Los separatistas pro rusos actúan con creciente ayuda de Moscú respecto a armamento y personal adiestrado para operar equipo sofisticado

 27 julio, 2014

Pesadumbre, abandono y una atmósfera fétida generada por cadáveres en descomposición son los rasgos predominantes, a juicio de la prensa mundial, en el territorio ucraniano donde los restos de la moderna nave B-777, del vuelo 17 de Malaysia Airlines, quedaron esparcidos el pasado 17 de julio.

La causa de la explosión fue un misil disparado, se supone, por personal ruso incorporado a las filas de los separatistas pro rusos que operan en la zona oriental de Ucrania, fronteriza con Rusia. Esto ocurrió el día después de un ataque similar contra dos cazabombarderos ucranianos.

Estos, sin embargo, son los giros de un complejo cuadro geopolítico en el que figuran Rusia, Ucrania, la Comunidad Europea (CE) y, en menor grado, Estados Unidos. Cabe igualmente subrayar que las fricciones centrales en esta configuración se agudizaron a finales del 2013, con motivo de los vaivenes del entonces presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, con la CE y la Sociedad Oriental (SO) liderada por Moscú. En síntesis, se presentaba para Ucrania la oportunidad de aliarse sobre bases institucionales ya sea con las democracias del Continente o con unos pocos exsatélites soviéticos que Vladimir Putin había alineado consigo.

La culminación de este capítulo se produjo cuando Yanukovich se retiró súbitamente de la CE en la víspera de suscribir el acuerdo respectivo. Esta decisión desató una ola de inconformidad y violentas protestas en Kiev y las mayores ciudades de Ucrania. Un viaje inesperado a Rusia para reunirse con Putin lo dotó de un préstamo multimillonario y el potencial ingreso a la SO. No obstante, estos pasos agudizaron las protestas en Ucrania, que desembocaron en la fuga de Yanukovich a Rusia a finales de febrero. Es importante destacar que el Parlamento y el aparato estatal no sufrieron menoscabo y mantuvieron vigente la democracia en Ucrania.

A finales de febrero, Putin también se apoderó de Crimea sin un solo disparo. La presencia de fuerzas rusas presagiaba que, luego de Crimea, vendrían otros golpes en la zona oriental de Ucrania, donde había una importante población de origen ruso. Sin embargo, no hubo necesidad de invadir dichas provincias, ya que grupos separatistas pro rusos tomaron el control. La vecindad con Rusia, a su vez, posibilitó a Putin movilizar fuerzas ópticamente al otro lado de la frontera, pero que, de hecho, ingresaban –y siguen haciéndolo– para respaldar a los separatistas. Los afanes imperialistas no cesan de perseguir al gobernante ruso

La CE, entre tanto, abrió sus puertas a Ucrania y el Fondo Monetario Internacional (FMI) planteó un rescate financiero. Estas posibilidades no son usualmente inmediatas y demandan complejos trámites preparatorios.

Por otra parte, los separatistas han venido actuando con creciente ayuda rusa: en particular, armamento e, incluso, personal adiestrado para operar equipo más sofisticado. Este, precisamente, ha sido el caso de los misiles tierra-aire que han reducido las ventajas de la anticuada aviación de Ucrania.

Uno de estos misiles destrozó el B-777 de Malaysia Airlines, la semana pasada. El debate internacional en torno a este suceso trágico ha creado consenso con respecto a que algún oficial ruso tenía su dedo sobre el gatillo del lanzador. Pero ¿actuaba dicho oficial sujeto a un minucioso control de Moscú? Si así fuera, traerse abajo un B-777 comercial con 300 pasajeros ¿demandaría órdenes superiores? La lógica indica que sí, a menos de que el oficial gozara de espacio decisorio.

Por supuesto, los cuestionamientos se dirigen, sobre todo, a descifrar la incógnita de si Putin se había inmiscuido en el proceso. Conocer este detalle posiblemente demandaría algún desertor y espías profesionales. Mientras, Washington ha puesto en marcha una verificación de comunicaciones que tal vez podría arrojar alguna luz.

Al respecto, se aprecia poco cambio en el tema de las sanciones a Rusia por sus andanzas en Ucrania. La CE, finalmente, dio a conocer ayer el aumento de penalidades dirigidas a oficiales rusos, así como a empresas. Washington comunicó las suyas también en la misma dirección. Barack Obama ha creído que esta es una oportunidad de mostrarse duro, pero, a juzgar por las encuestas divulgadas el jueves, su desempeño sigue en picada (41%).

Así, al amparo del zigzagueo estadounidense y las dubitaciones europeas, Putin disfruta en su tierra de creciente popularidad (cerca de 80% de apoyo). Mientras, el misterio sobre Ucrania persiste.