Llevado por afinidades populistas y nacionalistas con la dirigencia del ‘brexit’, el nuevo gobierno republicano ve los resultados del referendo británico con manifiesta simpatía

 8 febrero

La primera ministra británica, Theresa May, enfatizó en su conversación con el nuevo presidente de los Estados Unidos la importancia de la Unión Europea. En el planteamiento hay algo de ironía en vista del brexit. May estuvo en contra de la salida británica, pero quedó a cargo de su ejecución y parece empeñada en conseguirla con abandono, incluso, del mercado común. Eso no le impide ver la importancia estratégica de una Europa fuerte y unida.

Washington, bajo nueva administración, no parece percibirlo con la misma claridad. Llevado por afinidades populistas y nacionalistas con la dirigencia del brexit, el nuevo gobierno republicano ve los resultados del referendo con manifiesta simpatía y el presidente Donald Trump pronostica, con aire de satisfacción, la salida de otros miembros de la Unión Europea.

Pero la gobernante británica, antes de tomar el avión para convertirse en la primera líder foránea en reunirse con el nuevo mandatario, prometió públicamente una conversación “muy franca” sobre la necesidad de mantener intacta a la UE. La intención se extendía, por supuesto, a remarcar la importancia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), descrita como “obsoleta” por la nueva administración estadounidense.

La decisión adoptada por los británicos nunca tuvo la intención de desarticular a la Unión Europea, declaró May, para quien los retos de la seguridad nacional exigen más cooperación entre las naciones del campo democrático. La primera ministra insistió en su esperanza de ver a Europa prosperar, unida y fuerte, vinculada con su país por relaciones cercanas y estratégicas.

Desafortunadamente, la decisión de los votantes británicos no contribuye a lograr esos objetivos, pero la colaboración estadounidense es indispensable para limitar el daño. Europa encara una ola de movimientos nacionalistas y populistas inspirados por el temor y el rechazo a la inmigración y el deseo de abandonar la Unión Europea. Atizar esos fuegos es un grave error.

El populismo perdió, por estrecho margen, una batalla en Austria, pero ganó otra en Italia. Ya gobierna en Polonia y Hungría. Las confrontaciones decisivas se esperan en poco tiempo en Holanda y Francia. En marzo, la derecha extrema de Geert Wilders logrará importantes avances en los Países Bajos y en abril el Frente Nacional de Marine Le Pen seguramente pasará a la segunda ronda en Francia.

El único beneficiario de la fragmentación de Europa sería Vladimir Putin, cuyos designios de expandir la influencia de su país son notorios. No en balde los movimientos extremistas europeos han encontrado en Rusia fuentes de financiamiento. Por eso May insistió ante el nuevo presidente estadounidense sobre la importancia de relacionarse con Putin, pero con cautela. “Debemos hacerlo desde una posición de fortaleza y construir la relación, los sistemas y los procesos que hagan de la cooperación una probabilidad mayor que el conflicto”, afirmó.

El consejo, evidentemente, guarda estrecha relación con la relevancia de una Europa fuerte, unida y comprometida con la OTAN. Ojalá Washington lo escuche. Proviene de la encargada de sacar al Reino Unido de la Unión Europea, pero May es, al mismo tiempo, jefa de gobierno del aliado más cercano de los Estados Unidos.

No hay ninguna ventaja para los Estados Unidos en animar la desintegración europea, no importa cuanta afinidad haya con los mensajes populistas de los movimientos desatados en el Viejo Continente. El daño, si se produce, será muy difícil de reparar.