Opinión

EDITORIAL

El juego de Managua

Actualizado el 21 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

Nicaragua provoca con los hechos y magnifica la provocación con las palabras

Costa Rica debe responder a la retórica con mesura y a los hechos, con contundencia

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Las fotos son prueba irrefutable y la explicación de Managua, risible. Si atendemos a las cínicas respuestas del Gobierno sandinista, las lluvias abrieron dos canales de perfecto trazado entre el río San Juan y el mar Caribe, en territorio costarricense.

Será inevitable suponer, entonces, que los caudales arrastraron también el campamento fotografiado en la playa, cerca de la desembocadura del más grande de los canales. La draga visible en la foto seguramente perdió el rumbo y llegó hasta ese sector del río por pura desorientación, atribuible, quizá, a la espesa cortina de lluvia y su efecto sobre la visibilidad.

El Gobierno sandinista tendría, entonces, la magnífica justificación de la fuerza mayor para explicar la “aparente” invasión de un territorio costarricense al que, por orden de la Corte Internacional de La Haya, no deben ingresar ciudadanos de ninguno de los dos países, salvo los costarricenses dedicados a la custodia ambiental. La “involuntaria” invasión sería tan inocente como la destrucción ecológica constatada a simple vista. Los humanos no respondemos por imprevisibles hechos de la naturaleza.

Pero la invasión no es aparente, el daño no es consecuencia de las lluvias, el campamento no llegó ahí arrastrado por las aguas y no fueron las precipitaciones las responsables de abrir las dos heridas en el bosque, hechas con la obvia intención de crear nuevas desembocaduras al río, cuya margen define la frontera.

Las explicaciones de Managua, por ridículas, no pueden pretender siquiera un mínimo de consideración en nuestro país, en el ámbito internacional o en los estrados judiciales. Muestran, sin embargo, el grado de cinismo que los gobernantes de Nicaragua son capaces de alcanzar.

Con esa constatación como marco de referencia, no es difícil explicar las absurdas pretensiones expresadas en relación con el territorio guanacasteco ni los semioficiales exabruptos de Edén Pastora, algún día fiero opositor y hoy obsecuente mandadero de Daniel Ortega.

Nicaragua provoca con los hechos y magnifica la provocación con las palabras. Es preciso distinguir unos y otras para, sin dejar de responder con serenidad las agresiones verbales cuando las circunstancias lo ameriten, centrar la atención en los hechos.

Calificar a Pastora de “pendejo”, como lo hizo el ministro de Comunicación, Carlos Roverssi, es caer en la trampa de la desabrida retórica sandinista, sin contribuir en nada al avance de nuestros intereses en el diferendo fronterizo. Expresiones semejantes pueden rendir fruto político en amplios sectores de la población, quizá los menos inclinados a reflexionar. Ortega lo sabe y, desde su patio y perspectiva, recurre a frases escandalosas para inflamar el sentimiento nacional y ensanchar su base política.

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Hacerle el juego es alimentarle el deseo de crear nuevos incidentes. El conflicto con Costa Rica distrae la atención de los fracasos del Gobierno sandinista y es para Ortega un arma en la política interna. Si nuestro país contribuye a potenciarla, miel sobre hojuelas.

Costa Rica debe responder a la retórica con mesura y a los hechos, con contundencia. La protesta oportuna ante la comunidad internacional, el fortalecimiento de la infraestructura de comunicación y vigilancia en la frontera, y una diplomacia activa, como la desplegada para unir fuerzas con Colombia, Panamá y Jamaica, hacen mucho más que las palabras salidas de tono.

Ante muchos costarricenses, el ministro aparecerá como un hombre con los pantalones bien puestos. Basta una respuesta de Pastora, en tono de bravuconada, para conseguir en su país idéntico resultado. Cada cual disfrutará en su terruño los efectos benéficos del intercambio. Mientras tanto, nada se habrá avanzado en el asunto de fondo y los sandinistas confirmarán los frutos del método que desde el principio del conflicto vienen aplicando.

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