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EDITORIAL

Un paso adelante

Actualizado el 08 de mayo de 2012 a las 12:00 am

La presidenta Laura Chinchilla sienta un precedente, valioso e inusitado, al invocar la responsabilidad política para pedir la renuncia a su ministro de Obras Públicas

El espacio para la tolerancia se agota en Costa Rica, y la mandataria parece haberlo comprendido

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Al pedir la renuncia de su ministro de Obras Públicas y Transportes, Francisco Jiménez, la presidenta Laura Chinchilla sienta un precedente, valioso e inusitado. Ayuna del concepto de la responsabilidad política, la democracia costarricense está incompleta, al margen de la modernidad y expuesta al descrédito derivado del abuso o el simple error.

Recuperar la confianza del público en las instituciones exige determinación y entereza. El espacio para la tolerancia se agota, y la mandataria parece haberlo comprendido. En eso consiste su mérito y, si persiste en afianzarlo, el aporte será invaluable. Más allá de los errores cometidos, el exministro Jiménez también merece reconocimiento. “Me corresponde asumir la responsabilidad política”, declaró sin ambages. Es una actitud correcta y contribuye a cimentar el valioso precedente.

La práctica de la responsabilidad política no exige destituir o aceptar renuncias por una intrascendencia cualquiera. Tampoco es de aplicación exclusiva a los casos donde medie corrupción. El simple error, dependiendo de su calibre y circunstancias, da pie a invocar el concepto, con plena aceptación de las consecuencias.

El Gobierno tomó conocimiento de la presunta recepción de dádivas por parte de dos funcionarios del Consejo Nacional de Vialidad (Conavi) encargados de fiscalizar la contratación de obras en la vía paralela al río San Juan. El ministro planteó la denuncia ante el Ministerio Público, informó a la presidenta, y ella le pidió la renuncia sin que medie indicio alguno de su participación en actos indebidos.

La responsabilidad política tutela, en este caso, el deber de cuidado y buena administración, no la probidad en la gestión de los asuntos públicos. Siempre habrá debate sobre la razonabilidad de la aplicación del concepto a un caso determinado, pero la decisión de la mandataria distancia al país del tiempo aquel, no muy lejano, cuando un alto funcionario, avisado de graves irregularidades en un departamento a su cargo, declaró: “Soy el jerarca, pero no el responsable”.

El jerarca es el responsable. La responsabilidad no siempre alcanza para un gesto tan dramático como el anunciado por la presidenta el viernes, pero la renuencia a asumirla siempre será inaceptable. En Costa Rica, los puentes se caen, con consecuencias trágicas, mientras el ministerio encargado almacena materiales suficientes para repararlos. El jerarca permanece inmutable, tanto como su superior inmediato, hasta que el desgaste y un nuevo error le impiden mantener el cargo. En Portugal, el ministro de Transportes tardó poco en dimitir tras la trágica caída de un puente remoto y centenario.

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El rescate de la ética y la responsabilidad política como principios rectores de la función pública exigen gestos como el anunciado el viernes por la mandataria.

La oposición lo critica por tardío, y no se puede negar la inacción de la presidenta en algún caso reciente, merecedor de más energía y determinación. También es cierto que en esta oportunidad actuó como no lo hicieron jamás algunos de sus críticos cuando fueron Gobierno. Hay innegable valor en la decisión de ser primera en la aplicación de un principio tan incomprendido e importante.

Solo la mandataria y el exministro conocen, por lo pronto, la totalidad de las circunstancias. ¿Hubo advertencias ignoradas? ¿Cuánto más era posible hacer para impedir las anomalías detectadas? Quizá el transcurso del tiempo vierta luz sobre esas interrogantes, pero la carretera fronteriza es un proyecto de vital importancia para el desarrollo de la zona y la reafirmación de la soberanía nacional. Es comprensible la indignación de la mandataria al constatar la probabilidad de una anomalía, revestida de especial gravedad por las circunstancias. Fue ella quien asimiló la irregularidad a una traición a la patria. Luego, actuó según la gravedad que la situación ameritaba.

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