Los desplantes de Daniel Ortega reflejaron uno de los grandes desafíos de la Celac

 31 enero, 2015

El irrespeto, arbitrariedad, prepotencia e intransigencia con que el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, actuó durante la tercera cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en nuestro país, puso de manifiesto uno de los mayores desafíos que enfrenta esa entidad: la determinación de un minúsculo, pero virulento, grupo de Gobiernos –que también incluye a Bolivia, Cuba y Venezuela– de convertirla en instrumento de sus más estrechos fines políticos.

El aplomo y firmeza con que el presidente, Luis Guillermo Solís, manejó esos desplantes, con apoyo de la mayoría de sus colegas, revela que aún existen posibilidades de frenar esa arremetida y reencauzar al grupo por un mejor camino. La tarea, sin embargo, no será sencilla.

El miércoles 28, primer día de la cumbre, sin previo aviso y con desdén absoluto por las reglas acordadas, Ortega utilizó parte de su turno en el uso de la palabra para otorgársela al dirigente de un partido minoritario de Puerto Rico, con el propósito de que abogara por la independencia de la Isla, algo que sus ciudadanos han rechazado en las urnas de manera reiterada y abrumadora. El presidente Solís pudo haberlo interrumpido, con todo derecho, pero prefirió esperar a que concluyera para reiterar la necesidad del respeto a las normas, lo cual provocó una airada reacción del gobernante nicaragüense.

Tal desplante, de por sí muy grave, palideció con la maniobra urdida el jueves. Este era el día para que los mandatarios y otros jefes de delegación pudieran dialogar en privado. Ortega decidió regresar a Managua en la noche previa, y delegó su representación en el dirigente independentista, pese a que tanto Solís como otros presidentes le advirtieron que era inaceptable y le pidieron rectificar. Ante la insistencia nicaragüense, la única opción fue cancelar el encuentro previsto.

A pesar de que la cumbre quedó inconclusa, aprobó una frondosa colección de declaraciones, lo cual revela otro de los grandes retos de la Celac: la necesidad de concentrarse en sus valores específicos, evitar las redundancias y practicar el llamado “principio de complementariedad” establecido desde su creación.

Además de la “Declaración política”, que es el documento central, en esta oportunidad fueron adoptados el usual plan de acción y 27 declaraciones especiales sobre todos los temas imaginables, pero sin metas claras en cuanto a resultados esperados o forma de alcanzarlos: un verdadero desbordamiento verbal. Esta tendencia a la obesidad retórica no solo se refleja en el número de documentos, sino también en su extensión creciente. Por ejemplo, la declaración adoptada durante la primera cumbre, celebrada en Santiago de Chile, en el 2012, contenía 73 puntos; y la de La Habana (2014), 83. La de Belén llegó a 94, además de largos párrafos introductorios en cada sección.

Aunque muy reiterativa, la declaración aprobada en nuestro país tiene la virtud de concentrarse en el desarrollo y el combate de la pobreza y la exclusión. Además, por lo menos menciona la necesidad de respetar la democracia y los derechos humanos, aunque sin detalles, y destaca la importancia de la transparencia, el acceso a la información, el fomento de “la plena participación ciudadana plural, amplia y diversa”, y el fortalecimiento del control social de los asuntos públicos. Asimismo, por primera vez, las crónicas referencias al “bloqueo” –en realidad, embargo– de Estados Unidos a Cuba cedieron en vista de su “histórica decisión” de restablecer relaciones diplomáticas.

Presumimos que el lenguaje de esta “Declaración política” debe mucho –para bien– a la presidencia pro tempore de Costa Rica, pero también sugiere un mayor activismo de los países genuinamente democráticos en las discusiones. Si tal es el caso, se trata de una buena noticia. Pero todavía hay que coordinar más y mejor los esfuerzos para que la Celac refleje de manera más plena las posiciones mayoritarias de sus miembros, rechace su instrumentalización por parte del ALBA (o lo que queda de ella), focalice mejor su acción y, así, dé un verdadero aporte a América Latina y el Caribe.

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