Para vergüenza de nuestra región, los países europeos son los más sensibles a la conculcación de las libertades políticas y los derechos humanos en América Latina

 13 junio, 2015

En vísperas de la tercera cumbre anual de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), celebrada en Costa Rica a finales de enero, nuestro editorial hizo votos para que los países más pragmáticos, realistas, respetuosos de la institucionalidad democrática y de los derechos humanos se mostraran más activos y se empeñaran en impulsar una agenda apegada a los valores y las necesidades de los pueblos del continente.

“Hasta ahora, este empeño ha sido, por decir lo menos, modesto. Es hora de mayor activismo y mejor coordinación entre esas naciones. Solo así la Celac podrá tener real importancia e impacto positivo”, concluía el editorial.

La cumbre celebrada en Bruselas entre mandatarios de la Celac y la Unión Europea confirma la falta de protagonismo de los países democráticos y la desproporcionada influencia de las naciones de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA).

Para vergüenza de nuestra región, los países europeos son los más sensibles a la conculcación de las libertades políticas y los derechos humanos en América Latina, mientras que los aliados de Cuba y Venezuela se apropian de la vocería para exigir apoyo y solidaridad para los regímenes imperantes en esos y otros países de nuestro continente.

La cumbre se lleva a cabo al tiempo que el dirigente opositor venezolano Leopoldo López enfrenta la tercera semana de la huelga de hambre declarada el 24 de mayo para pedir la liberación del centenar de presos políticos confinados, como él, a prisiones donde sufren incontables vejaciones.

López, encarcelado en una prisión militar por trágicas consecuencias de las protestas escenificadas en todo el país el año pasado, es sometido a torturas que incluyen el lanzamiento de orina y excrementos al interior de su celda, la disrupción del sueño, el confinamiento en solitario y la negación de visitas familiares.

Los jueces afines al gobierno, en un país donde la independencia de la judicatura desapareció hace años, han rechazado escuchar a 58 de los 60 testigos de la defensa, pero acreditaron la idoneidad de un centenar de testimonios propuestos por la fiscalía. Nadie duda del resultado del juicio, cuando se llegue a celebrar.

Ese compendio de violaciones de los derechos humanos fundamentales, en uno solo de muchos casos, conmueve a la Unión Europea, pero no a la Celac, cuyos miembros más militantes hablan por el continente, como si en este lado del Atlántico no hubiera países comprometidos con la defensa de la libertad y la dignidad humana.

La libertad de expresión, inexistente en Cuba y prácticamente erradicada en Venezuela, tampoco es motivo de desvelo para la organización latinoamericana y del Caribe, no obstante las graves violaciones, documentadas e indiscutibles, que sufre en América un derecho tan básico, junto con muchos otros.

La cumbre celebró el deshielo de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, un movimiento diplomático largamente esperado después de décadas de fracaso de la política norteamericana inaugurada en los años sesenta, pero hay un gran trecho de ahí a festejar el giro como “un triunfo de la dignidad y la soberanía del pueblo cubano”, para utilizar las palabras del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, sin referencia alguna a la falta de libertades en la isla.

La Unión Europea, por el contrario, no cesa de señalar la necesidad de exigir respeto a los derechos humanos y mantiene el tema presente en la agenda de las negociaciones iniciadas para normalizar sus relaciones con el régimen de La Habana. La dignidad parece estar, más bien, anidada al otro lado del océano. Resta saber durante cuánto tiempo seguirán el juego los gobiernos latinoamericanos verdaderamente comprometidos con los valores democráticos.