Opinión

EDITORIAL

La restauración de Guayabo

Actualizado el 14 de marzo de 2014 a las 12:00 am

Es de aplaudir la operación de salvamento del Monumento Nacional Guayabo realizada por el Sinac, el año pasado, a un costo de ¢180 millones

Esta joya arqueológica es un complejo frágil y amenazado que no puede ser objeto de una atención esporádica

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El Monumento Nacional Guayaboes, probablemente, el sitio arqueológico más importante de Costa Rica y uno de los mayores del sur de Centroamérica, además de ser el único parque de su tipo en el país y un polo de atracción turística. Con esto en mente, es de aplaudir la operación de salvamento que realizó el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) durante el año pasado, a un costo de ¢180 millones, para restituirle a la aldea precolombina una parte de sus características originales.

Enclavado en las faldas del volcán Turrialba, Guayabo no solo es impresionante por sus dimensiones y complejidad estructural, alabadas internacionalmente, sino que ocupa un lugar indiscutible en la historia de la arqueología costarricense y en el rescate de nuestro patrimonio cultural.

Ya desde el siglo XIX, los primeros objetos extraídos, en lo que entonces era la finca Rojas Troyo, pasaron a conformar la colección inaugural del Museo Nacional, la cual fue ampliada por los estudios posteriores de Anastasio Alfaro.

A partir de 1968, las excavaciones emprendidas por Carlos Aguilar sentaron las bases de la arqueología científica en nuestro país y condujeron a la ley 5300, del 13 de agosto de 1973, que declara monumento nacional la zona “por su carácter único, excepcional… de nuestra herencia prehispánica”, como dicen los investigadores Elena Troyo y José Enrique Garnier.

Prácticamente desde su descubrimiento, Guayabo ha estado amenazado por la práctica indiscriminada del huaquerismo, la alta precipitación pluvial, la erosión de los suelos, las raíces de los árboles y la acción de animales. Desde hace 35 años, el Ministerio de Cultura y Juventud, el Sinac y la Universidad de Costa Rica han intervenido en numerosas ocasiones el sitio para preservarlo tanto de factores humanos como naturales.

Según declaró el arquitecto Enrique Barascout, director de la presente restauración y quien ha participado en la conservación del sitio desde 1985, “estas estructuras llegaron casi al punto del colapso, principalmente porque el terreno se ha ido desestabilizando a lo largo de los años debido a la gran cantidad de lluvia, a los hormigueros de zompopas y a algunas modificaciones hechas por el hombre”. A pesar de que Guayabo se ha considerado la joya de la arqueología costarricense, no siempre ha contado con la vigilancia y los recursos oportunos para actuar de forma decisiva en su preservación.

El proyecto actual, indispensable para rehabilitar estructuras fundamentales como la porción final de la calzada Caragra, los montículos menores y las calzadas elevadas, abarca una pequeña parte de las necesidades de restauración e investigación del sitio, el cual amerita una vigilancia constante y permanente de nuestras autoridades.

No deja de ser paradójico que el complejo sistema de recolección, drenaje y conducción de agua de Guayabo, que se encuentra entre las principales obras de la ingeniería precolombina, funcionara sin problemas durante casi un milenio y se haya deteriorado severamente en unas pocas décadas, debido a la inacción humana.

A pesar de la aparente masividad de las estructuras de piedra, algunas de las cuales pesan hasta 10.000 toneladas, el monumento arqueológico es un complejo frágil y amenazado que no puede ser objeto de una atención esporádica.

Guayabo y otros complejos arquitectónicos en Chirripó, Cutrís y Diquis, región famosa por sus esferas de piedra, nos llevan a tomar conciencia de la rica herencia precolombina de Costa Rica y de la necesidad de ponerla a disposición del público y de preservarla para las futuras generaciones.

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