El presidente Trump compensa la falta de avance del prometido muro con la cancelación del programa DACA

 9 septiembre

Estados Unidos es la mayor potencia mundial. Lo ha sido, de manera evidente, en las dos guerras mundiales que han afligido a la humanidad, especialmente la segunda, cuando su participación fue decisiva para derrotar la barbarie del fascismo. Los innumerables programas de asistencia externa que desde entonces ha impulsado Washington en Latinoamérica, África y Asia, en gran medida testimonian el perfil humanitario del pueblo estadounidense.

Esa virtud está en peligro de verse gravemente distorsionada por la administración republicana del presidente Donald Trump. Durante su campaña electoral y en los meses iniciales de ejercicio presidencial, el mandatario se hizo abanderado del proyecto de edificar un muro a lo largo de la frontera con México para frenar el ímpetu de la inmigración procedente de ese país. Aderezó su idea con la ilusión de que México pagaría por el muro.

El país vecino lo negó, como era de esperar. La verdad sobre el muro era y es que constituye un desacierto impracticable, cuyos costos pesarían sobre el Tesoro sin dar los resultados pregonados. Trump emprendió un lento repliegue, no sin antes demostrar al mundo su inexperiencia y, en no pocas ocasiones, su etnocentrismo, especialmente manifiesto en relación con los inmigrantes mexicanos.

Ahora, el presidente compensa la falta de avance del anunciado muro con la cancelación, de golpe, del programa DACA, sigla inglesa de Acción Diferida para el Arribo de Niños. El DACA es un acto del Ejecutivo formalizado en el 2012 por la administración Obama para proteger de la deportación a más de 800.000 dreamers, jóvenes “soñadores” que llegaron al país indocumentados.

En realidad, se trata de niños centroamericanos y, sobre todo, mexicanos, llevados a la potencia del norte por sus padres. No son ellos quienes decidieron inmigrar, no tenían edad para comprender las implicaciones de su viaje, se criaron como estadounidenses, poco saben de su país de origen y tienen la vida hecha en los Estados Unidos. Algunos apenas hablan español.

En un discurso a la nación, Trump enfatizó que DACA creó la oportunidad para que miles de jóvenes se incorporaran a las pandillas responsables de hechos violentos en todo el país. Por eso considera indispensable revocar la iniciativa para “preservar la seguridad de las comunidades, robustecer la clase media y la justicia económica para todos los americanos”.

Las evidencias conducen a conclusiones totalmente distintas. Los dreamers, en su gran mayoría, son miembros productivos de la población. Paul Krugman, economista y comentarista del New York Times, recuerda que las sociedades maduras tienen una baja tasa de nacimientos y tienden al estancamiento, pero hay abundantes señales de cómo los dreamers podrían contribuir a dinamizar la sociedad y constituirse en agentes del cambio. Esos jóvenes suelen emplearse con salarios legales de donde los patronos deducen impuestos, con lo cual gana también el Estado. No en balde las grandes asociaciones empresariales apoyan el programa.

Quizás la verdad sobre el desaguisado se encuentra en otra parte. El secretario de Justicia, Jeff Sessions, salió a defender la cancelación del programa y los analistas no tardaron en recordar su elogio de una ley de 1924 cuyo autor pregonaba la necesidad de poner fin a la “aceptación indiscriminada de todas las razas”.

La cancelación del programa podría satisfacer a una parte de la base política del presidente, pero lo enfrenta a amplios sectores de la opinión pública, sin distinciones partidarias, que comprenden la crueldad de la medida y su incompatibilidad con los valores estadounidenses. Innumerables acciones litigiosas están siendo presentadas en los tribunales para evitar el desafuero. Trump contra el mundo podría ser el título del epílogo de la aventura.