Como en una tragedia griega, tras el colapso vino, tardíamente, el sacrificio

 16 mayo, 2015

El proceso que condujo al colapso del Festival Internacional de las Artes (FIA) y a la caída de la ministra de Cultura y Juventud, Elizabeth Fonseca, sus dos viceministros y el encargado directo de la actividad guarda un sorprendente paralelismo con la estructura y ethos dramático de la tragedia griega. Si al menos quedara como aporte el carácter aleccionador de este augusto género, algo ganaríamos. Sin embargo, por el momento es prematuro saberlo.

El prólogo de la trama se puso en escena a los pocos días de inaugurada esta administración, con depurado sentido del drama: una denuncia pública contra los anteriores gestores del FIA (que aún valora la Fiscalía), seguida por el descabezamiento de la estructura que lo desarrollaba y el ingreso a escena de un nuevo elenco. Al contrario del rígido paradigma griego, a esas alturas el inevitable destino trágico de los nuevos “héroes” no estaba aún definido; sin embargo, muy pronto los hechos se fueron conjugando de forma irreversible.

Tras los párodos (o cantos) iniciales de coros múltiples –quienes estaban antes y quienes los sustituyeron en el guion–, comenzaron a desarrollarse los episodios que presagiaban la tragedia. Sobre esa parte más densa de la acción, hoy sabemos muchas cosas que, en la mejor tradición de Sófocles, articularon en rápida sucesión un conflicto colosal. La ministra dio las riendas del FIA a un viceministro sin conocimientos de gestión en quien, además, no confiaba. Ambos entregaron su control operativo a un joven diligente, pero inexperto y distanciado. Todos desdeñaron las complejidades de la administración pública, como si el hacer dentro del Estado fuera un simple acto de voluntad, no un tortuoso camino de normas, procedimientos y controles que demandan liderazgo y pericia. Y el viceministro, que no había sido nombrado por la ministra, saltó sobre su autoridad, desatendió sus convocatorias y se entendió directamente con funcionarios de la Presidencia, aunque en Zapote lo niegan.

Tan pronto fue inaugurado con una timidez tan grande como su desorden, y como si la fuerza del sino se hubiera tornado incontrolable, el FIA colapsó como un castillo de naipes. Apenas quedaron en pie unas pocas actividades a cargo de entidades con suficiente autonomía para escapar a la corriente central de la trama. Mientras, el coro acentuaba su clamor. Fue este el primer gran momento culminante, aquel en que los hechos llegan a un punto de giro catastrófico y crean las condiciones para el éxodo, es decir el verdadero ajuste de cuentas. Aquí, el “héroe” asume su error y las consecuencias que le depara.

La ministra, como inevitable símbolo de tan trágico papel, cometió un craso error final. En vez de avanzar hacia el borde del proscenio, recitar con cadencia poética un último parlamento, caer por su propia voluntad y lograr que el coro alabara sus virtudes, permaneció replegada entre bambalinas y dejó que otros construyeran su último acto: una virtual ejecución pública que compartió, como también resultaba inevitable, con sus más directos colaboradores. Fue un doloroso final para una persona íntegra y respetable, quien, más allá de este gravísimo error en el desempeño gubernamental, acumula una distinguida trayectoria académica y personal.

Las tragedias griegas buscaban transmitir lecciones moralizantes o redentoras. En este caso hay muchas que, además, han emanado también de otras representaciones gubernamentales: lo inconveniente que es nombrar viceministros que no tienen la confianza de sus titulares; la evasión de las líneas jerárquicas internas, lo cual conduce a la pérdida de autoridad de algunos y a diluir la responsabilidad de todos; el gusto por las hipérboles transformadoras y redentoristas sin medios para acercarse siquiera a las expectativas; la autosuficiencia que conduce a olvidar las crudas realidades de la administración pública; la acción tardía ante las crisis y la testaruda negación de lo que estos colapsos implican. Lo ocurrido en el Ministerio de Cultura ha sido el caso más públicamente dramático, algo consecuente con la naturaleza de su gremio. Pero no olvidemos lo ocurrido en el Ministerio de la Presidencia o en el de Ciencia y Tecnología.

Resulta sintomático que, como si estas enseñanzas no fueran evidentes, el cambio en Cultura no ha comenzado con el nombramiento de un nuevo ministro que, a la vez, seleccione su equipo y empiece a andar con plena autoridad y responsabilidad. Al contrario, se ha designado una viceministra con recargo temporal de la cartera. ¿Y después? Este déjà vu no es el mejor presagio para el Ministerio; tampoco es una buena señal sobre la capacidad de aprendizaje en Zapote.