El debate de los precandidatos liberacionistas en Repretel ofreció un ejemplo de la peligrosa tendencia mundial a la degradación del discurso político

 30 marzo

El efecto Trump se extiende por el mundo y expide licencias para reivindicar el machismo, la mano dura y las inclinaciones autoritarias. También degrada el discurso político. La vulgaridad se confunde con fortaleza y los candidatos hablan de sus partes íntimas como garantía de valor y decisión en el gobierno.

Así lo hizo Donald Trump en los Estados Unidos cuando, ante la perplejidad de los televidentes, describió el buen funcionamiento de su aparato sexual. El expresidente José María Figueres, quizá guiado por los espejismos nacidos del triunfo republicano, se constituyó en imitador durante el debate del miércoles en Repretel.

La solemnidad del semblante contrastó con la ridiculez de las palabras cuando Figueres presumió de sus testículos y los ofreció al país en fe de determinación y cumplimiento. Estamos, vale la pena recordarlo, en pleno siglo XXI. Las últimas décadas erosionaron el decoro de los ancestros, pero rara vez habíamos caído tan bajo.

El problema no es tanto la vulgaridad de la expresión como su idoneidad para reproducir estereotipos y actitudes trágicamente nocivas, todavía no erradicadas. Tenemos derecho a esperar de la dirigencia política el cuidado necesario para no estimular el machismo y la misoginia.

La mayor parte de la población nacional, y de la humanidad, tiene otra anatomía. En la lógica del exmandatario, debemos entenderla excluida de toda posibilidad de actuar con firmeza, valor y decisión. El discurso machista sobrevive, con ese postulado, pese a incontables ejemplos en contrario.

La longevidad de prejuicios tan fácilmente desacreditados solo se explica por la subsistencia del poder patriarcal. Precisamente por eso, quienes aspiran a ejercer el poder deben poner especial cuidado en no despertar los peores instintos, responsables de siglos de sumisión y violencia. Por el contrario, están obligados a constituirse en agentes de cambio en pugna por la igualdad.

Figueres dejó pasar esa oportunidad en aras de proyectar la imagen estereotípica del macho. La fuerte reacción crítica obligó al precandidato a dar marcha atrás y presentar una ambigua disculpa. Jamás tuvo la “intención de ofender a un género”, afirmó. Esa explicación queda corta. La especial satisfacción del precandidato con su anatomía es reveladora. Según su dicho está, ni más ni menos, entre los atributos indispensables del buen presidente.

Cuando las mujeres comenzaron a destacar en la política con tanta firmeza y sabiduría como la de cualquier hombre, se popularizó el recurso de explicar sus éxitos atribuyéndoles, contradictoriamente, la posesión de características masculinas. “Esa mujer los tiene bien puestos”, solían decir los machos resignados con ánimo de alabanza y no con “intención de ofender a un género”, pero la ofensa es obvia y también el propósito de disminuir a la mujer, explicando sus logros en función del hermafroditismo.

Cabe, además, hacerse la pregunta formulada por los comentaristas estadounidenses ante los exabruptos pronunciados a todo pulmón durante el reciente proceso electoral en ese país: “¿Cómo explicar semejantes expresiones a los hijos cuando las pronuncian quienes aspiran al más alto cargo de elección popular?”.

La conciencia cívica conduce a estimular el interés de los jóvenes por la política, pero esa sana inclinación resultó contraproducente el miércoles. El exabrupto del exmandatario es un argumento de autoridad a favor de la vulgaridad, el machismo y el autoritarismo. Los padres deben explicar lo sucedido a sus hijos y el país no puede dejar de exigir a los candidatos presidenciales un mínimo de respeto y decoro. Por nuestra parte, nunca imaginamos que este sería tema de un editorial.

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