Para que la Celac mejore su desempeño, los países más responsables deben tomar la iniciativa

 20 enero, 2015

El próximo fin de semana, Costa Rica acogerá la tercera cumbre anual de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que incluye a todos los países del hemisferio, salvo Canadá y Estados Unidos. Entregaremos su presidencia anual rotativa a Ecuador, que, en el 2016, se la trasladará a República Dominicana. Antes la ocuparon Chile y Cuba.

Los jefes de Estado y Gobierno de los 33 integrantes han confirmado su asistencia. Aprobarán una “Declaración de San José” que seguramente celebrará los avances del grupo e incluirá referencias al combate a la pobreza, el desarrollo sostenible, la igualdad de género, el cambio climático, la inclusión social, los desequilibrios del sistema económico internacional, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la educación, la lucha contra la delincuencia organizada y otros temas sobre los cuales es posible generar razonable consenso. Evadirán, sin embargo, referencias específicas a los derechos humanos, y mantendrán un lenguaje ambiguo sobre la democracia.

A la declaración general añadirán otras, y muy diversas, sobre temas específicos. Decidirán, además, realizar varias reuniones especializadas durante este año, y, por supuesto, habrá un discurso oficial por cada uno de los países, y tantos encuentros bilaterales como decidan los respectivos representantes.

La principal novedad quizá llegue a ser que, gracias a la forma prudente, realista, transparente, inclusiva e inteligente con que Costa Rica ha desempeñado su presidencia, el lenguaje de los documentos será menos grandilocuente que bajo la batuta de Cuba, y habrá un mayor énfasis en lo tangible que en lo declarativo.

Si nos atrevemos a presagiar buena parte de lo que sucederá, no es por afán adivinatorio, ni por contar con información secreta. La razón es otra: por sus características internas, y a pesar de su corta existencia, la Celac ha generado patrones de comportamiento que permiten prever mucho de lo que sucederá en cada cumbre, al menos en sus aspectos generales.

El balance de su desempeño, hasta ahora, ha sido contradictorio. La Celac no es una organización, sino un mecanismo de diálogo y concertación política, con el mandato de que los países latinoamericanos y del Caribe intercambiemos criterios sobre temas de interés común, discutamos diferencias, concertemos prioridades, generemos consensos y, sobre estas bases, interactuemos en conjunto con algunos países y regiones fuera de la nuestra. Lo anterior implica enfoques muy precisos y una clara voluntad de complementar, no erosionar o suplantar, entidades hemisféricas de mayor entidad jurídica, importancia general o profundidad regional. Entre ellas se destaca la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero también están el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), la Comunidad de Estados del Caribe (Caricom) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Siempre que su dinámica se mantenga apegada a lineamientos como los anteriores, valdrá la pena que la Celac exista y se fortalezca, como existió antes el Grupo de Río, al que sustituyó. Sin embargo, hasta ahora ha confrontado dos grandes desafíos internos. Por un lado, los países latinoamericanos de la llamada “Alianza Bolivariana de los Pueblos de las Américas” (ALBA) han pugnado por que de “mecanismo” pase a convertirse en organización, incluida una secretaría permanente. Con esto pretenden debilitar a la OEA, incluida su vigorosa plataforma de derechos humanos. Además, estos mismos países –en particular, Cuba y Venezuela– la han utilizado como plataforma para impulsar intereses políticos propios, por lo general envueltos en un lenguaje de “unidad” que siempre remite a más estrechos objetivos.

Tendencias como las anteriores se están debilitando. La caída en los precios del petróleo ha reducido severamente la capacidad de influencia y manipulación venezolana, y la normalización de relaciones con Estados Unidos ha despojado a los cubanos de un socorrido megáfono de victimización. Sin embargo, para que la Celac se desenvuelva como debe ser, los países más pragmáticos, realistas, respetuosos de la institucionalidad democrática y de los derechos humanos, deben ser más activos en su seno, y empeñarse por impulsar una agenda apegada a los valores y las necesidades de nuestros pueblos. Hasta ahora, este empeño ha sido, por decir lo menos, modesto. Es hora de mayor activismo y mejor coordinación entre esas naciones. Solo así la Celac podrá tener real importancia e impacto positivo.

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