Coincidimos en la importancia de potenciar los beneficios y reducir los riesgos

 7 abril, 2015

El desarrollo, abaratamiento, simplificación, difusión e integración de tecnologías e instrumentos cada vez más compactos y precisos para el posicionamiento geográfico, el mapeo digital, la acumulación de energía, la captación de imágenes, el procesamiento de datos y la navegación remota, han catapultado hacia el uso generalizado un tipo de instrumentos que, hasta hace muy poco, pertenecían casi exclusivamente al ámbito militar. Nos referimos a las naves aéreas no tripuladas de alta precisión, generalmente conocidas como drones.

La aplicación civil de estos robots voladores no es ajena a los riesgos. Sin embargo, su capacidad de incidir positivamente en diversos ámbitos de nuestra vida –como la agricultura, la evaluación y atención de emergencias, la administración del tránsito, la captación de imágenes o la simple recreación– es aún mayor, y debe potenciarse mediante regulaciones inteligentes. Por esto, celebramos que la Dirección General de Aviación Civil esté conduciendo un proceso para poner en práctica un conjunto de normas que propicien su buena utilización en nuestro país.

El uso de los drones alcanzó gran notoriedad al convertirse en una pieza clave de la estrategia antiterrorista estadounidense tras los atentados de setiembre del 2001. En muy poco tiempo, llegaron a ser el arma preferida para virtualmente cazar y matar a líderes y operativos de Al Qaeda, los talibanes y sus aliados, primero en Afganistán y Pakistán; luego, en muchos otros países, entre ellos Yemen y Somalia. Su uso, además, ha cobrado innumerables víctimas inocentes, en un peculiar estilo de guerra tecnológica que, a pesar de su apariencia aséptica y alta precisión, no se distancia mayormente de las modalidades más sangrientas.

Sin embargo, como ha ocurrido a lo largo de la historia con tantas otras tecnologías desarrolladas con fines bélicos, el proceso de transición de los drones a usos pacíficos no tardó mucho en comenzar, ha sido sumamente rápido y hoy se intersecta con el empleo cotidiano de los mapas digitales, los GPS y la exponencial capacidad de almacenamiento y cálculo de los teléfonos inteligentes. Por esto, se integrarán cada vez más a amplias facetas de nuestra vida, razón de sobra para las buenas regulaciones.

Tal como informamos en nuestra edición del pasado domingo, la iniciativa de Aviación Civil ya cumplió con la etapa de consultas públicas abierta en diciembre. Se recibieron observaciones de ocho empresas interesadas en certificarse para brindar distintos servicios mediante el uso de estas naves; ahora, la fase que sigue es la redacción final de las normas, que serán elevadas al Consejo Técnico de Aviación para la decisión final.

No contamos con conocimientos técnicos que nos permitan emitir criterios sólidos sobre su naturaleza; sin embargo, valoramos positivamente las propuestas divulgadas hasta ahora, por guardar un adecuado equilibrio entre las regulaciones indispensables de seguridad y la flexibilidad necesaria para que se expanda el uso de los drones en beneficio de múltiples actividades. Entre ellas están, por ejemplo, la evaluación casi inmediata –y sin riesgo humano– del impacto de desastres naturales; el envío de medicinas y otros suministros ligeros a poblaciones aisladas; la observación en tiempo real de los flujos de tránsito; el análisis y manejo técnico de siembras y plantaciones; la fumigación aérea más precisa y con menor necesidad de productos químicos; y la valoración del estado de líneas eléctricas y obras de infraestructura.

Todas las aplicaciones anteriores hay que propiciarlas, mientras, a la vez, se toman medidas para reducir la posibilidad de accidentes o para impedir que los drones se utilicen para invadir la privacidad, o se conviertan en instrumentos de agresión o terrorismo.

Las normas que se emitirán en el país las vemos como una primera y necesaria aproximación –ojalá muy buena– en estos sentidos. Por suerte, existe suficiente experiencia acumulada por otros países, así como guías de la Organización Internacional de la Aviación Civil, que serán de gran ayuda. Sin embargo, siempre deberemos mantener una actitud abierta y alerta, sea para conjurar otros riesgos que se detecten o para impulsar nuevas oportunidades que se abran. Esperamos que sea esto último.