La impugnación (‘impeachment’) de un presidente, como lo demuestran los antecedentes históricos, no es cosa fácil

 17 junio

Los ojos de infinidad de gobiernos están volcados sobre el cambiante escenario político de los Estados Unidos, la más poderosa nación del mundo y un elemento clave de la estabilidad de un orden mundial impulsor de importantes avances económicos y sociales. Entre los innumerables puntos de atracción y lejos aún de las próximas elecciones nacionales, destaca el Capitolio en Washington, donde comienza a librarse un debate, todavía prematuro, sobre la posible impugnación ( impeachment ) del presidente Donald Trump, ahora investigado por el fiscal especial, Robert Mueller, según trascendió en la prensa esta semana.

La impugnación requeriría la aprobación de ambas cámaras del Congreso, la de Representantes, con 436 escaños, y el Senado, con 100. Hasta la fecha, la Cámara de Representantes, donde se inicia el procedimiento, solo ha dado lugar a dos impugnaciones, las de Andrew Johnson (1865-1869) y Bill Clinton (1993- 2001). En ambas, el Senado se negó a la destitución, y tanto Johnson como Clinton completaron sus períodos constitucionales. Richard Nixon evadió la impugnación que se cernía sobre él mediante la presentación de su renuncia.

En la actualidad, el Partido Republicano mantiene mayorías en ambas cámaras y, de prevalecer la disciplina partidista, no se perfila la posibilidad de un proceso formal para impugnar al presidente Trump. Pero la opinión pública está inquieta y una encuesta de finales de mayo, publicada por la revista digital Politico, indica la existencia de un virtual empate sobre el inicio de una impugnación (43% a favor y 45% en contra) para examinar la conducta del mandatario.

A pesar de eso, el 54% cree que Trump completará su período constitucional, aunque el 55% lo considera inclinado a abusar del poder. Esos números coinciden con cifras de popularidad históricamente bajas y, si el deterioro aumenta, los congresistas republicanos podrían ver su asociación con el mandatario como un riesgo electoral.

Pero la impugnación, como lo demuestran los antecedentes históricos, no es cosa fácil. En el caso del presidente Trump se ve como una posibilidad tanto más remota dada la conformación del Congreso. Bill Clinton y Richard Nixon tenían a las mayorías demócratas en contra.

Por otra parte, Trump ha demostrado habilidad en las polémicas públicas y lanza sus golpes en andanadas para aturdir no solo a los contrincantes, sino también al público en general. Su retórica logra, una y otra vez, avivar el apoyo de la base electoral que lo llevó a la Casa Blanca.

No hay pronósticos fáciles, salvo un futuro inmediato de investigaciones y revelaciones dañinas para el mandatario, su gestión de gobierno y la institucionalidad estadounidense. El caso más reciente es el del testimonio del exdirector del Buró Federal de Investigaciones James Comey.

La investigación de la influencia rusa en las elecciones del año pasado y los contactos de varios asesores del mandatario con representantes de Moscú continúan, pero también conducen a hurgar en otras conductas, como la posible obstrucción de las indagaciones por la Casa Blanca. A eso se refirieron, en buena medida, las preguntas formuladas a Comey durante su comparecencia.

Más probable que una impugnación en el Congreso, es un rechazo en las urnas durante los comicios de medio periodo para renovar una parte del Congreso, en el 2018. Los bajos niveles de aprobación de la gestión presidencial auguran malos resultados para esa fecha, pero hay mucho tiempo por delante. La posibilidad de un revés electoral también atrae las miradas del mundo, sumido en la incertidumbre sobre el destino de un país del cual dependen tantas cosas esenciales para el futuro de la paz, el comercio, las inversiones y el ambiente. Ojalá Estados Unidos encuentre pronto el rumbo y despeje las incógnitas.