Opinión

EDITORIAL

Una lucha crucial

Actualizado el 10 de noviembre de 2013 a las 12:05 am

Sorprende el desinterés mostrado por un número importante de legisladores estadounidenses hacia la lucha de América Latina contra el narcotráfico

Sin los recursos necesarios para enfrentarlos, los carteles no dejarán de expandirse y amenazar la seguridad del continente

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Los recientes combates presupuestarios en el Capitolio, en Washington, han dejado huérfanas a importantes instituciones cuyo único ingreso siguen siendo los fondos adjudicados al Ejecutivo. Las extensas peroratas consumen tiempo y dinero. Con todo, las miles de transcripciones disponibles permiten analizar los programas, al igual que los triunfos y fracasos de incontables iniciativas.

En particular, interesa el conjunto de proyectos centrados en la asistencia para la defensa de naciones golpeadas por el narcotráfico. Valga señalar que nos debe preocupar no solo a los costarricenses, sino también a hermanos países exhaustos de esta lucha.

La cornucopia de fondos para apoyar a ciertos programas y países contrasta con el desinterés mostrado por un número importante de legisladores hacia la lucha de América Latina contra el narcotráfico. Esto no va a cambiar súbitamente, y por ello es necesario iluminar a algunos congresistas sobre las dimensiones del reto y los peligros que entraña.

El violento historial del narcotráfico lo ha convertido en tema central del panorama delincuencial latinoamericano, y algunas bandas dedicadas al tráfico de drogas se han extendido a otros terrenos como la prostitución, el secuestro de seres humanos, los asesinatos y la incorporación de menores y adolescentes a diversas estructuras del crimen organizado.

Además, algunos grandes actores han expandido operaciones a países cercanos, sobre todo Guatemala y Honduras, convirtiéndose en verdaderas transnacionales del crimen. Entre tanto, han hecho arreglos con los colombianos de las FARC, quienes apadrinan vínculos entre el tráfico de drogas y organizaciones radicales de Suramérica, para después saltar al Líbano, donde opera un jugoso bazar.

Un buen ejemplo de esas transnacionales son Los Zetas, cuya prominencia se comenzó a forjar en 1999, cuando comandos mexicanos se separaron de sus posiciones oficiales a fin de convertirse en rama militar del prominente Cartel del Golfo. Posteriormente, Los Zetas se hicieron temer por las escuadras criminales de otros carteles.

En el 2003, las autoridades mexicanas lograron arrestar a Osiel Cárdenas, jefe del Cartel del Golfo, para luego extraditarlo a Estados Unidos. Este episodio fue saludado como una gran victoria del Gobierno mexicano, pero la detención y juzgamiento de Cárdenas abrió oportunidades a Los Zetas y alentó una escalada de asesinatos contra miembros del Cartel de Michoacán, en el marco de una lucha por territorios. Poco después, Los Zetas desataron una marejada de violencia para apropiarse de Nuevo Laredo y otras poblaciones fronterizas con Estados Unidos.

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Los enfrentamientos entre los carteles y sus satélites desembocaron en la caída de una larga cadena de grandes y pequeñas organizaciones ilegales. Para el 2011, algunas familias supervivientes se encontraban a la deriva y sus más influyentes dirigentes yacían muertos o estaban encerrados por obra del Ejército de México y las agencias estadounidenses encargadas de la materia. No obstante, otros carteles han demostrado su extraordinaria aptitud para la supervivencia, con nuevas o con idénticas estructuras de mando. Los Zetas son uno de ellos y en la actualidad están entre los mayores combatientes de esta lucha entre la ley y el crimen. Sin los recursos necesarios para enfrentarlos, ni ellos ni los demás participantes en el ilícito negocio dejarán de expandirse y amenazar la seguridad del continente.

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