Opinión

EDITORIAL

El valor de la creatividad

Actualizado el 09 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

La producción cultural alcanzó $627 millones en el 2012, un 1,4% del PIB, tan solo considerando los sectores publicitario, audiovisual y editorial

A partir de este año, la medición tomará en cuenta el diseño, la formación artístico-cultural, el teatro, la música y las artes plásticas y visuales

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La frase “por amor al arte” cobra un nuevo sentido ahora que se conoció que el aporte de la producción cultural en Costa Rica llegó a los $627 millones en el 2012, tan solo en los sectores publicitario, audiovisual y editorial, lo que representa un 1,4% del producto interno bruto (PIB).

A pesar de los beneficios que se les atribuían a las antes llamadas “bellas artes”, reservados al esparcimiento o al goce estético, la cultura ha sido económicamente invisibilizada o despreciada hasta hace poco. El enfoque comenzó a modificarse en las últimas décadas cuando se reconoció su contribución a la convivencia social, la prevención de la violencia y la revitalización de las ciudades y los espacios públicos.

Sin embargo, la sorpresa es que su participación en el PIB supere la del café (0,8%) y la del banano (0,74%), lo cual ratifica el impacto que tiene en Latinoamérica la nueva economía de la información y el conocimiento y el auge de las industrias culturales y creativas. En Colombia, por ejemplo, Shakira y otros artistas contribuyen a la renta nacional más que los productos tradicionales. “Y todo comenzó con un ratón”, como dijo Walt Disney de un campo que equivale a más del 11% del PIB en Estados Unidos. En el mundo, esta cifra alcanza un promedio de 7% y un 11% en la composición del empleo.

Aunque se trate de un aspecto supuestamente invaluable de la identidad nacional, y muy a menudo poco valorado, la cultura tiene un costo social y es necesario saber cuál es para apreciarlo en su justa medida y promoverlo. Con este propósito, el Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) desarrolló en el 2010 un instrumento de medición con la ayuda del Banco Central, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), el programa Estado de la Nación y el Instituto Tecnológico de Costa Rica.

Los datos del programa Cuenta Satélite de Cultura (CSC) correspondientes al 2012 son prometedores y estimulantes, aunque parciales, porque no incluyen sectores que se tomarán en cuenta a partir de este año, como el diseño, la formación artístico-cultural, el teatro, la música y las artes plásticas y visuales. Todo esto quiere decir que el PIB cultural es mucho mayor de lo que se ha calculado por ahora, y que nos muestra ámbitos de la economía con un enorme potencial de crecimiento.

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La CSC no solo permite conocer el tamaño del aporte, sino su composición. Si bien estamos lejos de lo que la producción cultural significa para la economía de países como México y Brasil, que se acercan al 8%, igualamos a Chile (1,6%), y eventualmente sería posible alcanzar a Colombia (3%), cuando se incorporen otras áreas. Los tres sectores medidos en el 2012 emplean a 20.000 personas, sobre todo en el área audiovisual –donde se concentra un 46,3% de la fuerza laboral– y la publicidad –un 39,4%–. De la información se desprende que Costa Rica es un importante productor de libros y revistas en Centroamérica y el Caribe, y que podría convertirse en un actor fundamental de la realización de cine, televisión y animación digital en la región.

Tal vez el hallazgo más importante de la CSC sea el cambio de perspectiva, que coincide con la divulgación del informe “La economía naranja: una oportunidad infinita” por parte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El documento, que es accesible en versión digital, revela que las industrias culturales y creativas de Latinoamérica emplean a 10 millones de personas y que globalmente son equivalentes a la economía de Perú.

Como expresó uno de sus autores, Iván Duque, jefe de la División de Asuntos Culturales del BID, “la cultura, la creatividad, no es gratis. Si fuera un país, la ‘economía naranja’ sería la cuarta mayor economía del mundo”. Bajo este enfoque, la política cultural deja de ser un costo para convertirse en una inversión social que, debidamente promovida y administrada, contribuye al desarrollo integral de la sociedad. En el caso de Costa Rica, este potencial no solo es infravalorado, sino que no se corresponde con la escasa atención que le brinda el Estado a la formación en áreas estratégicas como la educación musical –uno de los sectores más dinámicos de la nueva economía–, la producción audiovisual, la animación digital y la informática.

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