promotor. También apuntaba a las rivalidades entre la India y Pakistán. Pero, sobre todo, subrayó las deformaciones generadas por la intolerancia a la modernidad. Decenas de muertos y la destrucción de un sinnúmero de edificios donde operaban negocios, y hasta centros espirituales, fue el saldo de la ordalía. Al cabo de la jornada, solo un miembro del equipo terrorista había sobrevivido, pero fue eventualmente ultimado por las autoridades.

Dichosamente, el dramático triunfo de la ciencia y la tecnología de la India en el espacio transforma las perspectivas y, ojalá, los recelos del entorno mundial. La cultura antiquísima de la India enmarca, merecidamente, los logros siderales de la nación. Sin embargo, la India también deberá valorar las reacciones de otras grandes potencias asiáticas, particularmente Pakistán y China, ambas poseedoras de tecnología nuclear. El precio del prestigio muchas veces adquiere dimensiones impredecibles.

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