Frenar la proliferación nuclear y mejorar la seguridad de los materiales nucleares existentes es una tarea impostergable

 5 abril, 2016

Concluyó el viernes en Washington una cita cimera sobre seguridad nuclear a la que asistieron 55 gobiernos. El título de la conferencia, así como la enumeración de subtemas, suelen reflejar las ideas de los organizadores, que en muchas ocasiones no expresan las de todos los gobiernos participantes en la actividad. Así, a la hora de las verdades, el temario propuesto resulta desechable y las discusiones efectivamente celebradas toman su lugar.

También interesa destacar que, a pesar de ser presidida por el mandatario anfitrión, en este caso Barack Obama, no todos los jefes de las delegaciones tienen el mismo rango de jefes de Estado. La sesión inaugural tuvo en la mesa principal a Obama, a la presidenta Park Geun-hye, de Corea del Sur, y al primer ministro japonés, Shinzo Abe. Se esperaba al presidente ruso, Vladimir Putin, quien finalmente declinó la invitación aduciendo la falta de cooperación internacional para temas nucleares. El presidente de China sí estuvo presente, así como una lista amplia de gobiernos europeos.

El capítulo central correspondió a los esfuerzos para frenar la proliferación nuclear y los mecanismos para preservar y mejorar la seguridad de los materiales nucleares existentes. Aunque dichos asuntos se ventilaron, las discusiones tomaron calor cuando abordaron los programas de proliferación que se imputan al régimen norcoreano y los temores reinantes por un comercio nuclear de ese mismo régimen. Asimismo, hay crecientes preocupaciones de “bombas sucias”, artefactos menos sofisticados pero con gran capacidad destructiva en manos del terrorismo.

Esas bombas se pueden fabricar a partir de desechos nucleares y explosivos convencionales. No tendrían la capacidad destructiva de las modernas bombas nucleares, pero podrían causar tragedias de grandes proporciones en un centro urbano, como alguna de las capitales occidentales. El temor es que organizaciones terroristas logren conseguir materiales de desecho, robados o comerciados por una nación inescrupulosa.

También en este capítulo se ventiló la creciente preocupación por el comercio de restos nucleares originados en centros hospitalarios en diversos puntos del mundo. Si bien la preocupación es compartida tanto por las grandes potencias como por las naciones en vías de desarrollo, no se han puntualizado iniciativas concretas para investigar el fenómeno.

En su intervención, el presidente Obama atribuyó a su gestión el acuerdo nuclear con Irán, llamándolo un paso decisivo para la paz mundial. Así enfrentó críticas domésticas según las cuales el convenio solamente le ha dado a Irán vía libre con la banca norteamericana y las finanzas mundiales.

La prensa también dio cuenta de discusiones animadas del presidente Obama y su contraparte chino con respecto a las islas artificiales desarrolladas por Pekín en el mar del sur de China. Estados Unidos puntualizó sus intereses de libre navegación en dicha zona y, nuevamente, como lo hiciera en un encuentro previo, subrayó el despacho de navíos a la zona, dominada por graves tensiones.

Las afirmaciones sobre proliferación nuclear del aspirante a la candidatura del partido Republicano Donald Trump, quien habló de estimular a Japón y Corea del Sur para que desarrollen sus propios arsenales nucleares y no dependan de Estados Unidos, fueron calificadas de “disparate” por la Casa Blanca y una legión de destacados académicos.

Obama señaló el desconocimiento exhibido por el político neoyorquino en materia de relaciones internacionales así como, específicamente, sobre la península coreana. El evidente propósito fue tranquilizar a los participantes sobre ocurrencias aisladas que no forman parte de un plan concreto para promover la nuclearización de otros gobiernos. Tal idea ha sido ampliamente debatida y desechada, dice la administración estadounidense.

La diversidad de temas discutidos en Washington exhiben la variedad de amenazas planteadas por el fenómeno nuclear. Demuestran, también, que ningún país está exento de contribuir a prevenir una tragedia. Desde los desechos nucleares hospitalarios hasta las regiones donde hay riesgo de conflicto entre potencias nucleares, pasando por peligrosas declaraciones de un aspirante presidencial estadounidense, el mundo no está a salvo de una catástrofe. Las tareas planteadas en la cumbre de Washington son de gran interés. Al fin de cuentas, todos tenemos la responsabilidad de contribuir a evitar una pesadilla nuclear.