La intervención abierta en Ucrania violenta directamente el orden internacional

 18 noviembre, 2014

El orden global descansa en la observancia de dos principios fundamentales: el respeto a la integridad territorial de los Estados y el cumplimiento de los compromisos adquiridos por ellos, todo en el marco de ese elemento difuso, pero clave, que es el derecho internacional. Si estos fundamentos son burlados, se abre el camino para el caos, la violencia o la imposición de los fuertes sobre los débiles, es decir, la antítesis de la estabilidad y la convivencia.

Desde marzo de este año, cuando el gobierno de Vladimir Putin anexó a Rusia la península de Crimea y comenzó a atizar a facciones separatistas en el este de Ucrania, violó y cercenó descaradamente el territorio de ese país. Además, convirtió en letra muerta la obligación de respetar la soberanía de otros Estados, claramente establecida por la Carta de las Naciones Unidas, y desconoció una obligación mucho más específica suscrita en 1994. El 5 de diciembre de ese año, representantes de Rusia, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido suscribieron solemnemente, en Budapest, Hungría, un memorando mediante el cual otorgaron a Ucrania, Bielorrusia y Kazakhstan garantías de seguridad, integridad territorial e independencia política, a cambio de su renuncia a las armas nucleares de que disponían como antiguas “repúblicas” soviéticas. Hoy, ese importante documento, esencial para la seguridad internacional, se ha convertido en letra muerta.

Ya en posesión de Crimea, y pese a una tregua acordada con el Gobierno ucraniano el pasado 5 de setiembre, los rusos no dejaron de brindar apoyo material y logístico a los separatistas del este ucraniano. Y, como si esto no fuera suficiente, hace pocos días el gobierno de Putin emprendió una nueva acción, de gravedad suprema: la invasión de tropas, equipo y vehículos militares, que ha sido plenamente documentada por observadores internacionales. Esos efectivos no portan insignias de las fuerzas armadas rusas, pero provienen de su territorio, obedecen a las líneas de mando oficiales y reciben el apoyo directo de militares plenamente identificados al otro lado de la frontera.

La acumulación de tantos actos, con absoluto desdén de sus responsabilidades como Estado y potencia, indica que no estamos, simplemente, ante la agresión contra un país, ni siquiera solo contra Europa. Lo que experimentamos es un ataque directo al orden internacional. Rusia la ha emprendido contra el mundo.

La reacción global, incluso de Estados Unidos y la Unión Europea (UE), no ha sido proporcional a la gravedad de los hechos. Ciertamente, estadounidenses y europeos han aplicado sanciones que han debilitado la economía rusa y tocado directamente el bolsillo de algunos de sus principales oligarcas y aliados de Putin. Sin embargo, Occidente se ha negado a otorgar suministros militares a Ucrania que le permitan mejorar sustancialmente la capacidad de sus débiles fuerzas armadas, y ni siquiera ha puesto en marcha un verdadero programa de rescate económico de ese país. El resto de los Estados, casi sin excepción, ha seguido actuando como si nada hubiera ocurrido, cuando lo que está de por medio es mucho para el futuro de la paz y la seguridad internacionales.

Ante la invasión ahora en marcha, es urgente reaccionar de forma más enérgica. Hacer más estrictas las sanciones debe formar parte del repertorio; sin embargo, lo más importante es que Ucrania sea reforzada tanto desde el punto de vista económico como militar, para que disponga de mayores recursos con los que defender y dar sostenibilidad a su integridad, soberanía e independencia política. De lo contrario, solo podremos esperar cosas peores en el futuro, incluyendo mayores presiones de Moscú para condicionar la autonomía, e incluso ocupar territorios, de países vecinos. Esto hay que evitarlo, y aún puede hacerse sin desatar un conflicto militar a gran escala.

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