La formación técnica recibe enormes recursos, pero genera pobres resultados

 6 julio, 2015

Un sólido estudio elaborado por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), con el título Destrezas más allá de la escuela, otorgó la fuerza de su rigor y credibilidad a una preocupante situación sobre la cual ya han alertado varias empresas e informes previos: existe una gran desconexión entre las necesidades de recursos técnicos del sector productivo y la oferta de capacitación ofrecida por el Ministerio de Educación Pública (MEP) y el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA).

Las implicaciones de este desfase son varias; todas negativas. Por un lado, múltiples empresas que necesitan talento no pueden obtenerlo, con lo cual se ven impedidas de ampliar operaciones, generar riqueza y contratar más personal. Por otro, una gran cantidad de jóvenes que se esfuerzan por completar cursos o alcanzar grados o de adultos que desean renovar sus destrezas no pueden conseguir empleos de mejor nivel y remuneración, dado que la capacitación recibida se aleja de las necesidades existentes. El resultado es la frustración, menor capacidad para generar ingresos y mayor desigualdad. Para coronar el ciclo, se produce un gran desperdicio de recursos públicos, que podrían ser reorientados a fines económicamente más eficaces y socialmente más útiles.

En síntesis, todos perdemos: los jóvenes, los empleadores, la economía, las instituciones y, como consecuencia de lo anterior, todos los ciudadanos. La razón principal no es ausencia de información sobre el problema o, menos aún, carencia de recursos. Al contrario, lo que el informe de la OCDE ha documentado con gran sistematicidad no es nuevo ni ha estado oculto. Por otro lado, nuestro país está entre los que más invierten en educación en el hemisferio, y el INA es una de las instituciones con mayor holgura presupuestaria, producto de que, por ley, recibe el 1,5% de toda la planilla estatal y privada, salvo del sector agrícola (un 0,5%) o las empresas con menos de cinco empleados.

El gran problema, como también lo ha puesto de manifiesto el estudio, divulgado el lunes 29 de junio, es la falta de coordinación adecuada entre los distintos actores de este proceso, a la que se une la renuencia al cambio en las instancias burocráticas y las organizaciones magisteriales.

El nivel más negativo de descoordinación se da entre la oferta de capacitación y la demanda de recursos humanos. El informe destaca, quizá con moderación, que la falta de técnicos medios en algunas categorías “se está convirtiendo en un desafío”, y llama a la “coordinación entre empresas, el sector académico, los sindicatos y el Gobierno”. En palabras de José Luis Álvarez, funcionario de la OCDE, “se observa un desajuste entre la oferta de graduados por área de especialización y las destrezas requeridas por la industria”. Además, el estudio destaca que, por falta de coordinación entre el MEP y el INA en algunas áreas, se produce “una duplicación de esfuerzos y brechas en la asignación de responsabilidades”.

Hasta ahora, las iniciativas para abordar estos desajustes tan conocidos e injustificados han sido más retóricas, conceptuales y programáticas que reales. Por desgracia, desde las más altas instancias de decisión no se le ha dado al problema la prioridad que amerita. Los planes y programas se han quedado rezagados en la mayoría de los casos. Las estructuras burocráticas han sido incapaces de adaptarse a los nuevos requerimientos, con agilidad, objetivos claros y focalización en los resultados. Y a todo lo anterior se añade la negativa de los gremios educativos a adoptar innovaciones; al contrario, se han convertido en sus enemigos. Esto puede palparse, por ejemplo, en el rechazo al proyecto sobre “educación dual” que se discute en la Asamblea Legislativa, ante el cual no ofrecen nada a cambio.

Al igual que lo han manifestado varios de sus antecesores, la ministra de Educación, Sonia Marta Mora, reconoció la necesidad de mejor articulación entre la oferta y la demanda. Lo importante, sin embargo, no es reiterar lo obvio, sino hacer lo necesario por resolver un rezago que tanto afecta a nuestro desarrollo económico, pero, sobre todo, humano. Quizá el estudio de la OCDE, por su procedencia, pueda convertirse en un motor de cambio.