Se impone un remozamiento de la FIFA, pero desafortunadamente no parece haber voluntad para ejecutarlo

 28 mayo, 2015

La detención de nueve altos dirigentes de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), cuatro empresarios de firmas dedicadas al mercadeo del deporte y un ejecutivo de medios, en un operativo internacional centrado en Suiza y Nueva York, detonó el escándalo más sonado en la historia de la organización balompédica que, desafortunadamente, toca a Costa Rica.

Entre los detenidos en Suiza está Eduardo Li, presidente de la Federación Costarricense de Fútbol (Fedefútbol). Durante el segundo semestre del 2013 y en diciembre del 2014, otros cuatro empresarios y dirigentes habían aceptado responsabilidad en el mismo escándalo ante los investigadores basados en Nueva York. Las confesiones y acuerdos se mantuvieron sellados hasta ahora para no entorpecer el desarrollo de las demás investigaciones.

Uno de los confesos es José Hawilla, dueño de Traffic Group, empresa promotora de juegos amistosos de la Selección Nacional, quien aceptó entregar a la fiscalía estadounidense $151 millones para resarcir a las posibles víctimas, entre las cuales se encuentran las beneficiarias de los derechos de transmisión y comercialización incluidas, por ejemplo, las ligas menores de este y otros países afectados.

El ejemplo sirve para aquilatar el alcance de lo sucedido y la severa afectación del deporte más popular del mundo en lo relativo a recursos materiales, pero el daño al prestigio del fútbol tardará en sanar. La FIFA está a punto de elegir a la cúpula dirigente y debería aprovechar la oportunidad para poner la casa en orden y disipar sospechas de larguísima data.

Se impone una renovación, pero desafortunadamente no parece haber voluntad para ejecutarla. La organización anunció el propósito de celebrar la elección mañana, como estaba programado, pese a la conmoción internacional suscitada por los arrestos en Suiza. Joseph Blatter, presidente de la FIFA desde 1998, es el único candidato y tendría la reelección asegurada.

Walter de Gregorio, vocero de Blatter, aseguró que el presidente no está involucrado en el caso y enfrenta lo sucedido con calma y ánimo de colaborar con las autoridades. Sin embargo, la acusación planteada por los fiscales estadounidenses, cuya investigación contó con el apoyo policial de varios otros países, insiste en que la conspiración para el enriquecimiento ilícito alcanza a dos generaciones de dirigentes y data de 24 años atrás. Entre los detenidos figuran, además, dos vicepresidentes de la organización internacional. La acusación enfatiza el abuso de los cargos en los cuerpos directivos de la FIFA para generar sobornos y comisiones multimillonarias.

Las anomalías ocurrieron durante la administración de Blatter, involucran a cercanos colaboradores, se han desarrollado durante años y no habrían sido posibles si los involucrados no compartieran con el presidente las altas esferas de la organización. Bajo investigación está, además, la adjudicación de las sedes de los dos próximos campeonatos mundiales, en Moscú y Catar. Sobran, pues, las razones para que la actual dirigencia ceda el espacio a un movimiento renovador, aunque fuera para reconocer la responsabilidad política derivada de los acontecimientos.

La reputación de la FIFA y del deporte no podrá ser reparada de otra manera. La renovación de la dirigencia tampoco lo lograría por sí misma si no va acompañada de un remozamiento de la organización, su sistema de gobierno y las medidas necesarias para asegurar la transparencia de sus actuaciones.

La Federación costarricense no debe seguir el mal ejemplo del organismo internacional si se rehusa a cambiar el rumbo mañana. Lo dicho para la FIFA vale para la Fedefútbol, cuya renovación debe ser profunda, no solo en cuanto a la dirigencia sino también en lo referido al buen gobierno, la rendición de cuentas y la transparencia.