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EDITORIAL

El valor de la denuncia

Actualizado el 26 de octubre de 2012 a las 12:00 am

La denuncia del acoso sexual merece estímulo porque el sometimiento de los agravios al examen de la justicia es el único medio para acabar con la impunidad

El temor a la reacción social, las vicisitudes del proceso judicial, el poder del denunciado y otras presiones son barreras formidablesa vencer

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Priscila Quirós, jueza de lo contencioso administrativo, confiesa los temores que le impidieron presentar, en su momento, una denuncia por acoso sexual contra el magistrado Óscar González, de la Sala Primera de la Corte Suprema de Justicia. Sin embargo, venció el miedo y dio el paso adelante.

No se conocen los detalles de la denuncia, y la Corte está lejos de establecer su veracidad. El magistrado ejercerá el derecho a la defensa, y el proceso, apegado a la ley, decidirá sobre los hechos, pero el arrojo de la jueza es ejemplar. Las leyes contra el acoso y otras formas de violencia de género son letra muerta si los afectados no se animan a denunciar.

La acusación siempre implica riesgos, incluyendo la posibilidad del fracaso en los estrados judiciales. La jueza conoce, por su posición en el Poder Judicial, las razones de forma y fondo que impiden pronosticar resultados con suficiente certeza. Entre los abogados prudentes, es un lugar común advertir a sus clientes esa realidad.

Existe, también, el imponderable qué dirán. La jueza admite el peso de ese factor en sus cavilaciones. Tuvo temor a exponerse, a la reacción de sus conocidos y aun de quienes tienen con ella lazos afectivos. “Miedo, mucho miedo”, respondió al preguntársele por qué no formuló la denuncia con anterioridad.

También tomó en cuenta la relación de jerarquía y el poder de su contraparte, elemento presente en muchísimos casos de acoso cuando suceden en el entorno laboral del denunciante y el denunciado. “Llegar y hablar de alguien que ya tiene un nombre, un estatus, una carrera, es correr un riesgo muy grande, y mucho más si esa persona ejerce cuotas de poder en la jurisdicción a la que uno pertenece”.

Por último, dijo haberse visto sometida a presiones para desistir de la denuncia, un factor de última hora cuyo surgimiento no es de extrañar, aunque sí de lamentar, porque incide sobre la voluntad de personas ya sometidas a un marasmo de dudas y comprensibles temores.

El temor a la reacción social, las vicisitudes del proceso judicial, el poder del denunciado y las presiones recibidas, son barreras formidables. Su vencimiento exige singular entereza y valor. La jueza dice haberlos encontrado en su confianza en el sistema judicial, los instrumentos jurídicos nacionales e internacionales, y el compromiso de quienes los administran.

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Falta, y la jueza lleva razón en no enunciarla entre las fuentes de su resolución, la plena aceptación social de la denuncia, sin las reservas que atemorizan a sus protagonistas. Mucho se ha progresado en Costa Rica en esa materia. La conciencia del problema crece, y con ella el apoyo a la decisión de denunciar, pero persiste el temor al qué dirán y las razones que lo justifican. En ninguna parte se hace tan evidente como en los delitos sexuales, donde hay razones para creer en la existencia de una amplia “franja negra” de hechos no acusados.

La decisión de denunciar merece apoyo y reconocimiento. La reacción social no debe ser obstáculo para someter los posibles agravios al examen de la justicia.

Los tribunales decidirán, en cada caso, sobre los méritos de la acusación, pero el interés social está, indiscutiblemente, del lado del estímulo a la denuncia de buena fe.

El impulso al cambio exige pioneros valientes y resueltos, capaces de vencer los temores. La actitud de la jueza, considerando su alto cargo y el del denunciado, es en ese sentido ejemplarizante. Independientemente del resultado de las investigaciones en el caso concreto, servirá a otros afectados para decidirse a actuar.

La jueza Quirós no se negó a dar la cara. Contestó con serenidad las preguntas de la prensa y no evadió la publicación de su fotografía. Se abstuvo de responder únicamente en la medida en que sus declaraciones pudieran afectar el proceso. En eso ya hay razones para manifestarle respeto.

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