La ejecución de su tío y mentor dejó en Jong Un, el joven déspota norcoreano, una sensación exagerada de su poder

 4 enero, 2015

Hace ya casi un año que el dictador de Corea del Norte, Kim Jong Un, presidió la ejecución de su tío, tutor y cercano consejero, Jang Song Thaek, condenado a la pena de muerte por un tribunal en Pyongyang, la capital. El pariente, considerado el segundo en la jerarquía política, presuntamente organizó fiestas privadas con el fin de promover un golpe de Estado para autoinstalarse en el trono que otrora ocupó su cuñado Kim Jong Il, padre del actual jefe absoluto.

La pena de muerte se cumplió en un acto circense, presidido por Jong Un, acompañado para la ocasión por un centenar de altos personeros del régimen.

La ejecución consistió en soltar un centenar de voraces perros, ayunos de alimento en las dos semanas previas. Hambrientos, los verdugos devoraron al encumbrado convicto.

La noticia en la prensa china dio cuenta de la estrecha relación del dictador con el pariente ajusticiado. Otro hecho subrayó la envergadura del drama. Resulta que Jong Il había designado a Jang Song como tutor y consejero permanente de su hijo y heredero.

Las narraciones divulgadas por la prensa extranjera han descorrido el cortinaje para apreciar el ambiente medieval de las intrigas en la corte norcoreana. Además, el súbito ajusticiamiento del prominente tío y tutor del soberano, según dichas informaciones, fue instado por la hermana del dictador.

En todo caso, el affaire ha dejado en Jong Un, el joven déspota, una sensación exagerada de su poder. Parte del fenómeno ha sido, sin duda, la política del culto a la personalidad del autócrata, tradicional en el sojuzgado país. Así se explica la reacción norcoreana a una película estadounidense de tono jocoso, que en los corrillos del poder de Pyongyang se juzgó como un grave insulto a Jong Un. La estrategia adoptada por el régimen incluyó un ataque cibernético contra la empresa promotora de la cinta, Sony Inc., en California. Desde luego, las comunicaciones norcoreanas conllevaban amenazas contra Sony y las cadenas de cine que presentarían el filme en Estados Unidos y en el exterior, amén de la televisión.

Ante el aluvión de amenazas y la piratería cibernética manifiesta, Sony decidió suspender la presentación de The Interview –en español, La entrevista –, título de la película. En Estados Unidos afloró una fiera discusión sobre las decisiones de Sony. Finalmente, como correspondía, el presidente, Barack Obama, se pronunció contra el retiro de la cinta en una entrevista con la prensa destacada en la Casa Blanca. Sus palabras definieron correctamente las dimensiones de la decisión de Sony: no era aceptable que un dictador foráneo se arrogara la facultad de imponer límites a la opinión pública norteamericana. Subrayó, además, que Sony actuó de manera equívoca al doblegarse ante las amenazas norcoreanas. Casi de seguido, Sony decidió exhibir La entrevista en salas, la Internet y la televisión.

Súbitamente, hace pocos días, corrió la noticia de un apagón cibernético en Corea del Norte, inexplicable para las autoridades. La desesperación en Pyongyang ha sido manifiesta. Incluso, Kim Jong Un sugirió una investigación conjunta con Estados Unidos. La Administración en Washington no se ha manifestado al respecto. Ojalá no lo haga, para no validar la hipocresía de la dictadura.

La doblez del régimen norcoreano ha sido notoria a lo largo de este enojoso capítulo. No obstante, Jong Un no es el primer autócrata en desplegar la hipocresía. China, por su parte, ha manifestado su enojo e impaciencia con Pyongyang. Las cifras sobre la situación económica en Corea del Norte son lamentables. Por desgracia, sobran dólares para los desmanes del dictador, sobre todo los nucleares, pero la alimentación, la salud y, en general, los temas cruciales de las sociedades contemporáneas yacen en pétreo silencio.