La VII Cumbre de las Américas fue más rica en sus márgenes que en su núcleo

 15 abril, 2015

La VII Cumbre de las Américas, celebrada el pasado fin de semana en Panamá, arrojó un balance desigual: evidenció varias debilidades, pero también fue escenario de algunos logros. Sin embargo, la mayoría de estos no se produjeron en las sesiones formales de la actividad, sino al margen de ellas: en los encuentros regionales paralelos, en el desempeño de actores no gubernamentales, en las reuniones bilaterales y en el simbolismo de algunos actos.

Las Cumbres de las Américas, inauguradas por el expresidente Bill Clinton en 1994, son trascendentes por constituir el único foro en que se reúnen, conjuntamente, los mandatarios de Estados Unidos, Canadá, América Latina y el Caribe. Cuba, ausente de las anteriores, asistió ahora por primera vez, lo cual enfocó los reflectores diplomáticos y mediáticos en el proceso de normalización de relaciones entre Washington y La Habana, que también abre un nuevo capítulo en la proyección estadounidense en el hemisferio. Su importancia es indudable.

Por su carácter tan particular, y por su frecuencia trianual, todos los países deberían acudir a estas cumbres con un gran sentido de responsabilidad, pragmatismo y visión. Sin embargo, a menudo estrechas consideraciones nacionales o acartonadas concepciones ideológicas se interponen en el camino y frustran logros de mayor calibre. Panamá no fue una excepción. Al igual que en la cumbre anterior, celebrada hace tres años en Cartagena de Indias, en esta no se logró consenso alrededor de un documento político común. A última hora, el gobierno de Venezuela insistió en incluir unos párrafos denunciando la supuesta injerencia de Estados Unidos en sus asuntos internos. Como no alcanzó suficiente apoyo, bloqueó el acuerdo general, que pudo haberse constituido en una “hoja de ruta” para las relaciones hemisféricas. La buena señal es que, a pesar de sus grandes esfuerzos, el presidente Nicolás Maduro fracasó en su intento de secuestrar el texto a su favor, lo que revela su creciente aislamiento.

A falta de un acuerdo total, el presidente panameño, Juan Carlos Varela, anunció que su gobierno divulgará en los próximos días 42 “mandatos” incluidos en el borrador inicial (de 48) sobre los que sí hubo consenso, y que abarcan temas como seguridad ciudadana, gobernabilidad y educación. Además, serán entregados a entidades regionales especializadas para coordinar acciones futuras.

También, al igual que en otras cumbres, los discursos de algunos presidentes –entre ellos Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela– exhibieron una gran pobreza conceptual y retórica, y se centraron en repartir culpas y reiterar consignas, no en plantear ideas para el futuro. Esta actitud, a su vez, dificultó un diálogo franco y propositivo entre todos los participantes. Por esto, los contactos más útiles se produjeron en instancias paralelas.

Para Centroamérica, fue particularmente importante la reunión de nuestros mandatarios con el presidente Obama. Además, su conversación informal con el presidente Luis Guillermo Solís sirvió para insistir en el interés nacional en energías limpias, educación, el fomento de micro y pequeñas empresas y la seguridad ciudadana.

También fueron útiles e innovadoras las reuniones entre representantes de la sociedad civil del hemisferio; el foro de jóvenes, así como los de representantes de grupos empresariales y rectores universitarios. De la capacidad de todos estos sectores para coordinar esfuerzos, emprender iniciativas comunes y avanzar en un abordaje más pragmático del desarrollo, dependerá buena parte del bienestar de nuestros pueblos.

La próxima Cumbre de las Américas se celebrará en Lima, Perú, en el 2018. Ojalá en esa oportunidad el hemisferio, en su conjunto, haya alcanzado un mayor grado de madurez y sensatez política, y todos aprovechemos la trascendental plataforma del encuentro para trabajar con seriedad en propósitos comunes, con visión, pragmatismo y real apego a la democracia.