Opinión

EDITORIAL

Se impone una destitución

Actualizado el 25 de marzo de 2015 a las 12:00 am

Por evidente conflicto de lealtades, nuestro embajador en Venezuela debe ser separado del cargo

El Gobierno tiene la obligación de aclarar, además, quién y por qué impulsó su nombramiento

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Al repasar la entrevista con el embajador Federico Picado, publicada en nuestras páginas el pasado domingo, el lector poco advertido pudo suponer que leía declaraciones del representante de Venezuela en Costa Rica. Sin embargo, se trataba de lo contrario: el más alto diplomático costarricense en Caracas actuó como vocero del presidente Nicolás Maduro en Costa Rica, sobre temas tan delicados como la represión y el encarcelamiento de opositores democráticos, incluido el alcalde de Caracas, los poderes especiales concedidos al presidente, la embestida contra la libertad de expresión, las tensiones con Estados Unidos, el desabastecimiento de productos básicos y la política económica en general.

Para Picado, al igual que para el régimen venezolano, los dirigentes democráticos presos están en manos de “la justicia”, como si esta fuera independiente; las competencias legislativas entregadas a Maduro son necesarias frente a las amenazantes políticas estadounidenses, no parte de una escalada de control dictatorial; los responsables de la falta de productos y filas para adquirirlos, así como del acaparamiento y la especulación, hay que buscarlos en el sector empresarial, no en los creadores y ejecutores de una desastrosa política económica que está llegando a sus límites por el desplome en los precios del petróleo.

Además, en una joya surrealista, el embajador afirmó que Venezuela “mueve la agenda de la geopolítica mundial”. Su desconexión con la realidad no podía ser mayor.

Nada de lo anterior es producto de interpretaciones periodísticas. Al contrario, la entrevista con Picado se dio, por exigencia suya, en las condiciones más favorables para cualquier interlocutor. Las preguntas se le enviaron por escrito, rechazó referirse a algunas y, en todos los casos, sus respuestas fueron también escritas, lo cual indica que tuvo tiempo para meditarlas y redactarlas.

Lo que quedó claramente en evidencia, al margen de las ideas del embajador o de los artilugios argumentales de sus defensores, es que estamos ante un diplomático costarricense sin capacidad para discernir la realidad en que se ha sumergido; sin puntos de referencia para analizar racionalmente las políticas del gobierno de Venezuela y sin voluntad para vincularse con otros sectores de su sociedad. Sus anteojeras ideológicas lo condicionan. Peor aún, ha demostrado que carece de condiciones elementales para alimentar y proyectar in situ la posición nacional ante la megacrisis venezolana, y que ni siquiera entiende las líneas centrales de nuestra política exterior. La conclusión es obvia y urgente: debe ser destituido.

Esta decisión, indispensable por simple seriedad de nuestra diplomacia y por el riesgo que representa el evidente conflicto de lealtades de Picado, no debe, sin embargo, marginar otro tema que merece igual o mayor atención y, también, respuestas muy claras. El Ejecutivo debe decirnos a los costarricenses de quién provino la iniciativa para entregarle ese cargo (por cierto, entre los mejor pagados de nuestro servicio exterior) y por qué Picado, una persona sin atestados diplomáticos, sin experiencia y sin conocimientos para compensar esta carencia, y confeso militante del chavismo desde varios años atrás, terminó en él.

Las declaraciones del domingo a La Nación se pueden calificar de moderadas si se comparan con sus artículos en una revista digital del régimen: Aporrea , cuya “exquisita” naturaleza, evidente en el título, se revela aún más en su contenido. En el 2006, por ejemplo, Picado se declaró “identificado con el proceso de cambio que encabeza el presidente Chávez, cuyo liderazgo trasciende los límites de su país” (es decir –añadimos– llegan hasta Costa Rica); además, como poseído por un déjà vu bolchevique, propugnó por el establecimiento de un “partido único de la revolución bolivariana”, de carácter “revolucionario”.

Cuatro años después, fue el único costarricense que estampó su firma en un virulento documento de sorprendente maniqueísmo que, entre muchas otras perlas de obcecado fanatismo, afirma que “el ejemplo de Venezuela ha inspirado a los trabajadores, campesinos y sectores populares de América Latina”; ergo, debe también ser guía para los costarricenses.

Ninguna de esas y muchas otras declaraciones de Picado son secretas; al contrario, las hizo públicas donde estimó conveniente. Tenía todo su derecho; en nuestro país sí respetamos plenamente la libertad de expresión y la “justicia” no es una herramienta de represión del gobierno. El problema es que, ante tales antecedentes de adhesión profunda a un régimen que, además, tiene pretensiones de proyección hemisférica, Picado no estaba en condiciones de representarnos ante él. Si, como suponemos, y a pesar de una trayectoria que no lo capacita para la diplomacia, se le quería pagar algún servicio prestado, o alejarlo del país, pudieron nombrarlo en alguna parte donde no enfrentara un conflicto de lealtades tan riesgoso. Por desgracia, se actuó con doble irresponsabilidad y ligereza: enviar al país que “mueve la agenda de la geopolítica mundial” a alguien sin condiciones generales mínimas y, peor aún, militante de lo que sus autoridades representan.

Esperamos, por ello, que el canciller, Manuel González, no se demore en una decisión que restablezca la cordura y la dignidad de nuestro servicio exterior, y que se aclaren las responsabilidades de su escogencia.

En meses precedentes, otros dos embajadores “a la carrera” fueron nombrados y destituidos. Si se actúa correctamente, este sería el tercero. Se trata de un récord histórico que, sin embargo, lo preferimos a mantenerlo en su cargo. Sumados al episodio de la anunciada y cancelada visita del presidente legislativo a Nicaragua, estos hechos generan dudas sobre la coherencia de nuestra política exterior y las indebidas interferencias político-electorales en algunos nombramientos.

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