El panorama electoral está más despejado que el curso institucional

 17 septiembre, 2015

Pasada su primera ronda electoral, Guatemala se enrumba hacia una nueva etapa de reacomodos políticos y sociales, con márgenes de incertidumbre menores a los existentes hace pocas semanas y algunas nuevas razones para el optimismo, pero también con enormes interrogantes y retos para su futuro inmediato. El rumbo es mejor, pero todavía incierto.

Sabemos, como se esperaba, que habrá una segunda ronda, el 25 de octubre, entre el comediante Jimmy Morales, primer lugar en los comicios con un 23,85% de los votos, y la exprimera dama Sandra Torres, quien se consolidó en el segundo puesto con una diferencia casi imperceptible, aunque determinante, sobre Manuel Baldizón: un 19,76% contra un 19,64% de los sufragios. Sabedor de que no podía superarla, este último se retiró del proceso el pasado lunes.

Como candidatos, Morales y Torres distan mucho de lo ideal, lo mismo que sus partidos. Sin embargo, es un hecho que Baldizón, por sus oscuros antecedentes y conexiones, representaba una tenebrosa amenaza contra el Estado de derecho. Su salida de la contienda y la posibilidad de que se abran procesos penales en su contra, han reducido severamente su capacidad de maniobra nacional. Esta es una buena noticia para el futuro, a la que se suman, en una secuencia previa, la arremetida legal contra altos funcionarios –incluido el hoy expresidente Otto Pérez Molina– y la movilización cívica de una ciudadanía que exige mayor transparencia, mejor institucionalidad y una justicia independiente y eficaz.

En el ámbito político, sin embargo, aún está por verse cómo se aglutinarán los apoyos electorales a Morales y Torres, qué tipos de alianzas tratarán de forjar con vistas a la segunda ronda y cómo, quien triunfe, podrá interactuar con un Congreso en extremo disperso. La primera minoría la dominará el partido Líder, de Baldizón, seguido por la Unión Nacional de la Esperanza (UNE), de Sandra Torres. El Frente de Convergencia Nacional (FCN), de Morales, quedó en cuarto lugar, tras el Partido Patriota (PP), de Pérez Molina. Y a todos ellos se añaden otra serie de grupos y grupúsculos con representación parlamentaria.

También existe una gran incógnita sobre la integración de los posibles equipos de gobierno de los dos candidatos finalistas. La duda es particularmente seria en el caso de Jimmy Morales, quien se ha movido en un virtual vacío programático y de cuadros. Si, como se especula, decide nutrirse de colaboradores cercanos a los sectores del alto empresariado organizado, no hay duda de que contará con personas competentes, pero tampoco de que emprenderá muy pocas reformas con dimensiones tributarias y sociales relevantes, algo que Guatemala requiere con urgencia. Será muy difícil forjar una mejor institucionalidad sin mayor inclusión y equidad.

Los avances conseguidos durante los últimos años –particularmente en los últimos meses– en la lucha contra la impunidad y en pro del Estado de derecho, han sido relevantes, pero aún frágiles. Una gran incógnita es qué pasará con la Fiscalía y los tribunales cuando la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) concluya sus tareas. En este sentido, no solo será clave la actitud que asuman las nuevas autoridades políticas, sino, también, las principales élites guatemaltecas –incluidos amplios sectores militares–, muchas de las cuales se han visto beneficiadas por la corrupción y turbiedad del sistema.

Por la debilidad institucional, la comunidad internacional se mantiene como un actor de enorme relevancia para el futuro. Además de la Cicig, el acompañamiento y presiones de países como Estados Unidos, Canadá y los principales de la Unión Europea, resultarán determinantes, al menos para impedir retrocesos, pero ojalá también para estimular mayores progresos.

Todo lo anterior se verá recargado o debilitado por la actitud y capacidad de iniciativa y acción de diversos sectores de la sociedad civil y los medios de comunicación. Su desempeño ha sido ejemplar y determinante para dar vuelta a una realidad de parálisis y frustración que parecía inconmovible. Habrá que ver, ahora, cómo se podrán incorporar de manera más propositiva y articulada en la regeneración del sistema político-institucional.

Con tantos cabos sueltos en el horizonte, es imposible plantear pronósticos definitivos, pero algo sí es indudable y esperanzador: el balance de fuerzas es más favorable ahora hacia la institucionalidad democrática, y las posibilidades de potenciar un nuevo rumbo se mantienen abiertas.