Los intereses comerciales de la familia Trump son tan vastos, y tanto el peso de los Estados Unidos en el mundo, que los conflictos no se han hecho esperar

 29 abril

El tema del decoro esperado de un presidente que ostenta la máxima representación de su nación agita las páginas informativas y de opinión de numerosos medios en Estados Unidos y repercute en otros países.

Para sofocar las críticas, el presidente Donald Trump dejó los negocios familiares en manos de sus hijos y estructuró un fideicomiso del cual, sin embargo, pueden derivar ganancias aunque no participe directamente de la administración.

Pero los intereses comerciales de la familia Trump son tan vastos, y tanto el peso de los Estados Unidos en cada rincón del planeta, que los conflictos no se han hecho esperar y se proyectan con intensidad sobre decisiones de política exterior que no deberían suscitar duda alguna.

Importantes publicaciones han puntualizado, por ejemplo, las no tan sutiles promociones de una elevada funcionaria ad honorem de la Casa Blanca, Ivanka Trump, hija del presidente y activa empresaria de la moda, que se encuentra en un lugar privilegiado para mejorar la venta de sus artículos. Incluso, la administración se vio obligada a amonestar a Kellyanne Conway, una prominente asesora presidencial, por su abierta recomendación de comprar determinadas prendas de Ivanka cuando el presidente reclamó a una cadena de tiendas el haber descontinuado la línea de productos.

La reciente visita oficial del presidente chino Xi Jinping a los clubes de golf y playa propiedad del presidente Trump sirvió para resolver problemas políticos entre ambos países, pero ese 6 de abril China también levantó la barrera a la manufactura y mercadeo de productos de Ivanka, impuesta por falta de aprobación de tres marcas de fábrica en ese país asiático. Al día siguiente ya estaban inscritas las marcas en Pekín y, con ellas, se abrieron las puertas de la segunda economía del mundo para la joyería, carteras, zapatos, vestidos y aun servicios de spa.

El uso de Mar a Lago, el complejo vacacional ubicado en la Florida, es, en sí mismo, un foco de conflictos. El primero se desató al inicio de la administración, cuando la membrecía del club, donde los socios tienen la posibilidad de encontrarse con el presidente, se duplicó en valor, de $100.000 a $200.000. El mandatario estaba en el club, conocido como la Casa Blanca del Sur, cuando Corea del Norte lanzó su primera provocación nuclear en la era Trump. En el lugar estaba también el primer ministro japonés, Shinzo Abe. Una terraza del club sirvió de improvisada zona de conferencia para calibrar la reacción estadounidense.

Sin embargo, los negocios mayores de la familia Trump siguen siendo los hoteles, las torres de oficinas y los lujosos condominios. Ese sector de la empresa es dirigido por Eric, hijo del presidente. Hay inversiones y proyectos en países muy importantes para la política exterior estadounidense, como Turquía, Dubái, Brasil, Georgia y Azerbaiyán.

La apresurada felicitación de Trump al hombre fuerte turco Recep Tayyip Erdogan, por la flaca y cuestionada victoria plebiscitaria que bendijo sus desbordes autoritarios, de inmediato invitó a los críticos a establecer una relación con las inversiones de la familia presidencial.

En el frente interno, la oposición demócrata cuestiona las reformas tributarias impulsadas por el gobierno y promete impedir su aprobación mientras no esté claro el efecto de los cambios sobre los negocios inmobiliarios. Los congresistas han despertado sospechas de modificaciones tributarias demasiado beneficiosas para la familia Trump.

Los conflictos de intereses de un mandatario tan acaudalado comienzan a interferir con su agenda legislativa y debilitan las iniciativas del gobierno en materia de política exterior. Es un problema difícil de resolver y con un enorme potencial dañino.