La promesa de movilizar multitudes que acompañó a la invitación de Varsovia al presidente Donald Trump se tradujo en la visita que precedió su viaje a la Cumbre del G-20

 29 julio

Polonia, la nación ensoñadora de Federico Chopin, ha sufrido como pocas los duros golpes de los conflictos mundiales. Ocupada por las tropas del nazismo, devino en el trampolín para que el Reich alemán saltara a otras naciones. Concluida la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la URSS no soltó la porción oriental de Europa que tomó de los nazis.

En Polonia, Rusia instaló una jefatura de apparatchiks para consolidar su condición de satélite de Moscú. No obstante, durante las décadas siguientes, Polonia se hizo notar por la introducción de ideas económicas que injertaron en el modelo promovido por la Unión Soviética políticas promercado. Con la implosión de la URSS en 1990, la Varsovia de los sindicatos encabezados por Lech Walesa y otros destacados líderes e intelectuales, encaró la urgencia de poner en práctica sus inclinaciones liberales. El totalitarismo ya no podía detener la victoria de la democracia.

El presidente norteamericano George Bush, en su gira continental del 2001, visitó Varsovia y festejó el desarrollo de las instituciones polacas. Ese episodio, y la promesa de movilizar multitudes que acompañó a la invitación de Varsovia al presidente Donald Trump, se tradujo en la visita que precedió su viaje a la Cumbre del G-20 en Hamburgo, hace pocas semanas.

El afecto polaco a Trump se tornaba imperativo a la luz del frío ambiente que enfrentaría en el G-20, en Hamburgo. Ahí, sus colegas europeos se mostraban incómodos por el retiro de los Estados Unidos del acuerdo climático de París y los reclamos del mandatario por el tema de los aportes para la defensa europea.

El mandatario se entusiasmó con la posibilidad de dirigir un discurso épico a las masas en Polonia. La oportunidad, según sus asesores, lo pondría al nivel de Barack Obama, que electrizó a las multitudes europeas durante sus giras a lomo de una gran popularidad internacional. Aparte de esa posible demostración masiva, Trump también confió en la dirigencia populista que gobierna Polonia desde el 2015, con un discurso político muy parecido al suyo. Finalmente, habló ante un nutrido público y aprovechó la ocasión para elogiar al gobierno polaco, blanco de constantes críticas por sus claras inclinaciones autoritarias.

El estímulo que sus palabras pudieron representar para los gobernantes polacos no tardó en despertar críticas. Para empeorarlas, los planificadores del tour olvidaron intercalar una visita al Monumento del Gueto de Varsovia, donde ocurrió la heroica lucha de los judíos contra el nazismo. Esa visita ha sido imprescindible para los mandatarios occidentales.

En Polonia, la partida de Trump fue como el silbato para que el gobierno y los círculos políticos afines reemprendieran una batalla campal para afianzarse en el poder por medios cuestionables. En particular, el país se precipitó a una confrontación por las pretensiones de reformar leyes fundamentales sobre el nombramiento de jueces para dar al Ejecutivo dominio sobre el Poder Judicial.

Las aspiraciones totalitarias del poder político exigían que los jueces, sobre todo los superiores, quedaran a la merced del partido del gobierno. El escándalo y las manifestaciones incesantes obligaron al presidente Andrzej Duda a vetar las reformas. Esa decisión presidencial llegó a tiempo para evitar el traslado del conflicto a los organismos de la Unión Europea y, de alguna manera, saldar temporalmente el conflicto.

El incidente llama la atención de la Casa Blanca sobre la influencia de las palabras del mandatario estadounidense. Parece claro el vínculo entre la visita, el envalentonamiento de los gobernantes y su intento de avanzar en la consolidación de un modelo populista y antidemocrático.