Opinión

EDITORIAL

Un paso censurable

Actualizado el 03 de junio de 2017 a las 10:00 pm

Estados Unidos es el mayor contaminante de la historia y lo sigue siendo si la medida de las emisiones de gases de efecto invernadero se hace per cápita

Según los críticos de Donald Trump, el mandatario sacrifica el futuro en aras de inútiles intentos por revivir industrias del pasado, incluida la minería de carbón

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El presidente Donald Trump anunció el jueves el retiro estadounidense del Acuerdo de París sobre el cambio climático, una iniciativa mundial apoyada por la administración de Barack Obama en el año 2015. La noticia causó una mezcla de estupor y enojo en amplios sectores del público y de los medios en Estados Unidos, así como entre los principales aliados de Washington en todo el mundo, especialmente en Europa.

La proclama creó la conmoción predecible ante la marcha atrás de uno de los pilares del acuerdo. Estados Unidos es el mayor contaminante de la historia y lo sigue siendo si la medida de las emisiones de gases de efecto invernadero se hace per cápita. La potencia logró el desarrollo mediante el empleo intensivo de los hidrocarburos y es una ironía que los países subdesarrollados se sometan a limitaciones en el uso de esas fuentes de energía mientras la nación más poderosa del planeta se niega a hacerlo.

El retiro definitivo solo se producirá, a tenor del convenio, a finales de la administración Trump. Si el mandatario perdiera la reelección, su sucesor podría cancelar la decisión. Este escenario no es imposible a juzgar por las anémicas cifras de popularidad (alrededor del 38%) que Trump obtiene en la actualidad.

Según el mandatario, el acuerdo parisino es perjudicial para Estados Unidos porque haría desaparecer una infinidad de empresas y puestos de trabajo que le causarían al país la pérdida de 2,7 millones de empleos para el 2025, así como un enorme descenso del ingreso nacional. Legiones de analistas disputan tal desenlace. Por el contrario, apuntan al peligro de desaprovechar oportunidades en la industria de la energía renovable, en la cual grandes competidores, como China, avanzan a pasos agigantados. Pekín canceló recientemente la construcción de plantas eléctricas operadas con carbón porque el abaratamiento de la energía solar ya la hace competitiva con los combustibles fósiles.

Según los críticos de Trump, el mandatario sacrifica el futuro en aras de inútiles intentos por revivir industrias del pasado, incluida la minería de carbón. La posibilidad de un rezago norteamericano en materia energética, dicen los especialistas, podría transformarse en un problema para la seguridad nacional, no solo para el desarrollo económico. Por eso, entre los críticos figuran grandes empresas norteamericanas, sobre todo del sector tecnológico.

La polémica decisión abona a la idea de que Estados Unidos renuncia a su liderazgo mundial en una materia tan delicada, como parece hacerlo en otros ámbitos del quehacer mundial. La nueva administración tiende a ser aislacionista y lo demuestra dramáticamente al descartar un acuerdo climático que su país ayudó a forjar.

Estados Unidos es la nación más poderosa del planeta y su fuerte institucionalidad permite a gobiernos locales, desde los estatales hasta las alcaldías, tomar su propio camino y adoptar los lineamientos del convenio de París, pero Washington dio un paso atrás en el escenario mundial. El pronunciamiento de la canciller alemana, Ángela Merkel, sobre la necesidad de que la Unión Europea camine por su cuenta, ensombrece el panorama de la cooperación entre aliados hasta ahora unidos por valores compartidos, entre ellos las preocupaciones ambientales.

El réquiem de Trump por el Acuerdo de París constituye una negación del papel primordial de Estados Unidos en el tema del calentamiento global. Nuestro país, cuna de Christiana Figueres, una de las figuras claves en la fragua del acuerdo, debe sumarse a la campaña mundial contra la irracional marcha hacia una tragedia sin paralelo.

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