Opinión

EDITORIAL

El reto de la hotelería

Actualizado el 19 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

En lugar de Uber, el problema de los hoteleros se llama Airbnb o HomeAway. Solo en el primero de esos sitios hay 11.000 propiedades disponibles en Costa Rica

En el 2015, la cifra de turistas que alquilaron casas y apartamentos ascendió al 11%. Son 689.000 personas y muchos millones de dólares

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Las plataformas tecnológicas donde se desarrolla la economía colaborativa irrumpen con fuerza en una amplia gama de actividades. El transporte público es apenas una de ellas, aunque ha sido la más comentada en el país por la incursión de Uber y la fuerte reacción de los taxistas tradicionales.

La hotelería también sufre el impacto de este modelo de competencia. En lugar de Uber, su problema se llama Airbnb o HomeAway. En esos sitios electrónicos, propietarios de casas y apartamentos los ofrecen en alquiler. Solo en el primero hay 11.000 propiedades disponibles en Costa Rica.

Así se explican las encuestas del Instituto Costarricense de Turismo, cuyos datos dan cuenta de un rápido ascenso en el número de turistas que evitan el hospedaje tradicional. En el 2010, un 4,4% de los visitantes alquilaba casa o apartamento durante la estadía. En el 2015, la cifra ascendió al 11%. Son 689.000 personas y muchos millones de dólares.

Como en el caso del transporte, el reto de estas otras plataformas no es fácil de encarar. Nueva York ensaya la imposición de un límite mínimo de un mes para los alquileres de corto plazo. Miami exige seis meses y un día. El proyecto de reforma al impuesto sobre las ventas sometido a conocimiento de la Asamblea Legislativa contempla una limitación similar a la de Nueva York.

Parece extraño encontrar semejante provisión en una ley fiscal, pero una de las objeciones planteadas a las plataformas de economía colaborativa es su efecto tributario. El Estado no logra cobrar los impuestos de hospedaje y ventas, aunque algunas ciudades han llegado a acuerdos con las empresas tecnológicas. En Costa Rica, otra propuesta intenta crear un impuesto destinado a financiar los parques nacionales.

Los alquileres de corto plazo también causan problemas de convivencia y muchas grandes ciudades intentan salir al paso de la inquietud y los daños causados por turistas carentes del mínimo arraigo en los barrios y edificios contratados con el único propósito de pasarla bien.

En otras urbes, como Nueva York, el fenómeno impacta las políticas de vivienda y la disponibilidad de techo para los habitantes de la ciudad. No hace mucho, hubo una gran polémica cuando la prensa reveló las ganancias de una persona que alquilaba a corto plazo un apartamento de renta controlada, es decir, subsidiada. Por otra parte, muchos edificios desaparecen como albergues permanentes y se convierten en una especie de hoteles de servicio muy limitado.

Con todos los problemas apuntados, ninguna ciudad ha logrado deshacerse de la novedosa industria de hospedaje y es preciso pensarlo con detenimiento antes de plantear ese objetivo. En primer lugar, las normas para limitar los alquileres de corto plazo son difíciles de aplicar y hay formas de burlarlas. Una de ellas es tan simple como hablar de préstamo, no de alquiler. Por otra parte, el sistema existe y constituye una fuerte tendencia en todos los continentes. Países que compiten con Costa Rica para atraer visitantes también ofrecen posibilidades de hospedaje barato y, a menudo, más cómodo. Una casa o apartamento puede dar al turista un grado de autonomía del cual no dispone en el hospedaje tradicional.

El tema no se ha debatido lo suficiente en nuestro país. Todo indica la conveniencia de normarlo, pero las decisiones no deben plantearse con el sigilo de un artículo apenas conocido en el proyecto de ley de impuesto sobre las ventas. Es preciso estudiar el impacto de las regulaciones en el sector turístico como un todo, no solo en la hotelería.

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